julio 17, 2020

Críticas: La jungla interior

La jungla interior

¿El fin justifica los medios?

Para reflejar las sensaciones que nos produce el visionado de La jungla interior podríamos recapitular varios sucesos y experiencias como la celebración de la festividad del Corpus Christi, con sus procesiones surcadas por los espectaculares hombres cubiertos de musgo en Béjar (Salamanca) una muestra de las señales ancestrales de una naturaleza que nos rodea. Otro elemento decisivo es el regreso a la casa de la vieja tita Enriqueta, una mujer liberal, soltera y ya fallecida. Una visita al hogar y zonas ocultas que contrastan el carácter vital y las ilusiones de Gala, enfrentándolos al estado taciturno y los tormentos de su novio, Juan. Los demás vértices se completan con una aproximación epidérmica y sobre todo emocional a Gala, durante su embarazo y el largo viaje de Juan en la expedición que realiza por el Pacífico, siendo testigo de paisajes deslumbrantes que prolongan su incertidumbre sentimental.

Este resumen de las partes que, sin más relación aparente, se suceden en la película, parecerá un rompecabezas inconexo. Sin embargo, la recolocación de todas las piezas en el visionado encaja tanto en el fondo como en la forma y con la osadía que Juan Barrero lo plantea en todo momento.

Una voz en off, de procedencia y lengua danesa, se superpone al principio de La jungla interior sobre las imágenes tomadas desde un avión en vuelo. El danés enumera las razones por las que Juan se aleja de España con la intención viajar varios meses a territorios del Caribe. De este modo, los espectadores presenciamos un documental acerca de esta expedición, pero esa misma voz nos plantea también cierto suspense, al exponer que antes del largo viaje Juan rompió con su novia, Gala. A los pocos minutos de arrancar la película, las formas mutan desde el documento hacia el drama de ficción.

La jungla interior 2

Tras un corte, repentinamente, nos encontramos con la chica, Gala, durante ese pasado al que aludía el narrador. Ella está conversando con Juan en la casa de su difunta tía Enriqueta, una peculiar mujer liberal que ha marcado profundamente el carácter de su sobrino. El film cambia de nuevo, mudando su apariencia de ficción y retornando al territorio del docudrama, más propio de la televisión. Hasta ese momento no sabemos si los dos personajes son ellos mismos o si ambos actores representan un papel. Por una parte Juan permanece fuera de cámara y, por otra, Gala sostiene con su presencia el entramado emocional por el que nos introducimos furtivamente en la relación de la pareja, una convivencia que se tambalea desde que nos asomamos a la pantalla.

Las imágenes vistas durante el primer tercio del film son primeros planos y detalles, aumentados de manera forzada mediante el uso del zoom, tomados cámara al hombro y con iluminación natural. En muchos casos se nos muestra a los actores de espaldas o en escorzos indescifrables que rozan la abstracción, incrementando el desequilibrio expresivo. Tras este tratamiento visual carente de esteticismo, La jungla interior cambia el rumbo para incluir unas secuencias con las bellas imágenes de paisajes del Pacífico, misteriosas y coloristas, tratadas con una fotografía propia de los documentales divulgativos, llena de planos generales y medios, de composición armoniosa y excelente aunque, a pesar de su nitidez y pureza, arrastren los lodos de la incertidumbre de Juan.

El largometraje funciona como un generador radical de atracciones y rechazos. Por un lado, las adhesiones se producen gracias a sus hallazgos visuales, como pueden ser los paralelismos figurados entre la vegetación que encuadra y oculta una vieja mansión. y las peculiares y fotogénicas armaduras de musgo con que se visten los procesionarios. Y ambas metáforas se refuerzan, posteriormente, con unas inquietantes imágenes del vello púbico que rodea los órganos genitales femeninos. A estas figuras se suma el uso de interludios oníricos, cercanos al estilo del videoarte, que amplían el sentido fabuloso de la narración e invalidan la realidad documental que se supone, implícita, desde el primer minuto de proyección.

La jungla interior 3

El rechazo puede surgir por un tratamiento sin adornos, más directo de lo que acostumbra el cine que se estrena en la mayoría de pantallas comerciales, al visualizar la sexualidad y emociones de los personajes rayando la provocación, aunque –por fortuna- sorteándola siempre desde una perspectiva que respeta las decisiones e intimidad de estos personajes. En defensa del director hay que matizar que trata todos los temas con honestidad hacia la implicación personal de Gala, auténtica protagonista de la historia, tan entregada y generosa en su desnudo emocional, como pocas veces se ha visto en el cine o cualquier otra representación artística.

Juan Barrero consigue mantener el interés por su acercamiento a narrativas marginales, más crudas, para explicar mejor la tensión emotiva de Gala. Hasta llegar a la conclusión del largometraje, un plano tan tierno, tan emocionante, que responde por sí mismo la pregunta que encabeza esta reseña.

El fin, en este caso, sí que justifica los medios.

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