Mirada y recuerdo
“La mirada constituye la esencia de la vida”, escribe Amélie Nothomb en su personal retrato sobre la infancia que es el libro La metafísica de los tubos. Existimos porque miramos, pero la mirada, dice la escritora, también es una elección. “El que mira decide fijarse en algo en concreto y, por consiguiente, a la fuerza elige excluir su atención del resto de su campo visual.”
Si pudiésemos encontrar una forma de definir lo que pasa cada año entre los cines, calles y bares de Donostia durante los diez días que dura su Zinemaldia o Festival de Cine, esta tendría que ver necesariamente con la mirada.

Empezando con la mirada de la dirección y organización de un festival que decide fijar sus ojos en unas películas y no en otras, estableciendo así un sentido propio a todo el conjunto. En algunos casos, como en esta recién cerrada 73ª edición, esta significación se convierte también en una declaración política y en favor de los derechos humanos, rompiendo de forma muy clara la frontera entre las salas de cine y las calles, entre el grito desesperado de unos personajes tan reales como los de La voz de Hind y el clamor de una sociedad, también con mirada propia, que se manifiesta en contra del genocidio que el Estado de Israel está perpetrando contra la población de Gaza.
La película de la directora tunecina Kaouther Ben Hania, ganadora del premio del público del Zinemaldia 2025 con una nota récord de 9,52, es un ejemplo muy evidente, pero es que la cultura tiene siempre una mirada y, como tal, escoge el objetivo de su atención, con lo que todos sus trabajos, sean en el papel o en la gran pantalla, en un lienzo o en una partitura, son siempre políticos. La cultura es mirada y, por consiguiente, es política.
Luego, por supuesto, está la mirada de los cineastas, que deciden por qué muestran esas historias y hacia dónde dirigen, a su vez, la mirada de los personajes que crean, influenciada también a su vez por la mirada de los actores y actrices que los interpretan. Un claro ejemplo de ello son las miradas de los personajes que construye siempre Patricia López de Arnaiz, una habitual (o “amiga”, que dirían otros), del Festival de Cine de San Sebastián. Y que lo siga siendo muchos años, porque no hay nada como encontrarse con la mirada de esta actriz en esta ciudad, sea interpretando a una madre en busca de su hija adolescente en Ane, a una mujer que cuida de su exmarido enfermo en Los destellos, o a una tía, convencidamente atea, preocupada por la decisión de su sobrina de convertirse en monja.
He aquí el punto de partida de Los domingos, el nuevo trabajo de Alauda Ruiz de Azúa y Concha de Oro de la edición 2025. La capacidad que tiene esta mujer de escribir (y dirigir) guiones de una complejidad y sensibilidad sobrecogedoras es de otro mundo. Nadie saldrá de esta película sin una opinión, sin un “bando” con el que empatizar. Pero esa elección, esa visión, es del espectador y de su propia ideología y fe. Porque Los domingos aborda el tema de la vocación religiosa de una joven de 17 años y la reacción de su familia desde un respeto y una distancia (no por ello menos conmovedora) que muy pocos cineastas son capaces de trasladar a la gran pantalla.
De nuevo, la mirada de una cineasta que, como ella misma contaba en la rueda de prensa, ha decidido “abordar desde el ángulo de la familia y de sus fragilidades, y del papel que pueden jugar los adultos en un momento de vulnerabilidad e intensidad como la adolescencia.” Unos adultos con convicciones que, no obstante, se ven resquebrajadas por decisiones tomadas a su alrededor.

De allí nace la mirada del personaje de Patricia López de Arnaiz en Los domingos, pero si hacemos un repaso a algunas de las cintas que se han visto en el Zinemaldia 2025, el collage se vuelve interesante. Por ejemplo, la mirada arrogante y “dégueulasse” del Jean-Luc Godard que visiona Richard Linklater en este juego meta que es Nouvelle Vague, la película inaugural de la sección Perlas del festival, protagonizada por Guillaume Marbeck, Zoey Deutch y Aubry Dullin en los papeles de Godard, Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo respectivamente.
Romper las reglas, arrogancia, espontaneidad, cine. Qué “asquerosamente” gozoso que es este nuevo trabajo tras las cámaras del director de la trilogía Antes del amanecer y Boyhood, un filme que bien podría estar entre una divertida comedia del entrenador (director) impensable logrando formar un equipo ganador (una película, Al final de la escapada, que pasará a la historia) y un homenaje a una generación de cineastas enamorados del arte y, por supuesto, con una mirada muy particular sobre lo que debe ser el cine.
Una mirada muy distinta, curiosa, perseverante e inocente, es la de las dos pequeñas protagonistas de La tarta del presidente y Amélie y la metafísica de los tubos. La primera narra la odisea de una niña iraquí a principios de los 90 para conseguir los ingredientes de un pastel mientras descubre, a través de distintos encuentros fortuitos, el significado de conceptos tan adultos como la maldad, la pérdida y la guerra, pero también la amistad, la bondad y el amor. Una delicia de película que recuerda por momentos a ¿Dónde está la casa de mi amigo?, de Abbas Kiarostami, aunque el filme de Hasan Hadi es necesariamente más descorazonador.
Más luminosa y colorida es la adaptación del libro de Amélie Nothomb —sí, el de la cita sobre la mirada que le ha parecido buena idea a una servidora utilizar como hilo conductor de esta crónica—. Porque la mirada, de nuevo, es la esencia de la vida, indispensable para la creación del “yo” y el descubrimiento del mundo, sus maravillas y sus heridas, como hace con los ojos bien abiertos la pequeña Amélie de esta joya animada, uno de los mayores gustazos de este Festival de San Sebastián y ganadora del premio del público a la mejor película europea. Gran elección, por cierto, la de escoger la animación como lenguaje con el que adaptar el maravilloso imaginario sobre la infancia de la escritora belga, que vivió sus primeros años en Japón.

