Scarlet

Odisea del perdón

Los tiempos cambian, las personas se relevan, pero los grandes relatos prevalecen. No hace falta remontarse demasiadas semanas en la cartelera para encontrarse diferentes interpretaciones de la obra canónica de Mary Shelley (Guillermo del Toro en octubre, Maggie Gyllenhaal la próxima semana). Y como sucedió con ella, un caso similar se ha dado en esta ocasión con la obra más reconocida del bardo. A pocas semanas de comprobar el moderado éxito en los Óscar del Hamnet de Chloé Zhao, se estrena otra aproximación aún más heterodoxa a Hamlet, esta vez de la mano de uno de los realizadores de animación japonesa con más prestigio en el cine de autor. Tras deleitarnos a propios y extraños hilvanando La bella y la bestia con la angustia existencial entre avatares digitales en la excelente Belle, ahora nos llega de tapadillo Scarlet. Las coordenadas estéticas de la nueva propuesta casan especialmente con las de aquella, con una combinación de fondos tridimensionales y personajes 2D que se aleja de obras más célebres de Hosoda como Wolf Children o Mirai. Los resultados técnicos de la nueva aventura son encomiables, si bien el resto del entramado no es capaz de alcanzar demasiada resonancia ni sugestión. Tan superficialmente espectacular como derivativa, nos encontramos con la que es, con cierta claridad, el peor escalón de la trayectoria de su creador.

La vida y la muerte se necesitan y complementan pese a su naturaleza opuesta, y la segunda surge en esta epopeya fantástica como campo de batalla para vengar las infamias acontecidas en la primera. El punto de partida remite a Hamlet y a ese rey destronado, pero el viaje se apoya sobre los hombros de una heroína femenina con una personalidad propia ajena al referente. Una princesa vindicativa que encontrará las respuestas que ansía, y también las que no esperaba, en un inframundo que se desvela pronto como el concepto más atractivo de la película. Un no-lugar de tormentas eléctricas y dunas infinitas donde descarriados de todas las épocas y nacionalidades se encuentran. La efusividad con la que Hosoda carga de elementos y sensaciones sus espacios fantásticos vincula todo su cine, y en esta aventura de aceptación los más jóvenes encontrarán suficientes motivos para dar rienda suelta a su capacidad de maravillarse.

Scarlet

Como sucediera en anteriores filmes de Hosoda que hibridaban el mundo realidad con universos digitales, otro de los aspectos más fluidos de la narración es la naturalidad con la que los personajes transitan y conectan sueños, recuerdos, mundo de los vivos o Hades. El nivel de atención por el detalle en texturas y movimientos de personajes y localizaciones no por familiar es menos asombroso. Las armaduras, los armamentos, castillos, danzas étnicas…un crisol de culturas que, aún si abordadas desde la superficialidad, permiten que la atención del espectador no decaiga. Y el desarrollo dramático, no exento a las convenciones aventureras, consigue confluir hacia batallas a gran escala de innegable espectacularidad o catarsis emocionales de gestos desgarrados.

Aún cuando la motivación emocional de Scarlet es clara y robusta, no podemos decir lo mismo de sus arbitrarias vinculaciones con el resto de personajes. En particular, una subtrama romántica sin desarrollo ni trasfondo convincente de ningún tipo. Dos personajes cuya química no desentona, pero que no reciben suficiente tiempo para que la mutación de su aprecio mutuo consiga implicar a nadie. A nivel de situaciones, todo lo que debe de estar ahí se encuentra, pero si la ejecución de los instantes carece de vigor o convicción no trasciende la condición de papel mojado.

Scarlet

La explosión musical es uno de los rasgos identificables del estilo de Hosoda, pero jamás estuvo peor integrado en la narración que en esta ocasión. Es casi inexistente y cuando se entromete lastra la narración, que se muestra a su vez incapaz de construir villanos con cualquier tipo de carisma o misterio. La abundancia de desplazamientos, batallas o nuevos espacios no implica dinamismo si el discurrir del montaje no modula sensaciones. El exotismo deviene en esta ocasión rutina, y resulta triste que un trabajo de un creador tan encomiable resulte una producción de anime intercambiable con tantas otras superproducciones de este prolífico momento de la animación japonesa.

Vistosa, motivacional y plañidera, Scarlet indaga en las frustraciones y toxicidades inherentes a la venganza sin descuidar los elementos más reconocibles del fantástico juvenil, pero la esencia y la plenitud emocional de todos sus eslabones queda tan diluida como su estrategia de cohesión.

 

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