Cumbres borrascosas

No habrá paz para los enamorados

La artista multidisciplinar británica Emerald Fennell ya había dejado claro con solo dos películas como directora y guionista, Una joven prometedora (2020, con la que se convirtió en la sexta mujer nominada al Oscar a mejor dirección) y Saltburn (2023), su clara predisposición a contar historias de obsesiones destructivas con un estilo provocador. No es de extrañar por tanto que su siguiente foco de interés haya sido Cumbres borrascosas, ya que este clásico de la literatura de Emily Brontë publicado en 1847, representa el paradigma del amor tóxico, llevado a sus extremos más devastadores. Un relato árido sobre una pareja condenada a sufrir por la imposibilidad de estar juntos, asociado a la época y a las circunstancias que les toca vivir, que Fennell convierte a ratos en un tenebroso cuento gótico, y otros, en uno pesadillesco del estilo de un Alicia en el país de las maravillas (aún más) retorcido, pero sin ahondar en la crítica social de la clasista era victoriana que hacían Lewis Carroll o de la propia Brontë. Nada de eso le interesa en esta ocasión a Fennell (y es lícito, aunque extraña cuando estas cuestiones, trasladas a la época actual, sí se veían en su segundo largometraje): aquí se utilizan los clarooscuros, las nieblas, las ruinas, pero también los colores estridentes y el barroquismo ornamental de manera mayormente estética y visual, dejando el relato simplificado y falto de sensibilidad. Algo que contrasta con su estreno mundial coincidiendo con la fecha de San Valentín, en una estrategia de marketing engañosa y frívola.

Poco corazón vamos a encontrar en el filme, al margen de una Margot Robbie descomunal que carga sobre sus hombros el esfuerzo de sacar adelante un proyecto ante el cual la primera cuestión que se plantea es qué puede ofrecer la directora de novedoso para justificar una revisión de esta novela tantas veces ya versionada. Fennell, como decíamos, busca centrarse en la historia de pasión primero contenida y más tarde prohibida, ahogada en la angustia existencial de sus protagonistas, obviando la parte del libro en el que habla de los descendientes. Algo (y poco más) que la emparenta con la exquisita versión que hiciera William Wyler en 1939. Pero si hubiera que buscarle similitudes, éstas no se encontrarían en aquel elegante acercamiento, o en la interpretación más naturalista que Andrea Arnold realizó en 2011, sino más bien en películas de época igualmente anacrónicas como las del Yorgos Lanthimos de La favorita (2018) o Pobres criaturas (2023). La intención primordial de Fennell parece ser explotar e incluso exagerar las partes más turbias y perturbadoras de una obra ya bastante sombría de por sí, poniendo a su disposición para ello toda la mugre, elementos incómodos y fenómenos atmosféricos adversos, así como disonancias sonoras (con una banda sonora protagonizada por las canciones de la cantante pop Charlie XCX) con los que pueda atormentar a sus personajes (y de paso al espectador). Cine de la crueldad saturado de elementos decorativos según avanza el metraje, que cada vez la alejan más del realismo. 

Cumbres borrascosas

El gran reclamo de la cinta, que en ningún momento se ha molestado en disimular, es la química entre sus dos protagonistas, atractivos y supuestamente solventes. Y si bien afirmábamos que Margot Robbie , partiendo con la ventaja de que su caracter es el más (si no el único) profundo y bien definido, se entrega plenamente al ejercicio planteado, no es así en el caso de Jacob Elordi. Icono sexual actual por excelencia, el actor parece recién sacado del Frankenstein de Guillermo del Toro y puesto aquí sin transición, no siendo capaz de aportar matices a su Heathcliff, ni, por difícil que resulte de creer, lograr hacerle mínimamente atrayente en ningún sentido.  Por tanto, pese a que Fennell se toma su tiempo para desarrollar la relación, al estar centrada en lo visual y no en lo emocional, no transmite sensaciones auténticas. Si nos vamos simplemente al plano de la sensualidad, también queda empañada por el afán de sordidez: el descubrimiento de la sexualidad resulta tan desagradable que le resta cualquier erotismo, y los encuentros posteriores no logran esa conexión esperada. Es en el tramo final de Cumbres borrascosas cuando el romanticismo exacerbado se vuelve más convincente, incluso bello por algún momento; pero, tras asistir a un espectáculo completo más paródico que excitante o emocionante, el culmen llega demasiado tarde como para que la tragedia pueda ya conmovernos.  

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *