La soledad del monstruo
En su ópera prima como directora, La hija oscura (2021, la cual recibió numerosos reconocimientos, como el premio al mejor guion en Venecia y varias nominaciones a los Oscar), la actriz Maggie Gyllenhaal ya escogió una historia con un fuerte componente feminista, en la que defendía la independencia y el derecho a las mujeres a establecer su propio camino, aunque no sea el que impone su rol, pero también mostrando las consecuencias perjudiciales que muchas veces conlleva este intento de libertad. Y de nuevo nos vamos a encontrar este tema en ¡La novia!, su segundo largometraje, un pseudo remake de La novia de Frankenstein (1935), en la que la propia Mary Shelley se reencarna en la protagonista para continuar, a través de ella, desarrollando el relato que inició en su obra cumbre. Gyllenhaal hace evolucionar al personaje principal del icónico filme de James Whale y lo hace madurar, dándole personalidad y convirtiéndolo en el motor de una trama llena de temperamento. Se agradece en ese sentido que, en comparación con su predecesora, que fue una de las primeras secuelas de la historia del cine, la realizadora quiera aportar algo diferencial en una obra nacida entre nuevas versiones, reinicios, precuelas e innumerables partes posteriores. Pero distinguirse no es siempre algo positivo, y aquí queda evidenciado en un producto pasado de vueltas que distribuye la pasión de manera muy anárquica, con momentos desbordados que precisarían respirar con más tranquilidad, pero falta de sensibilidad a la hora de desarrollar la relación entre dos monstruos completamente al margen de la sociedad.

¡La novia! es un conjunto anacrónico e histérico con ecos de musicales posmodernos a lo Baz Luhrman, bañada en absenta y en desvaríos. La acción se traslada Estados Unidos a principios del siglo XX, cuando un monstruo de Frankenstein hastiado por el paso de los años, amante del cine y la literatura (hasta el punto de recrear él mismo en su cabeza sus escenas favoritas en momentos que parecen sacados de The Artist), que busca lo que ve en el arte y no puede conseguir en la realidad: el afecto humano, tanto a nivel físico como emocional. Forzará la solución a esta necesidad con una joven que, tras morir a causa de intrigas relacionadas con la mafia, es resucitada porque sí (no hay apenas explicaciones científicas ni intención de ello, y casi se agradece) por una doctora sin demasiados escrúpulos (Anette Benning). Pero esta «nueva» entidad no pondrá las cosas tan fáciles como se creían, y demostrará constantemente su obstinación a la hora de encontrarse a sí misma y su propia identidad. Este vigoroso carácter se lo imprime al personaje Jessie Buckley, que ya había sido nominada al Oscar por la anterior cinta de Gyllenhaal (y que en unos días ganará probablemente por Hamnet), cuya intensidad habitual, que hace que se entregue sin límite en cualquier trabajo, aquí está descontrolada y resulta desquiciante desde el inicio. Mejor está Christian Bale como la criatura a la que el tiempo ha suavizado y humanizado, y que transmite una cercanía muy diferente del dramatismo melodramático de Jacob Elordi en la también reciente Frankenstein de Guillermo del Toro.

Tras una serie de (des)encuentros, ambos revividos acaban huyendo de la justicia como Bonnie y Clyde, perseguidos oficialmente por la policía y dos detectives (unos desubicadísimos Peter Sarsgaard y Penélope Cruz), pero también por todo un pueblo que les teme y admira (su libertad, su falta de ataduras sociales…) a partes igual. Es ahí donde entra la trama de subversión femenina a la que hacíamos referencia al principio, aunque también es donde lamentablemente más tosquedad se ve a nivel de guion, incluyendo una escena que parece copiada sin pudor de Joker (2019, con la cual también comparte los melancólicos acordes de la compositora Hildur Guonadóttir), y una sucesión de tópicos que no aportan una mirada realmente revolucionaria, sino que se quedan en frases de pancarta y grandes titulares. Y es que tanto ésta como las demás pretensiones de ¡La novia!, que son incontables, quedan en su mayoría difuminadas por su falta de coherencia: es efectivamente un claro alegato feminista, pero también una comedia absurda e irónica, una tragedia romántica, un thriller político, un homenaje al cine clásico… Todo tiene cabida, pero las partes no encajan ni evolucionan hacia puntos concretos, como la historia de amor, que pierde empatía al estar plagada de gritos, estallidos y violencia. Gyllenhaal ha conseguido así con esta película su propio monstruo que, como a Víctor Frankenstein, acaba por escapársele de las manos, generando a su paso caos y confusión.
