Aristas sin redondear

Pocas noticias pueden hacer salivar a este crítico que el de la existencia de una película que, desde la complejidad, cuestione o ataque la corrección política que nos anega. Dramas con el valor y la convicción para dilucidar los grises y complejidades de los desequilibrios de poder o las luchas sociales interesadas y tendenciosas. Tal es el caso del irregular pero siempre interesante y seductor realizador italiano Luca Guadagnino, que tras unos meses atareados con la ya película de culto Rivales y la sugerente Queer presentó fuera de concurso en Venecia el debut en la escritura de guiones de Nora Garrett, que fue recibida con pasión por un escueto grupo de críticos, mientras la mayoría mediática se oponía a su posicionamiento con respecto al #MeToo. Se estrena, tras esta recorrido, la apasionante Caza de brujas (terrible traducción del mucho más preciso título original After the hunt). Una película que, aun con sus debilidades y problemas, es una de las debilidades personales del 2025 para un servidor. Puzzle de ricos personajes, histriónicas formas visuales y ambivalentes reflexiones complejas sobre la cancelación cultural en los entornos académicos.

El filme se balancea en una sucesión de micro-tensiones y crispaciones en gradual riesgo de escalada y estallido, como ejemplifica la decisión creativa de abrir la película con un metrónomo, que aparecerá en futuras ocasiones. El ecosistema intelectual y burgués del filme traza un crisol de personajes que trazan variadas estrategias, tanto exitosas como fallidas, de influenciar y fascinar al otro. Encuentros sibilinos donde la motivación última de escándalos o denuncias es acaparar la atención y favor total del personaje de Alma, la interpretación de la carrera de Julia Roberts. Un escurridizo drama de grises oscuros y aristas no redondeadas, que escudriña las sombras y falsas verdades de las denuncias de acoso sexual: hasta que punto la víctima no debe ser cuestionada, o el grado de infortunio y persecución difamatoria que sufre un culpable que quizás no lo sea tanto. Deseo, amiguismos interesados en una afilada disección de un entorno de indeseables cuyas apariencias engañan.

Caza de brujas
Caza de brujas

La puesta en escena de Guadagnino, tan intrusiva y notoria como de costumbre, es tan coherente con el discurso del filme como atrevida buscando soluciones rompedoras, aún cuando no siempre las encuentra. El largometraje abunda en escenas de diálogo, y todas ellas se encuadran de maneras creativas e inesperadas. La película abre con una conversación a cuatro bandas donde los aires viran drásticamente entre izquierdas, derechas y centros, logrando tanto desubicar emocionalmente al espectador como para mostrar la vulnerabilidad de unos y la supremacía de otros. En otros diálogos la cámara se afana en ofrecer planos detalles de las manos para transmitir decepción, rechazo o embaucamiento, o se opta por encuadres frontales cerrados o ángulos aberrantes contrapicados para transmitir agresividad o incomodidad. Porque la realidad no siempre ha de ser cómoda, ni fácil de digerir, ni estar acomodada a gusto de los personajes, y la estridente y en ocasiones desbordada planificación de cámara de Guadagnino apuntala este posicionamiento.

El personaje de Alma es escurridizo y fascinante, y su cariñoso, extravagante y aseverador marido, un contrapunto revelador, pero el resto de sus personajes y evoluciones no están igualmente bien perfilados. El agresor de Andrew Garfield queda abandonada pasado el primer tercio, y la sibilina denunciante interpretada por una Ayo Edebiri con necesidad de ser la protagonista se representa desde un lugar cuya antipatía roza la ridiculización. Para unas ambiciones temáticas como las que nos ocupan hubiera sido una clara demostración de madurez un posicionamiento ecléctico con respecto a las distintas sensibilidades y generaciones representadas. No hay mayor crítica que la que se toma a sus rivales en serio, y la representación de la generación Z y sus adalides de la denuncia social, la ofensa y la disculpa está enunciada desde el desdén y la antipatía.

Caza de brujas
Caza de brujas

Filme notable pero que va de más a menos, de metraje excesivo y en la que paradójicamente, faltaron un puñado de reescrituras de ese guion que a priori es lo más poderoso de la propuesta. La construcción del personaje de Alma se apoya en un trauma pasado oculto cuya revelación graduada nunca logra integrarse con el resto del corpus dramático del filme de manera orgánica. Hay varios instantes donde se intercalan escenas que solo persiguen la explicación o aclaración de una faceta del personaje que ya se podía intuir, lo cual evidencia su torpeza. Un montaje con mas magro y menos grasa, quizás con un sacrificio de subtramas (y, desde luego, sin ese fútil epílogo), habría permitido que sus portentosos 90 minutos iniciales luciesen más.

Ambigua, kamikaze y provocadora, Caza de brujas nos sitúa en la encrucijada reflexiva más arrebatadora que ha ofrecido el cine en 2025. Aspira más alto de lo que es capaz de alcanzar, pero ya solo por su protagonista y por su riqueza textual bien merece más de un visionado desprejuiciado y abierto, dispuestos a valorar la honestidad de un Guadagnino cuyo estilo sale siempre a relucir, por mutante que sea.

 

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