febrero 25, 2020

Especial Críticas: Whiplash

WHIPLASH

Le dedicamos dos textos a la obra capital de Damien Chazelle.

Por Sergio de Benito:

No resulta nada difícil encajar etiquetas a una experiencia tan rica en sensaciones como la que propone Damien Chazelle; sin embargo, uno se siente desconcertado al abordar las múltiples capas que subyacen tras los engranajes de un guión en apariencia sencillo, pero que oculta alguna de las reflexiones más lúcidas y perversas que ha ofrecido el cine norteamericano en los últimos años. Aunque la primera vez que me encontré ante Whiplash no podía dejar de pensar en ella como un prodigioso complemento a la implacable disección de la psicología del éxito que lograron David Fincher y Aaron Sorkin en La red social (2010), sus logros van mucho más allá de la posible herencia de un título con el que comparte la condición de retrato de un ahora grabado a fuego por la necesidad de arrollar a todo el que se interponga en un ascenso sin probable techo ni límite. Ya no basta con ser eficiente, hay que pasar a la posteridad a base de ser el mejor por encima de cualquier obstáculo. La secuencia del repentino accidente de Andrew, que obra el milagro de resultar verosímil cuando aislándola de la lógica propuesta aquí habría tenido muy complicado serlo, sirve junto al espectro del recordado alumno fallecido como perfecta síntesis del discurso: el final del concierto puede llegar en cualquier momento, se trata de seguir existiendo para el público cuando se desvanezcan las luces.

WHIPLASH

Pero, ante todo, Whiplash es el duelo físico entre las cicatrices que marcan el inseguro rostro del joven discípulo y la vena hinchada en el imponente rictus del maestro. Un duelo cruzado por una elipsis que remarca el peso y la inevitabilidad del encuentro de dos personajes que, desde el primer golpe de batería, se muestran destinados a la carcoma y búsqueda mutua para dar el salto al citado escalón superior, aun dejando de lado otros posibles escapes vitales: salir perdiendo del escenario nunca se dibuja como una opción. Hay un componente de renuncia en la creciente obsesión de Andrew, plasmada en el abandono de su incipiente relación con un personaje femenino cuyas opciones de intervención en este cara a cara quedan desechadas al aumentar la intensidad de una escalada conflictiva culminada en una secuencia con una puesta en escena que oscila entre la risa nerviosa y el escalofrío. Resolución vista como el tenebroso pico, no carente de ironía, de un estudio de personalidades tan brillante en su planteamiento como en una ejecución virtuosa que confirma en Chazelle un talento ante cuya desbordante presencia el mismísimo Terence Fletcher no tendría más remedio que asentir.

Por José Manuel Rebollo:

En la primera escena de Whiplash, Andrew Neiman quiere ser uno de los baterías más grandes de la historia pero no lo sabe, mientras Fletcher quiere encontrar al próximo Charlie Parker cueste lo que cueste. En sus metas comunes encuentran uno de los numerosos reflejos que, con el avanzar de la cinta, les une más, pero el ganador absoluto en este duelo es el maestro. J.K. Simmons, que se sacrifica ética y laboralmente para reducir a sus alumnos a la mínima expresión, logra reducir a escombros toda la humanidad que pudiera haber en Andrew. Sus primeras escenas al margen de la batería le muestran tímido, con dificultades para mirar a la gente a los ojos, para pedir una cita o que va con su padre al cine. Vale, no es el más social en el conservatorio, pero todo se acrecienta cuando Fletcher va minando en su ser y dejando todo atrás, como progresivamente va respetando menos a sus parientes, a sus compañeros, dejando a su novia y finalmente sustituyendo su figura paterna original por la del sádico maestro. Se despide de su padre con un abrazo para afrontar el clímax ante su mentor.

WHIPLASH

Todo esto lo podemos considerar como el background de Whiplash, dando fondo y mostrando la evolución de esas monstruosas sesiones de práctica. Unas escenas que funcionan como un electroshock, pasando del rítmico jazz a los palos verbales. El procedimiento se repite y la tensión en la audiencia va creciendo. Chazelle lo sabe y con ello construye una escalera de varios metros a la que nos sube, cada vez tenemos más vértigo, hasta que llegamos a la cima y es entonces cuando nos empuja al vacío. No puedo dejar de sacar a coalición en cualquier texto sobre esta película estos últimos 10 minutos en los que cada decisión por parte de cada responsable de la película es a la vez consecuente y arriesgada. Una concatenación de elementos que juntos crean un impacto similar al de cada instrumento en Caravan que, ojo, no debe confundirse con una apología de los métodos de enseñanza. Personalmente, como final es tenebroso,  pues esa última mirada de aprobación de Fletcher y que nos deja intuir la mueca de su siniestra sonrisa nos confirma que lo ha logrado, ha encontrado a su Charlie Parker y ha acabado con Andrew Neiman. Que ambos personajes acaben siendo despreciables, a diferentes niveles, no les priva de poder alcanzar la excelencia. Al fin y al cabo, Charlie Parker murió a los 34 años, solo.

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