Cine hecho de personas
Un año más, la ciudad de Donostia abre sus calles, bares y salas de cine al Zinemaldia en esta la que ha sido su 74 edición, la última en la dirección de José Luis Rebordinos, que el año que viene pasará el testigo a Maialen Beloki, primera mujer en asumir dicho cargo en la historia del festival. Hasta entonces, regresamos al momento que nos ocupa y a estos 10 días de películas e historias cuya fuerza narrativa y sentido recae en sus personajes, sean reales o ficticios; personas todos ellos (y algún que otro extraterrestre) que se influyen unas a otras y terminan marcando el devenir de sus tramas. Al fin y al cabo, la vida son las personas que nos encontramos por el camino, hilos todas ellas que ayudan a coser cada parte de nuestro cuerpo, un Frankenstein de experiencias compartidas que definen nuestra identidad.
Algunas de estas personas nos acompañan gran parte de nuestras vidas. “La familia”, he aquí uno de los temas favoritos de la gran pantalla. ¡Y por algo será! Escogida o no, presente o ausente, apoyo o escollo… La familia y los lazos que establecemos dentro de ella nos dejan huella, especialmente las relaciones entre padres e hijos, núcleo central de algunas de las películas que se han visto en el Festival de San Sebastián de este año.

De padres e hijos
Sin ir más lejos (o hasta el continente asiático, a decir verdad), In my father’s room es un perfecto ejemplo de ello. Un padre y una hija que se buscan y se encuentran finalmente gracias al arte, que nos sobrevive a todos. Proyectada en la Sección Oficial, todo es delicadeza en la poética primera cinta en la dirección de la novelista Maha Harada. El sonido del agua llenando la taza, el eco de unos zapatos en el suelo del museo, el roce de las ropas al hacer una reverencia. Una ventana al mundo de la emoción nipona cubierta de su habitual cultura de la contención.
En la otra punta del mundo, entre México y España, una madre y una hija que chocan sin entender que ambas luchan para dejar de sobrevivir y empezar a vivir. Ceniza en la boca, adaptación del libro de Brenda Navarro que Diego Luna ha presentado en la sección Horizontes Latinos, es “una historia sobre la ausencia”, como ha dicho su director, pero también “un reflexión sobre las migraciones y las fracturas familiares que estas generan”. En el coloquio posterior a la proyección, la actriz Anna Díaz (¡todo un descubrimiento!) contaba que cuando le anunciaron que la habían cogido para la película, ella estaba a punto coger un avión de México a Estados Unidos para ir a ver a su madre, que vive allí desde hace años, una separación forzosa por las circunstancias que también se da en la película que protagoniza. Ficción y realidad dándose la mano, ¡qué momentazo!

Una migración bien distinta (¿o en realidad tampoco tanto?) fue la que décadas antes llevó a otro padre y a su hija a abandonar su país de origen, en el que de haberse quedado habrían sucumbido a uno de los episodios más vergonzosos e inhumanos de la historia contemporánea. El padre, el escritor Thomas Mann, y la hija, Erika Mann, protagonistas ambos de la nueva cinta del director Paweł Pawlikowski, laureado en la pasada edición de Cannes por este Fatherland, filme que pone su foco en el regreso del Premio Nobel a sus orígenes, a una Alemania, la de 1949, fuertemente dividida en dos. ¿Stalin o Mickey Mouse? Nadie como Pawlikowski para conseguir un puñetazo en el estómago tan bello, frío y, sí, emotivo también. Implacable en su fotografía de la fractura política y social de un país y, por ende, la de sus familias, ilustres o no.El eco de Johann Sebastian Bach en las ruinas de una Alemania de posguerra es sin duda una de las escenas musicales de este Zinemaldia, como también lo es el “I’ll stand by you” de The Pretenders en lo que ha sido una de las grandes lloreras (y tan a gusto) de estos días. Conmovedora adaptación de la novela gráfica homónima de Sarah Levitt y dirigida por Sarah Nelson, Tangles es humana y dura, emotiva y divertida en su punto justo.
Un relato sobre el Alzheimer y cómo esta enfermedad arrasa con la mente de una persona, llevándose con ella a su familia y poniendo a prueba las relaciones entre ellos. Una vez más, la animación demostrando ser un poderoso medio a la hora de tratar las turbulencias de la vida. Una joya en la sección Perlak, que forma un tándem perfecto con otra cinta que de bien seguro la acompañará en todos los premios de animación del año, la francesa Le corset (Iron Boy). De nuevo la familia y las inclemencias y rectitudes de la vida adulta que chocan (tan a menudo) con la necesidad de ser, simplemente, un niño. Como Christophe, a quien a sus 10 años le obligan a llevar un corsé de hierro para rectificar la curvatura de su columna vertebral, que amenaza con tambalear todo el mundo a su alrededor. Pero a veces hay que torcerse un poco para aprender a ver y escuchar. ¡Qué paleta de trazos y colores la de esta película! Sin duda la animación es un superpoder en manos de contadores de historias como Louis Clichy, quien después de pasar por los departamentos de arte de tres de los mejores Pixar (Ratatouille, Wall-e y Up), dirige esta preciosidad ilustrada, una historia en la que, más allá del contexto familiar, también son clave dos personajes, una joven y un profesor de órgano, que aunque acompañen al pequeño protagonista en una fugaz etapa de su vida, marcarán sin duda su camino a largo plazo.

