El día de la revelación

La responsabilidad simbólica

Pocos directores pueden contar con el caché y prestigio de su nombre como reclamo de marketing que atraiga a la gente a las salas. Los dos más claros son Quentin Tarantino y Christopher Nolan durante los últimos quince años, pero el veterano y legendario realizador que nos ocupa fue un inapelable magnetismo de atención durante más de 30 años. Su estatus ha cambiado en la última década, pero aun desconectado del momento presente en el que nos encontramos, un nuevo estreno del otrora Rey Midas de Hollywood sigue siendo un acontecimiento entre la cinefilia. Tres años después de deleitarnos con la personal y notable Los Fabelman, vuelve a ponerse tras las cámaras Steven Spielberg en la cargada de secretismo y sumamente anticipada El día de la revelación, con un reparto en el que destacan Emily Blunt, Josh O’Connor, el mentor Colman Domingo o el villano Colin Firth. Su regreso a coordenadas mas populares de su cine ochentero y setentero se ha saldado con unos resultados muy reivindicables, en tanto nos hallamos ante uno de los títulos mas potentes del año, tan entretenido como cargado de subtexto. El engranaje argumental no culmina sus objetivos con la finura que la ejecución técnica del filme, pero aún con sabor añejo nos hallamos ante un primer blockbuster con argumentos para apelar a diferentes generaciones.

La película se edifica a partir de dos claras estructuras paralelas: el paulatino encuentro de respuestas a misterios que asolan desde los primeros minutos a sus dos protagonistas y una constante huida hacia adelante a quemarropa en la que dichos protagonistas cumplen su destino. Thriller de ciencia-ficción que se sirve de la angustia conspiranoica como elemento de suspense y esqueleto vertebrador de un universo que conseguimos conocer de inmediato pese a la poca información, ya que prorroga la tradición estética y mitológica del subgénero alienígena. La acción nunca se detiene mientras que se procura con cierta maña trazar construcción de personajes y articular fascinación por lo desconocido, integrando obstáculos fantásticos o sobrenaturales que dan juego a situaciones de puro disfrute y creatividad visual. Transfiguraciones, invocaciones o hechizos mediante macguffins estelares se dan la mano rodeados de sorpresa pero con armonía orgánica. Excusas todas ellas para que Spielberg esparza una plétora de secuencias de dispositivo juguetón, plegando su trama tanto como sea necesario a instantes inspirados de chulería formal. Bendita chulería formal, por otra parte.

El día de la revelación

La propuesta de El día de la revelación no es tan solo ambiciosa sino especialmente inmersiva, posible gracias a un tempo de montaje implacable. Un viaje del héroe de bagajes olvidados por desvelar junto a los secretos estatales hurtados clandestinamente, en el que John Williams interviene como contrapunto solemne de los tiroteos y escaramuzas con todas las reminiscencias de la aventura spielbergiana de nuestra educación cinéfila. Un viaje apesadumbrado con una manera critica de representar como las pantallas de nuestros smartphones tornan a las masas en borregos. Los resortes del blockbuster clásico se ponen en acción a pleno rendimiento, y el mero hecho de contemplar en la pantalla grande sus ambiciosas tomas de seguimiento con cambio de altura o sus reencuadres cerrados mediante desplazamiento mecánico de cámara es ya un oasis de oficio y criterio en una producción audiovisual estadounidense sumida en una profunda crisis de ideas visuales.

Un nivel de lectura apasionante que ofrece el relato es como dialoga con el imaginario popular sinónimo de la figura de Spielberg. Su carga meta, enunciada desde una amargura crítica aunada con un alegato honesto por la ternura y la empatía, hará las delicias de pensadores de la imagen. Su reflexión sobre las creencias y la convicción en nuestra naturaleza humana arroja ideas sobre la responsabilidad simbólica de las religiones y sobre la ética comunitaria tras la decisión de compartir una información transformadora al mundo o mantenerle, de manera paternalista, en una benigna y gestionable ignorancia. Cine, en definitiva, humanista y empático, con todos los sentimentalismos inalienables del estilo del cineasta de Ohio. Reflejo y auto-homenaje a un legado que se observa desde una consciencia distante que acepta que aquellos códigos, por influyentes que fueran, ya no son los vigentes. Cine que se acepta avejentado y que halla en su honestidad virtud.

El día de la revelación

La fuerza y poderío de su puesta en escena se afana por disimular algunos agujeros e inconsistencias de un guion tramposo, con aristas por pulir. Nos desplazamos a contracorriente de un escenario a otro a trompicones y con conveniencias, y las reglas del juego quedan siempre oportunamente indefinidas. Las estrategias de artificio y la manera de presentar la información es mas interesante que la propia información en si misma. Y allí donde las incógnitas y vínculos de los dos héroes mundanos con los visitantes interplanetarios nutren el corazón dramático de la cinta, la representación visual de dichos alienígenas no aporta nada nuevo a la conversación, como tampoco las figuras de unos villanos trajeados intercambiables.

Trepidante, ingeniosa y meliflua, El día de la revelación preserva muchas de las virtudes reconocibles del mejor cine de Spielberg, que incluso ahora sigue convenciendo con su sentido de la maravilla y el virtuosismo de su planificación de cámara. La abundancia de conceptos no cuajan todas en imágenes ni desembocan en una profundidad emocional genuina, pero ya quisiera el 90% del cine comercial de los últimos seis años rayar al nivel que este metraje exhibe durante gran parte de su recorrido.

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