A corazón abierto
La escritora británica Maggie O’Farrell publicó en 2020 Hamnet, una novela sobre el origen y la creación de una de las obras más famosas del panorama artístico como es Hamlet de William Shakespeare, especulando sobre la motivación que le llevó hasta ella: la muerte de su propio hijo y el desconsolado duelo posterior a la misma. La autora, desde la ficción, se acerca a cuestiones que ya había abarcado en anteriores ejercicios más biográficos: la fragilidad de la vida, la cercanía a la muerte de la que muchas veces no somos conscientes, y la consciencia de la brevedad de nuestro paso por el mundo. Hamlet es una de las tragedias más universales y analizadas desde diferentes ángulos tanto de la historia de la literatura como interna y psicológicamente; pero lo que hizo que la obra de O’Farrell destacara fue poner el foco no tanto en el propio dramaturgo inglés, o ni siquiera en su hijo, sino en su esposa, quien es la conduce el relato. La adaptación cinematográfica del libro, coescrita por ella misma, viene de la mano de otra referente en su campo, como es la directora Chloé Zhao, que tras el éxito de Nomadland (2020) llevando a la gran pantalla otro libro de una mano femenina, vuelve a hacer lo propio en el filme homónimo que se presenta como una de las grandes revelaciones de la temporada.
Pese a la temática principal a la que hacíamos referencia anteriormente, gran parte del metraje de Hamnet se centra en relatarnos la configuración de una familia, historia atemporal y universal donde las haya. O’Farrell y Zhao recrean en primer lugar el encuentro de una pareja que respeta sus caracteres (extremos para la época), sus espacios y sus necesidades, incluso con la llegada de los hijos. Zhao ha encontrado un momento adecuado para adentrarse en este relato, cuando el cine sobre la maternidad (que no cine destinado solo a mujeres, si es que eso realmente existe), está interesando más que nunca al punto de ponerse en primer plano del panorama audiovisual actual. Junto a este tema, se alza otro no menos importante aunque más frecuentemente visto (nunca está de más) como es el de la figura de la mujer enfrentada a un sistema dominado por el patriarcado. La directora ha centrado su obra en personajes aislados de la sociedad, en muchas ocasiones supuestamente de forma voluntaria, pero que, como en este caso, realmente es el precio que deben pagar por llevar la vida que desean. En este punto es cuando debemos hacer referencia al trabajo brutalmente corporal y a la vez emocional de la actriz Jesse Buckley, que nos muestra a su personaje desde las entrañas. Una oda a ser mujer y madre desde las perspectivas más luminosas a las más descorazonadoras. Al lado de Buckley se encuentra un Paul Mescal que parece acomodado en papeles intensos y sombríos, y por tanto su interpretación, aunque solvente, no sorprende de la misma manera.

El otro aspecto que más destaca en la cinta es su espíritu prerrafaelista, especialmente en el énfasis puesto el entorno natural, al que Zhao da la misma importancia que a los personajes, tratándolo como a uno más, y estableciendo conexiones con el ciclo periódico de destrucción y resurgimiento que se da en el ecosistema, al que ya hacía referencia en Eternals (2021, su incursión en el mundo de los superhérores no está tan alejado del resto de su filmografía como se ha querido decretar). No es de extrañar que detrás de estas imágenes esté el nombre de Lukasz Zal, encargado de fotografías tan potentes como las de los trabajos de Pawel Pawlikowski o La zona de interés. Zal da autenticidad a las imágenes incluso en los momentos más oníricos o espirituales, en contraste con la artificialidad que muchas veces vamos a encontrar en los diálogos. El cine de Zhao ha virado de una mirada documental dentro de historias guionizadas hacia un estilismo con cierta personalidad pero cada vez más indeterminado. Del filme del Universo Marvel, la directora parece haberse quedado la intensidad y el artificio, siendo la última parte de Hamnet, la ya centrada en el drama puro, un proceso tan agónico como poco orgánico, tornando la teatralidad en algo de histrionismo.

Por suerte, Hamnet acaba (aunque quizás la reflexión llega un poco tarde como para ser completamente asimilada) con un punto esperanzador en toda esta crónica de una muerte anunciada, y es el del poder del arte para sanar heridas, para plasmar para siempre recuerdos que de otra forma se diluirían en el olvido. Porque, ¿qué sería de nosotros si no pensáramos que, en los peores momentos, al menos, podemos refugiarnos en la belleza de las imágenes, las palabras o los sonidos? Es una lástima que la fuerza de la catarsis quede diluida por el afán de Zhao de subrayar (¿cuántas veces escucharemos a Max Richter con su On the Nature of daylight para enmarcando los pasajes más emotivos de los relatos?), hasta el punto de no saber si uno está realmente conmovido o se la ha forzado a ello. Teniendo el monólogo final de Hamlet, y dos padres tratando de reparar sus corazones tras la pérdida de los más preciado de sus vidas, todo lo demás resulta accesorio, restando veracidad a un trabajo que resulta más conmovedor cuanto menos pulido.
