Marty Supreme

El artista y su obra

Si ya resulta complicado simplemente visionar un trabajo cinematográfico y aislarse a nivel puramente artístico y/o formal cuando la controversia rodea a alguno de sus creadores, más aún lo es su análisis. El ruido de fondo puede distorsionar inevitablemente la visión que se tenga, y posicionarse, según las circunstancias, es casi una responsabilidad. Y es que Marty Supreme ha llegado a los cines españoles abanderada con sus 9 nominaciones a los Oscar, y casi a la vez, envuelta en las polémicas que sitúan a su autor, Josh Safdie, ante decisiones muy cuestionables durante el rodaje de la película Good Time (2017); relacionadas éstas también con la ruptura artística que se confirmó en 2023 con de su hermano, Ben Safdie. Para poner en situación: la pareja fraterna, tras convertirse en referentes del cine independiente y posmoderno estadounidense actual, y su posterior separación para continuar carreras independientes, estrenaron en 2025 sus diferentes nuevos proyectos, basados, eso sí, en temas de lo más similares (historias reales sobre deportistas que buscan resarcirse tras respectivos fracasos). Hasta ahora, la mayor consideración la había obtenido Marty Supreme a nivel crítico frente a la más fría recepción de The smashing machine aun con sus reconocimientos (Ben Safdie premiado como mejor director en Venecia).

Sin embargo, muy recientemente ha salido a la luz el supuesto motivo real del conflicto entre ambos realizadores, que no solo fueron las diferencias creativas, sino la situación generada durante la filmación en 2017 en una escena sexual del filme protagonizado por Robert Pattinson anteriormente mencionado, en el que tuvo lugar una conducta abusiva de un actor no profesional bajo los efectos de las drogas hacia una actriz de 17 años. Aunque la secuencia fue finalmente eliminada del montaje definitivo, la falta de intervención e información por parte de Josh, que continuó rodando pese a las circunstancias, y ocultó la minoría de edad de la intérprete a Ben, ha arrastrado consecuencias que llegan al día de hoy. Ahora las posibilidades de la temporada de premios de Marty Supreme podrían verse afectadas, incluso en la categoría con más opciones: la de mejor actor para Timothée Chalamet, protagonista y productor de la cinta. No podemos confirmar si todo lo que se ha dicho estos días sobre el director neoyorquino es cierto o no, pero lo que sí podemos ver es lo que se nos presenta ante la cámara, lo cual resulta, cuanto menos, llamativo: la historia (inspirada en el personaje real de Marty Reisman, campeón americano de tenis de mesa) de un joven con uns obsesión, concursar y ganar en las competiciones más importantes, la cual le llevará hasta extremos moralmente ruines para llegar al que considera su objetivo final. ¿Nos resulta familiar?

Marty Supreme

Por todo ello, es utópico (como casi siempre) querer separar la obra del artista en este antibiopic por otro lado totalmente enérgico. Quizás demasiado. Por supuesto, lo importante en Marty Supreme no es el repaso de la vida del jugador, ni incluso centrarse en el propio deporte que practica; sino en un período muy concreto (el que sucede entre los campeonatos de Londres en 1952 hasta el siguiente 8 meses después en Tokio), con el trasfondo de las secuelas de la segunda guerra mundial, y del capitalismo arrastrando a la miseria a los necesitados y enriqueciendo cada vez más a los poderosos. La verdadera competición de la narración son esas carreras a contrarreloj del protagonista para llegar a una meta que cada vez se antoja más imposible. Heredera del primer Scorsese, asistiremos a toda una sucesión de infortunios provocados por el propio Marty, obcecado hasta el desquicie, irrumpiendo y arrasando allí donde se presenta, y provocando el caos alrededor, pero sobre todo en él mismo. Es ahí donde un inspiradísimo Chalamet realiza un difícil trabajo de control y empatía, sin dejar caer al personaje en la parodia (involuntaria, porque en muchas ocasiones la caricatura es buscada y acertada).

Marty Supreme

Marty Supreme es una experiencia inmersiva, pero que acaba abrumando, obligando en ocasiones al espectador a quedarse fuera para poder respirar y volver a entrar en el juego que presenta. Puede que fuera Ben el que ponía algo de freno a la espiral de infortunios que emparentan a la cinta con sus anteriores trabajos juntos, y que a los que ahora Josh da rienda suelta sin filtro, aunque se agradece una conclusión más humanista para confirmar lo que ya sabíamos: Marty no es un desalmado, sino un superviviente demasiado ambicioso para las circunstancias sociales que le ha tocado vivir. Las cuales no se alejan tanto de las actuales. Da la sensación de que el filme, con un cuidado diseño de producción de época, pero frenético en su montaje, con la electrónica banda sonora de Daniel Lopatin y la selección de canciones ochenteras, así como la fotografía granulada del 35 mm de Darius Khondji, podría encajar estilística y temáticamente en cualquier época. Queda ahora pendiente comprobar si la creación será capaz de trascender a su artífice o quedará ahogada por su contexto.

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