28 de septiembre de 2022

Críticas: El callejón de las almas perdidas

Las consecuencias místicas de ir mamado.

“Desde el alba de la historia, la humanidad ha querido ver más allá del velo que le oculta el mañana. Y a través de las épocas ciertos hombres han conseguido penetrar en el cristal pulido y ver. ¿Se trata de una propiedad del cristal? ¿O quizá el que mira simplemente vuelve los ojos hacia adentro? ¿Quién sabe? Pero las visiones acuden. Lentamente, cambiando de forma, las visiones acuden…”

Estas son las palabras con las que Pete, el mentalista borracho de la novela Nightmare Alley (1946) introduce su espectáculo de variedades. Sea en forma de bola, sea de botella, el caso es que el cristal siempre ha parecido revelar algo sobre nosotros mismos, devuelva reflejo o haga las veces de ventana. Los borrachos son capaces de cambiar de perspectiva, de ver proyecciones en la pared y poner la realidad boca abajo; tienen, pues, una perspectiva privilegiada evidente para cualquiera que no sea abstemio de nacimiento. Al fondo de cada botella hay una premonición, un destello del destino; al final de cada cogorza nos espera una revelación mística o una madrugada abrazando el inodoro. Para un alcohólico excombatiente de la guerra civil española como William Lindsay Gresham había una nítida verdad: cualquier humano lo suficientemente desesperanzado puede convertirse en un monstruo.

Alguien que sabe (y mucho) de monstruos es Guillermo del Toro, quien se ha esforzado a lo largo de su filmografía (El laberinto del Fauno (España, 2006) o La forma del agua (The Shape of Water, EEUU, 2017) son buenos ejemplos en demostrar cómo nosotros, los seres humanos, somos los peores de todos. Cualquiera es conocedor de semejante verdad, y si todavía alberga alguna esperanza en la condición humana, le recomiendo que ponga un documental sobre alguna de las guerras mundiales o encienda la radio cada mañana. Lo monstruoso está a la orden del día, así que no es simple pirueta anacrónica que el mexicano haya escogido realizar un remake sobre la original adaptación de la novela de Gresham, rodada en 1947, dirigida por Edmund Goulding y protagonizada por Tyrone Power. El sentido de este clásico del cine negro sigue intacto, y sirve a la hábil mano de Del Toro para construir un apasionante drama válido para cualquier tiempo y lugar.

El relato nos lleva tras los pasos de Stan Carlisle (Bradley Cooper) un buscavidas que, huyendo de un oscuro pasado, termina por trabajar en una feria. Allí confraterniza con muchos timadores (enanos, forzudos, mentalistas) que le acogen y le enseñan todos sus trucos. Uno de los espectáculos incluye un borracho al que obligan a comer animales vivos. Stan duda que eso pueda pasarle a él y busca hacer fortuna con sus números de mentalismo. En su autosuficiencia, ignora los peligros tanto de la bebida como de jugar con las esperanzas de la gente. Cuando decide abandonar la feria junto a Molly (Rooney Mara), se dedica a alimentar las supersticiones de su público sin ningún escrúpulo del mismo modo que el dueño de la feria somete a su “monstruo” con alcohol.

El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley. EEUU, 2021) es, no lo vamos a negar, un claro homenaje a la cinta original, un capricho. Pero un capricho que funciona. Nadie se abstiene de la superstición. Por eso la gente se echa las cartas del tarot y lleva al día su horóscopo: es un sentimiento universal; por tanto, siempre actual. El remake de Del Toro juega esa baza al tiempo que busca ser fiel a la ambientación de época. No rechaza la posibilidad de una atmósfera atractiva y nítida ni siquiera frente a la ausencia de sus amados monstruos. Extiende el callejón de sus “almas perdidas”, todas aquellas que aparecen en pantalla y lidian con su incierto futuro, a través de un ambiente tenebroso que no desaparece ni siquiera en los más luminosos planos. En la penumbra, se permite incluso ironizar sobre la fe: arroja a un pobre alcohólico al fondo de un callejón en mitad de la noche y deja que se cale bajo la lluvia. Sin ápice de sutileza lo encuadra junto a un letrero luminoso que reza “Jesus saves us”, sintetizando la desesperanza que atraviesa toda la cinta en una sola imagen, concisa y evidente a partes iguales.

Pese a su fidelidad con el material original esta nueva versión hace alarde de un enfermiza fijación por la violencia explícita, así como de una habilidad envidiable a la hora condensar en breves periodos de tiempo la atracción entre los personajes en secuencias tremendamente eróticas al tiempo que delicadamente sutiles. En parte es gracias a la presencia de Cate Blanchett, siempre atronadora por muy tangencial que sea su aparición o por muy inflado que esté el proyecto (véase No mires arriba (Don’t look up, Adam McKay, EEUU, 2021)). Otro de los logros de la película a nivel narrativo se halla en las formas que tiene de tratar puntos clave de la obra original. La noticia de la muerte de Pete (David Strathairn) se recibe desde lo lejos, a la altura de Stan (verdadero responsable del suceso) y a gran distancia de Zeena (arrolladora Toni Collete) vinculando a los dos personajes en un mismo plano y llevando el grito de desesperación de la recién viuda a un nivel dramático superior al descrito por Gresham y filmado por Goulding. Con mayor crudeza también afronta el final, cuando el mentalista borracho, ya no Pete, que observa desde el otro barrio, sino Stan, que se creía fuera los peligros de transformarse en monstruo, vislumbra con clarividencia etílica que ha terminado por convertirse en uno. Aquí tiene Del Toro su adefesio humano y nosotros nuestro cuento moral. ¿Su moraleja?: cuidado con creernos demasiado poderosos.

Podríamos preguntarnos por la relevancia de un proyecto como este. Pero tampoco es necesario. Del Toro es ya un autor consagrado, con suficiente maña y experiencia como para no sucumbir a las expectativas ni a las presiones de nadie. Le gustan los clásicos y no necesita más justificación. Miren si no a Steven Spielberg con su remake de West side story o al nuevo Macbeth de Joel Coen. ¿Son obras novedosas? No mucho. ¿Pertinentes? depende de para quién. ¿Valiosas? sin duda: exudan un talento que no se evapora. Del Toro no ha hecho más que recuperar el cine de barraca de ferias, tropo común de icónicas obras clásicas tales como El gabinete del Doctor Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, Robert Wiene, Alemania, 1920) o El doble asesinato de la calle Morgue (Murders in the Rue Morgue, Robert Florey, EEUU, 1932).

Si no nos parece suficientemente justificado el antojo fílmico y nos sigue resultando superfluo, tiremos de moralina. No está mal volver a recuperar historias clásicas para encontrar alegatos contra la adicción. Sobre todo a un año del estreno de la exitosa Otra ronda (Druk, Thomas Vinterberg, Dinamarca, 2020), esa oda al alcoholismo premiada por los Oscar. Mucho más adecuada una historia escrita por un borrachuzo suicida como Gresham que la danza de un Madds Mikelsen empapado de champagne. Por mucho que ninguna carta astral pueda superar la agudeza del borracho y su peculiar bola de cristal, es preferible mirar a la estrellas o cortar la baraja que vomitar nuestras penas al fondo de un callejón.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

veinte − siete =