Desconocidos que dejan huella
Encuentros momentáneos que dejan huella y, en su brevedad, son catalizadores de un cambio perdurable. Como lo es, por ejemplo, la relación entre los personajes de Oriol Pla y Marina Salas en Esta soledad, ópera prima de Javier Giner presentada en la sección Nuevos Directores. Una relación que termina justo al empezar la película y que lleva a los protagonistas a replantearse el porqué de esta soledad que llevan enquistada muy adentro, como tantos otros de su generación, y que muy probablemente haya sido la principal causante de su ruptura. Del sentirse perdido y abandonado por las circunstancias y los seres queridos al reencontrarse y abrazar, en solitario, el cambio en uno mismo. Con qué sentimiento traslada Giner a la gran pantalla este camino hacia la luz en su primer filme tras las cámaras. Un inicio brutal donde los haya, de aquellos que hacen sudar desde la butaca, y un final poderosísimo con una mirada de aquellas que lo dicen todo. A destacar un muy acertado montaje al servicio de la trama y que equilibra a la perfección las historias de Leo y Lorea (grandes Oriol Pla y Marina Salas), que avanzan en paralelo, se tropiezan y se levantan de nuevo. Especialmente interesante es cómo está tratado el personaje de Kai Etxaniz y la naturalidad con que se introduce en la trama. Lo que se cuestiona no es su identidad (él es quien es y punto), sino el efecto que sus decisiones, como las de cualquiera, tienen en el protagonista. Decisiones tomadas a nuestro alrededor que terminan influyendo en nuestra vida y la de aquellas más cercanas. No podemos volver atrás, pero sí gestionar las consecuencias del pasado para sanar el momento actual.
Aunque… ¿arreglaríamos algo si pudiésemos rebobinar? Según la teoría de Berto Romero en Cinco minutos más, lo que está roto, permanece roto, y no hay viaje en el tiempo que valga. Pero oye, qué gustazo es siempre ver un poco de humor en la sección oficial del Festival de San Sebastián y reír a carcajada (a la vez que sufrir en bucle) con el nuevo trabajo del tándem de Romero con Javier Ruiz Caldera. “La película viene a retratar un sentimiento muy contemporáneo, y es que los protagonistas solo pueden reaccionar y no tienen tiempo de reflexionar, y esto nos pasa a todos cada día.”, Berto Romero. En este mundo tan loco que nos ha tocado vivir, la película fluye a la perfección entre géneros y tiempos, siempre con la técnica jugando a favor de la trama (¡bravo!) y con un trío de ases interpretativos: Javier Cámara, Belén Cuesta y el propio Berto. Los protagonistas de Cinco minutos más brillan (y gritan) en cada plano secuencia, estén en un drama de pareja, un thriller distópico o una comedia negra. Les desearía mucha suerte en esta carrera que tienen por delante (después del buen recibimiento del público en Donosti, una solo puede imaginar los aplausos dentro del Auditori Melià de Sitges), pero mejor aquí usar la expresión inglesa y decirles “rompeos una pierna”, ¡o muchas!

