Amarga navidad

La reescritura infinita

La veda de títulos relevantes del panorama del cine de autor se abre en mayo con el Festival de Cannes, pero previamente a esto tienen lugar algunos preámbulos durante la primavera y final del invierno. Los Festivales de Berlín y Málaga permiten que se perfilen los primeros candidatos para los Goya o para las comidillas cinéfilas, y previa a sus habituales estrenos en Cannes, algunos realizadores optan por estrenar comercialmente sus nuevos trabajos para ir creando tendencias de opinión allí antes del desembarco internacional. Esta estrategia ha sido sumamente habitual en la trayectoria del realizador español de mayor prestigio internacional: el genio manchego Pedro Almódovar. Tras su notable e injustamente cuestionado La habitación de al lado, vuelve en esta ocasión al castellano con Amarga navidad, sugerente y alambicada propuesta de autoficción protagonizada por Bárbara Lennie y Leonardo Sbaraglia, en un reparto plagado de reconocibles nombres de la actualidad artística española. Un filme que aparece en la cartelera con tanta expectación como misterio, y una probable integración en la Sección Oficial de Cannes en el horizonte. Luces y sombras aparte, el presente y personal trabajo confirma la fructífera etapa en la que se encuentra el irrepetible realizador. No alcanza las cotas de una excelsa Dolor y gloria con la que dialoga permanentemente, pero aun desde su irregularidad nos hallamos ante una obra rica y fascinante, anegada de seductoras ideas y ejecutada con un estilo exquisito.

Años después de que esta moda haya remitido, nos encontramos ante un heterodoxo ejemplo de autoficción. En esta ocasión Pedro no escoge uno, sino dos alter-egos. La película se desarrolla mediante dos tramas paralelas en dos tiempos diferentes, y ambas están protagonizadas por la figura de un realizador enfrascado en la infructuosa tarea de concluir el guion de su futura película. Dos narrativas imbricadas en las que el bloqueo creativo juega un rol determinante. El cine como vía de escape para sanar las heridas de la vida, el relato como expiación del duelo. Y la música como puerta al dolor, en una secuencia ejemplar y valiente que escenifica la singular relación de Almodóvar con sus referentes musicales.

Amarga navidad

El grado de depuración visual de las películas de Pedro es ya tal que apenas bastan un puñado de fotogramas y unos pocos acordes de Alberto Iglesias para reconocerse en su personalísimo universo cinematográfico. Desde un punto de vista artístico y plástico, Amarga navidad es un verdadero deleite. El vestuario de colores saturados, el desempeño del equipo de diseño de producción para compactar todo un catálogo de interiorismo…la artificiosidad melodramática esteta tan inalienable al manchego desde donde, le pese a quien le pese a sus detractores, toca hueso y alcanza emociones intensas. La amargura se adueña, afectada y solemne, del tono de un filme en consonancia con este período de madurez, en el que pese a todo también se permite alguna deriva hacia la irreverencia sexual y cómica del Almodóvar de juventud.

Unos acudimos al psicólogo para dar respuestas a nuestras inquietudes y despejar nuestros temores, y otros encuentran en la producción cinematográfica su terapia particular. Sbaraglia y Lennie delante de cámara, y Almodóvar tras ella, buscan a través de la maraña narrativa verbalizar aquellas angustias a las que no son capaces de dar forma ni confrontar. El ego como cortina de humo que aísla al artista y le impide vincularse con aquellos que quiere de la manera que ellos necesitan, o que no es capaz de llegar a tiempo para apoyarles en sus horas más débiles, sino de vampirizar sus vidas para dar cuerpo y fuerza a sus personajes y a sus devaneos sobre el papel.

Amarga navidad

Por ingenioso que sea, Amarga navidad lo debe todo al efecto de su dispositivo. La estructura y presentación eleva considerablemente el impacto de unos hechos que, por sí solos, nunca llegan a rematar la faena. La película, efectivamente, transmite una repetición y una condescendencia consigo mismo por parte de Almodóvar, y enunciarlo literalmente no le exime de ello. Ninguna subtrama se concluye y, pese a que el reparto ofrece una entrega y finura extraordinarias, varios personajes secundarios son abandonados. El abanico es amplio, y no pocos diálogos trufados en discusiones conmovieron a este redicho crítico, pero el ramaje se expande tanto que es inevitable echar en falta una rúbrica que hilvane conflictos y que, ante todo, depare redenciones y descanso a unos personajes que quedan relegados a títeres del creador de múltiples reflejos.

Desgarrada, confesional y atrapada, Amarga navidad nos zambulle en un mosaico de reflejos entre ficción y realidad que supone la declaración más honesta e inteligente posible del estancamiento creativo del Almodóvar guionista. Afortunadamente esta faceta se da la mano con el momento más fino del Almodóvar realizador, alumbrando en esa dicotomía una de las películas más sugerentes de lo que llevamos de 2026.

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