Seguros de Torrente
Uno de los discursos más repetidos en torno al cine comercial español tiene como protagonista a Santiago Segura, especialmente gracias al éxito de la saga Torrente. En redes sociales se celebra mucho la idea de que sus películas funcionan únicamente por el público, que no reciben subvenciones y que, por tanto, son un ejemplo de cine “de verdad” frente a otro cine más dependiente del Estado. Esta idea, sin embargo, es completamente falsa.
La realidad es que las películas de Torrente sí han recibido subvenciones. Por ejemplo, Torrente 5: Operación Eurovegas, la película de la saga que precede a la que se estrena ahora en cines, recibió alrededor de 1,5 millones de euros. Prácticamente todas —o casi todas— las películas de Segura han tenido algún tipo de ayuda pública, y esto se puede consultar en las bases de datos del Ministerio de Cultura. No hablamos de cifras simbólicas: representan un porcentaje relevante del presupuesto de cada producción. Resulta, por tanto, sorprendente que se mantenga el discurso de que estas películas “no dependen de ayudas públicas”, cuando en realidad forman parte del mismo sistema que tanto se critica. La verdad sería más honesta: estas películas funcionan porque existen dos factores fundamentales. Uno, que la gente va a verlas. Y dos, que existe un sistema de financiación —incluidas las subvenciones— que hace posible su producción. Sin una cosa o la otra estas películas, simplemente, no existirían.
Además, la estrategia de marketing de Segura para Torrente 6 ha generado polémica. Por primera vez en España, decidió no hacer pases de prensa antes del estreno, lo que obligó a muchos críticos a pagarse la entrada para poder ver la película el mismo día de su lanzamiento. Normalmente, lo que solemos hacer los críticos es ver las películas antes de su estreno de manera gratuita, gracias a un acuerdo con las distribuidoras: las vemos, escribimos la crítica y la publicamos justo antes del estreno. Esa publicación anticipada es uno de los elementos que ayuda a que la gente vaya al cine. Alterar este mecanismo, aunque sea legítimo desde el punto de vista del marketing, rompe ese equilibrio y cambia la dinámica habitual de la crítica. Si bien los pases de prensa llegaron después, buena parte de la crítica ya había visto la película por su cuenta. Esta estrategia puede entenderse como un intento de controlar la primera impresión del público y evitar comentarios previos, pero cualquier movimiento en contra de la crítica puede volverse en contra de la propia película. Parte de la crítica se sintió agraviada y reaccionó comentando los cameos y ciertos detalles de la película, como una especie de respuesta a esa ruptura del “contrato no escrito” entre prensa y distribuidoras.

Hablando de la película en sí, desde mi perspectiva como crítico y cinéfilo, Torrente 6 muestra un personaje que ha perdido la fuerza que tenía al principio. La primera y segunda entrega ofrecían un retrato deformante y muy concreto de España; ahora, el personaje se siente más plano y menos interesante. La película pretende criticar a la ultraderecha de forma burda y exagerada, pero esa crítica no se desarrolla realmente: el humor termina dirigiéndose más hacia la izquierda, hacia lo progre, el “wokismo” o el sanchismo. Esa es la sensación que queda: aunque la ultraderecha se muestre ridícula, sus votantes pueden seguir disfrutando de la película sin sentirse atacados. Desde un punto de vista técnico, la película es débil, chabacana, excesiva y completamente vacía. La dirección, la fotografía y la construcción de escenas son pobres; lo único que destaca es la banda sonora de Roque Baños, como siempre impecable. Las interpretaciones son limitadas por no decir ridículas, con el pequeño Nicolás ocupando un papel protagonista y Cañita Brava en otro rol importante. Segura, por su parte, exagera aún más de lo habitual. Los cameos son abundantes hasta el punto de distraer, y algunas participaciones públicas, como la de ciertos periodistas, resultan cuestionables.
El guion, por su parte, es extremadamente simple, pareciera que lo hubiera escrito un adolescente facha envalentonado cuya mayor ambición sea la destrucción del gobierno filoetarra socialista o comunista que gobierna en nuestro país. Por no decir que su mayor ambición sea la desaparición de cualquier homosexual, extranjero, persona de izquierdas, mujer que entienda lo que significa ser mujer o, en definitiva, cualquier persona que no tenga encefalograma plano, no sea cis hetero y además repulsivo, fascista, zafio y vergonzoso: Torrente quiere ser presidente. ¿Recuerdan los libros infantiles de Teo en la escuela, Teo en el museo, Teo en la biblioteca..? Pues Torrente, quiere ser presidente. Torrente en la Moncloa, con todos los tópicos, cameos y burradas que ustedes puedan imaginarse. Pocos desarrollos, poca profundidad. Hay momentos cómicos aislados, pero el conjunto es una repetición constante de humor de cuñado: racistas, machistas, políticos, sobre colectivos diversos… Es básicamente trasladar a la pantalla ese tipo de bromas que escuchas en cualquier cena navideña. Aun así, no podemos ignorar que nos alegramos del éxito de Torrente. Que una película española funcione en taquilla siempre es positivo. Pero también es inevitable preguntarse qué pasaría si ese mismo apoyo lo tuvieran producciones más cinematográficas, más artísticas, que abundan en España y merecerían un alcance similar.

Estamos seguros de Torrente porque haga lo que haga siempre atraerá a gente a las salas, aunque el producto que llegue sea vacío, superficial, estridente, repulsivo y bastante olvidable. ¿No será que Torrente funciona porque una parte importante de la población se siente reflejada? Toni Leblanc decía que Torrente —Santiago Segura— conseguía hacer burla y crítica de lo que contaba. La realidad es que esa burla apenas se percibe; en cambio, el personaje parece servir de vehículo para popularizar discursos dañinos y permanentes. ¿Y si esa fuera la visible personalidad del español medio dentro de unos años? Porque entonces no solo hablaríamos de una industria que funciona, sino de una cultura cinematográfica mucho más rica, diversa y ambiciosa de lo que hoy llega a nuestras salas.