Y de Japón a Italia, donde podríamos hablar también de la mirada cansada y melancólica de Toni Servillo en La grazia, la última obra dentro del particular universo estético y musical de Paolo Sorrentino; o a los Estados Unidos, con la mirada demente y perturbada de Jesse Plemons en Bugonia, un nuevo juego de extremos de Yorgos Lanthimos junto a Emma Stone, más disfrutón en su media hora final, siempre que se haya sobrevivido a la primera hora y media. Y si nos quedamos más cerca, en la misma Donostia, nos encontraremos con la mirada contenida y a la vez tan emotiva de José Ramón Soroiz, mejor interpretación de este Zinemaldia por la maravillosa Maspalomas, una historia sobre la homosexualidad en la tercera edad firmada por Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga, de los Moriarti, una de las mejores marcas del cine español de los últimos años.
Miradas desesperadas, devotas, deseosas, perdidas… Y luego están esas miradas inescrutables como la del joven Jan Monter en Estrany riu. ¡Quién se perdiera en esos ojos azules! Y qué bellísimo viaje el del debut en el largo de Jaume Claret Muxart. Un verano de deseos, dudas y despertares que el director plasma con mucha delicadeza y sensibilidad a través de sonidos e imágenes rodadas como en un sueño, y que dejan la puerta abierta a la interpretación.
Y es que la mayoría de veces es la mirada del espectador, influenciada por los prismas de su ideología, gustos y creencias (y también por la cantidad de pintxos, txacolis y zuritos consumidos, fiestas encadenadas y horas sin dormir) la que termina por decidir la acogida final, única, personal e intransferible de la que un día fue un papel en blanco en una sala con dos personas sentadas hablando de su amor por el cine y de historias personales, angustiadas por no encontrar las palabras y la visión para su siguiente película. Hasta que la crisis da paso a un sentimiento, que da paso a una escena, que da paso a un espacio y a un tiempo, que a su vez dan paso a un personaje, que da paso a una historia que, finalmente, termina por dar paso a una película que acabarán viendo centenares de personas entre las paredes del Teatro Principal, el Victoria Eugenia, el Kursaal, los cines Príncipe, los Trueba, los Antiguo Berri o la sala Tabakalera.

En esta última es precisamente donde el realizador noruego Joachim Trier contaba el pasado lunes esta anécdota sobre el proceso de creación junto a su compañero guionista Eskil Vogt, con quien ha hecho todas sus películas hasta la fecha, la última de ellas Sentimental value, un compendio de casas que escuchan, comunican y desvelan secretos; habitaciones que sienten, recuerdan y hieren sobremanera; y de personas que aprenden, dejan ir y, finalmente, sanan.
El talento de Joachim Trier para trocear tu corazón poco a poco y a niveles insospechados. Aquí logra de nuevo mirar muy a dentro de sus protagonistas, más allá de su tristeza y melancolía, hacia algo más doloroso y profundo, como dice uno de los personajes femeninos en un momento de la película. Algo tendrá que ver esa mirada que fija el director hacia sus personajes y su comportamiento, ese interés por “crear algo humano que reconozcamos como verdadero”, que decía en la charla conducida por la productora María Zamora. “Porque lo que recordamos luego de las películas que más nos gustan no son tanto las historias, sino los momentos y los sentimientos generados por ellas.”

He aquí otra palabra poderosa en cuanto al cine y las experiencias vividas en un festival como el de San Sebastián: el recuerdo. Y de nuevo la tan certera Amélie Nothomb tiene algo a decir sobre esto: “El recuerdo tiene el mismo poder que la escritura. La memoria es igual. Si logras inscribir los tesoros de tu paraíso en la materia de tu cerebro, transportarás en la cabeza si no su milagrosa realidad, al menos su poder.”
Así que grabemos todos estos tesoros en forma de sentimientos y momentos que nos ha aportado, un año más, una nueva edición del Donostia Zinemaldia, y usemos su poder para acercarnos más a otros lugares y personas, porque si en algo han coincidido estos días muchos de los cineastas que han pasado por el festival, como el mismo Joachim Trier, Alauda Ruiz de Azúa o la Premio Donostia a toda una carrera Jennifer Lawrence, es que las películas, aunque no cambien el mundo, sí que tienen esa capacidad de conectarnos con los demás a través de un lenguaje único. ¡Viva ese cine que busca entender y mirar desde lugares y posiciones distin