“¿Por qué no puede convivir el drama con la comedia?”, se pregunta el cómico y guionista de la película. “La vida es así, no tiene géneros, se combinan.” Con esta reflexión (que no reacción), me viene directamente Cesc Gay a la cabeza, a quien se le da siempre de maravilla mezclar drama y comedia. Y qué alegría que uno de sus mejores textos recientes, Sentimental, haya encontrado a alguien como Olivia Wilde (y a los guionistas Will McCormack y Rashida Jones) para llevarlo a las pantallas estadounidenses con The Invite. Fresca, divertida y desvergonzada, pero a la vez con un cierre íntimo que le sienta de maravilla. Por supuesto, le juega a su favor la gran presencia escénica de sus cuatro protagonistas: Penélope Cruz, Olivia Wilde, Seth Rogen y Edward Norton, que juegan ante la cámara y seducen a la vez que demuestran una notable vis cómica. Aceptamos invitación de estos vecinos, personas más bien desconocidas pero que, de nuevo, acaban marcando el devenir de otras personas y su relación de pareja…
O su visión del mundo y de su lugar en él, como ese encuentro fortuito entre un cura y un ex presidiario condenado injustamente que da sentido a todo el arco narrativo de uno de los grandes personajes de la literatura universal: Jean Valjean, el preso 24601 de Los Miserables, novela que se ha visto adaptada de nuevo para la gran pantalla y que ha pasado por la Sección Oficial de este festival. Hablaba Diego Luna estos días de lo bonito de la literatura y de cómo nos aporta algo distinto a cada una de las lectoras y lectores que nos sumergimos en sus obras. De allí la variedad de adaptaciones de libros que llegan al cine. Lástima que a la visión de Fred Cavayé sobre el clásico de Víctor Hugo le falte emoción y se quede lejos de las versiones que recientemente se han visto en Francia de Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo, de Dumas. Demasiado contexto inicial para tan atropellado último tercio. ¡Y encima sin canciones! En cuanto a adaptaciones de Les Mis se refiere, a Alain Boublil y a Claude-Michel Schönberg no les gana nadie.
Amores que lo cambian todo
“Demasiadas historias de amor están enterradas bajo tierra en este país.”
Por último esas personas que dejan una huella tan profunda que llegan a marcar nuestra identidad y la forma en la que amamos y queremos amar. Dos películas, dos “Perlas” que destacan aquí ante toda la programación de la 74ª edición del Festival de San Sebastián.
Por un lado Coward, humana, íntima, queer y antibélica. Si haces una nueva película sobre la Gran Guerra en Europa, al menos tráela a tu terreno y cuéntalo desde una perspectiva propia. Y esto es lo que ha hecho Lukas Dhont, gran director de actores donde los haya y que después de Girl y Close retrata aquí la historia de dos chicos (“¿y cuántos más habrá como nosotros?”) que se aman en medio del horror de las trincheras, respaldados por esos momentos de tregua entre batallas, de evasión y música entre cañones y disparos.

Y por el otro lado, el que promete mantenerse como el gran y merecido fenómeno del año, La bola negra. La lucidez y herencia de Federico García Lorca una vez más saliendo de las páginas y de la tierra para guiarnos en un presente de heridas todavía por sanar, memoria por recuperar. Una historia sobre amar y ser libre amando. Unos personajes que se tienden la mano y el corazón a través de la realidad y el tiempo, un poco como pasaba en Las horas con la siempre presente Virginia Woolf. Un ejercicio de arte, poesía, espectáculo y política, porque la cultura siempre es política. Dirección, interpretación, fotografía, montaje y música (¡esa bso de Raül Fernandez Miró y canción de Guitarricadelafuente!) están al servicio de un guion y una historia que toman como punto de partida La piedra oscura obra antibelicista de Alberto Conejero. A partir de los últimos días en la vida de Rafael Rodríguez Rapún y sus conversaciones imaginadas con el joven encargado de vigilarle antes de su fusilamiento, Javier Calvo y Javier Ambrossi, también premiados en Cannes junto a Pawlikowski, entretejen un ambicioso relato de memoria e identidad que conmueve y conmociona.
Una película que va de lo íntimo a lo grandilocuente, con imágenes de una belleza arrebatadora y momentos musicales llenos de poderío y vida que suman al conjunto final y la convierten en una película de público de principio a fin. “La Historia no son sus hechos, sino las personas que los llevaron a cabo”, dice le personaje de Glenn Close en una escena de la película. Y así termina esta crónica, con estas personas que construyen la Historia y las historias dentro y fuera de la gran pantalla, con esas personas que aman el cine como arte y forma de expresión y reivindicación, con esas personas que durante 10 días se encuentran en las calles y cines de una ciudad y debaten, comen, beben, se emocionan y se entregan al séptimo arte.
Eskerrik asko, Donostia
