Robustez formulaica
Scream 7 vuelve a demostrar por qué la saga sigue siendo una de las franquicias más resistentes y entretenidas del cine de terror. Sin reinventar del todo su fórmula, la película juega una vez más con las expectativas del espectador y con el eterno misterio de quién se esconde tras la máscara de Ghostface. No es la mejor entrega de la saga, pero sí mantiene intacta su capacidad para divertir, enganchar y hacernos participar activamente en el juego de sospechas.
Hace ya unas cuantas décadas, el gran Wes Craven creó una de las sagas más importantes del cine de terror moderno: Scream. Con cada nueva entrega, lo que el público espera es, sobre todo, cierta novedad. Que la fórmula siga siendo reconocible, sí, pero que en algún momento consiga sorprendernos, especialmente a la hora de revelar quién está detrás de la máscara de Ghostface. Con el paso del tiempo parece inevitable pensar que las posibilidades para seguir innovando se van agotando. Pero la saga funciona tan bien que, haga lo que haga, sigue resultando atrayente. Es fácil imaginar que dentro de unos años podamos estar viendo una vigésimo quinta entrega y que, incluso aunque ya no queden demasiadas formas de reinventar quién es el asesino, la experiencia siga siendo entretenida, divertida y muy amena. Porque si algo ha demostrado esta franquicia es su enorme capacidad para enganchar al espectador.

Desde que Wes Craven dejó de dirigir —y especialmente en esta nueva etapa que abarca Scream (2022), Scream VI y ahora Scream 7— se ha reforzado además una estrategia muy clara: traer de vuelta a personajes del pasado y vincularlos a una nueva ola de crímenes. En esta ocasión, además, con la implicación directa de Kevin Williamson, el guionista de la película original. Esto es algo muy propio del cine de terror, especialmente dentro del slasher. Pero también provoca una sensación curiosa: estas últimas películas parecen funcionar mejor para un público que ya está familiarizado con el universo de Scream que para quienes llegan por primera vez. Las cuatro primeras entregas se pueden poner prácticamente a cualquier espectador y entrar en ellas resulta bastante inmediato. Sin embargo, la quinta, sexta y séptima se disfrutan mucho más si uno ya conoce los códigos de la saga: los guiños, los recuerdos de antiguos asesinos, las tramas que se arrastran desde hace años o incluso la memoria de asesinatos concretos.
No es, ni mucho menos, la mejor película de la saga. Tampoco la mejor de esta segunda etapa. Pero sigue siendo una película tremendamente eficaz a la hora de atraparnos y mantenernos jugando a lo que siempre ha sido el gran motor de Scream: intentar descubrir quién está detrás de la máscara.

Como suele ocurrir en la franquicia, lo mejor vuelve a estar en el inicio. Esas primeras escenas que funcionan como detonante de toda la historia y que nos colocan ante una situación de aparente normalidad que, de repente, se rompe con una violencia brutal. Momentos que suelen jugar con la sensación de soledad e indefensión de las víctimas ante algo que está a punto de suceder delante de nuestros ojos. Sin embargo, en esta séptima entrega ocurre algo curioso: la sala se queda en negro y el espectador ya está esperando que Ghostface aparezca en cualquier momento. Es decir, la sorpresa inicial prácticamente ha desaparecido. Y ese es uno de los grandes retos de la saga a estas alturas: cómo seguir sorprendiendo a un público que ya conoce perfectamente sus reglas.
Por eso, la película vuelve a apoyarse en lo que siempre ha sido su gran juego: la sospecha. A medida que aparecen los personajes, el espectador empieza inevitablemente a hacer sus propias cábalas. Este no puede ser por esto. Este otro tampoco por aquello. Pero, al final, el guionista siempre intenta llevarnos a un lugar inesperado, intentando sorprendernos justo cuando creemos que ya no queda ninguna forma posible de hacerlo.
