septiembre 16, 2020

Críticas: Mis hijos

Mis hijos

Mundos que se acercan

El acercamiento de palestinos e israelíes a través de la convivencia y del nacimiento de sentimientos de amistad, amor, compasión o el compartir una misma afición, son temas recurrentes en la filmografía del director israelí Eran Riklis. Siempre con una pizca de sátira, afronta los dramas cotidianos que aparecen en una sociedad marcada por los conflictos religiosos, aportando además un optimismo agridulce hacia la posibilidad de que algún día la convivencia pacífica entre árabes e israelíes pueda hacerse realidad. Con su nueva película, Mis hijos, basada en la autobiografía del novelista palestino Sayed Kashua, Dancing Arabs, Riklis vuelve a hablar de tolerancia y de entendimiento entre ambos mundos con los mismos elementos que en sus anteriores films.

Mis hijos cuenta la historia de Eyad, un joven palestino nacido en la década de los 70 cuya capacidad intelectual le abre las puertas de uno de los mejores institutos de Jerusalén. Eyad es el primer árabe que estudia en dicho instituto y, salvo algún rechazo aislado, se convierte enseguida en el elemento exótico del centro, en el chico popular a quien invitar a salir y a quien encargar la tarea de servir de tutor a un chico israelí minusválido. Pero el hecho de salir con una chica judía y pasar a formar parte casi de la familia de su amigo Yonatan, no dejan de ser problemas añadidos para que en él surja cada vez más fuerte el deseo de verse aceptado en una sociedad que le rechaza.

Mis hijos 2

La película de Riklis bascula entre el romanticismo de unos modernos Romeo y Julieta sin el componente trágico, y el ruido de fondo de los conflictos en Oriente Medio, comenzando con un tono humorístico de las diferencias entre judíos y árabes y presentando a la familia de Eyad en situaciones cotidianas mediante un humor que combina la sátira y el gag más obvio. Pero pronto se aleja de esta corriente para dejar paso a un drama adolescente con todo lo que eso conlleva (amor, amistad, sentirse aceptado…) con el agravante de estar inmerso en un mundo al que no pertenece por cuestiones étnicas y religiosas. Sin embargo, Riklis no pretende hacer de la diferencia un melodrama ni presentar ambas posturas como irreconciliables creando un guión plagado de tensión. Al contrario. Pone sobre la mesa la sinrazón del odio entre pueblos que están obligados a convivir, planteando que dicha convivencia es posible si se antepone el sentido común y sentimientos como la amistad o el amor al odio que generan los fanatismos religiosos. Obviamente, la certeza de la utopía que es este planteamiento en un mundo en el que cada vez se radicalizan más las posturas, obliga muy inteligentemente a no seguir una línea hacia un final feliz sino que se dirige hacia la pérdida total de identidad para poder sobrevivir en un mundo hostil, lo cual es cualquier cosa menos un final feliz.

Mis hijos 3

Puede que Mis hijos peque de ser un tanto irregular, sobre todo en cuanto al desarrollo de alguno de los pasajes al margen de la trama principal, pero hay que reconocerle la valentía de atajar un conflicto que parece no tener fin de una manera honesta que, paradójicamente, pasa por la deshonestidad que eligen sus personajes para poder vivir en paz. Por esto mismo es una película que corre el riesgo de ofender a unos y a otros a pesar de proponer precisamente que, con voluntad de comprensión, se puede conseguir una convivencia conciliadora entre religiones.

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