Mother Mary

El personaje resquebrajado

La presencia de A24 en la cartelera internacional, si bien en otros países como el nuestro llegan de la mano de otras distribuidoras, es ya casi permanente. Bajo su paraguas se acogen tanto nuevos realizadores como creadores mas asentados, con ejemplos como el que nos ocupa en la presente entrada. Casi una década después del título que le otorgó el prestigio entre la cinefilia, el siempre impredecible David Lowery prueba suerte con un proyecto plenamente original alejado de las coordenadas del cine familiar de Disney en el que maniobra con cierta frecuencia. Sus últimos devaneos han dejado un poso agridulce entre la crítica, pero las esperanzas se mantuvieron intactas para el estreno de Mother Mary, para la cual ha contado con una omnipresente Anne Hathaway (su 2026 no deja de dar frutos) en el rol protagónico. Una película tan rodeada de misterio y sugerente como sumamente decepcionante en todos sus frentes expresivos, pero que bien merece la pena para intentar elaborar una reflexión a su costa.

En la línea de unos pocos títulos del mainstream del último lustro, el filme demuestra todo el jugo y las narrativas que se pueden sustraer de la aparatosa infraestructura que rodea a los iconos pop y a sus conciertos. La mística y la iconografía megalómana aunada con el individualismo escénico y personal de dichos artistas tan hiper expuestos como resguardados en burbujas de servilismo complaciente son afrontados en esta ocasión desde los desgarros terapéuticos por la personalidad múltiple. El personaje anula a la persona, y los fantasmas figurados y literales atormentan a una famosa cantante que se refugia del ruido y el pavor en la campiña británica, donde encontrará tanto comprensión como reproche y terapia de la mano de una diseñadora de vestuario que la ancla a su pasado y a su esencia. Bis a bis atmosférico, mas de palabras que de acciones y anegado de recuerdos y abstracciones visuales.

Mother Mary

La presencia escénica y fuerza corporal de Hathaway están a la altura del desafío, y la mirada penetrante y declamación afilada pasivo-agresiva de Michaela Coel suponen una réplica inmisericorde, vehículo narrativo para diseccionar traumas, pesadillas y resentimientos. Filme de miradas y pucheros, son los escasos exabruptos de espasmo corporal, bien sobre el escenario o ante la mirada despiadada de la diseñadora de vestuario, donde el filme roza esa energía perturbadora que no logra alcanzar durante el resto de su metraje. Un metraje al que no podemos negarle su capacidad de sorprender, pues fluctúa del retrato musical al suspense psicologista y posteriormente al cine «de terror» (las comillas son aquí catedralicias) sin reparos ni interludios.

El papel preponderante del diseño de vestuario a nivel argumental y formal hacen del filme un innegable ejercicio esteta, cercano al fashion film mucho mas que a la película concierto en muchos de sus códigos lingüísticos. La aspereza de las tablas de madera del cobertizo oscuro donde sucede la mayoría de la acción diegética refuerzan el tono atormentado e inquietante de un encuentro en el que las incógnitas se van despejando (o al menos, en teoría). Cine probeta que pone a dialogar legados visuales dispersos para su recargada apuesta de drama-diván. Terapia psicológica en imágenes, imaginarios posmodernos mediante.

Mother Mary

El tono vago, simbólico, misterioso y afectado de un filme que se abarrota de bosquejos pero carece de certezas le condenan al ridículo y al tedio. Es estática y demasiado verborreica para decir tan poco, coquetea con el cine de género, el pop o la deconstrucción visual del cristianismo pero no se adentra ni un poco en ninguna de estas áreas. Las implicaciones femeninas del color rojo o las posesiones espectrales son arrojadas al cóctel sin profundización ni consecuencia, y la catarsis es tan metafórica como pequeña. Ínfulas sin encarnarse, ideas simples vestidas de trascendencia. Afectación y tragedia que, sin una edificación previa que la sustente o una ligereza que la complemente, queda hueca.

Atrevida, solipsista y solemne, Mother Mary casa el fenómeno del cantante pop con el thriller psicológico con libertad y concreción, dando como resultado un ejercicio de cámara rugoso y velado. La balanza de los elementos, lamentablemente, está tan descompensada como clamorosa resulta la falta de auto-consciencia general. Pasan los años y crece con fuerza la sospecha de que A ghost story fue un espejismo.

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