septiembre 17, 2020

Críticas: Thérèse D

Therese D portada

Audrey Tautou es Thérèse Desqueyroux en esta adaptación de la novela homónima.

La obra literaria de François Mauriac está repleta de los miedos y los conflictos internos que el propio autor sufría en su interior. Mauriac, profundamente católico, luchaba contra sus deseos homosexuales reprimiéndolos por su absoluta educación ultracatólica, extrapolando esa culpa que le atormentaba a los personajes de sus novelas. Uno de los ejemplos más claros de personaje angustiado por la contención de sus deseos contra la sociedad es el que plasmó en la novela de 1927 Thérèse Desqueyroux, en la que, a modo de flash backs, Thérèse va recordando la vida burguesa y completamente controlada por las convenciones sociales de la época en contraposición a sus ideas vanguardistas, que la llevaron hasta donde se encuentra al principio de la novela, que es a la espera de juicio acusada de haber intentado atentar contra la vida de su marido.

En 1962, George Franju adaptó la novela de Mauriac con el mismo título, llamada aquí Relato íntimo, y con la gran Emmanuelle Riva interpretando a Thérèse, y 49 años después el director Claude Miller volvió a retomar el personaje en una película que desgraciadamente no llegaría a ver clausurando la 65ª edición del Festival de Cannes debido a su fallecimiento el 4 de abril de 2012, Thérèse D.

Therese D 2

Miller ofrece con Thérèse D una versión más alejada de la novela de François Mauriac tanto en forma como en fondo, comenzando por narrar la historia de Thérèse de manera lineal obviando los recuerdos de los que se nutre la obra de Mauriac. Así, la película comienza con los veranos en los que Thérèse comparte con su amiga Anne sus sueños de futuro alejado de los convencionalismos a los que se ven abocadas por haber nacido ambas en el seno de dos familias burguesas en la Francia de principios del siglo XX. 6 años después, Thérèse se encuentra prometida al hermano de Anne, Bernard, en una relación de conveniencia con el único propósito de unir sus pinares y perpetuar esa unión, mientras que Anne conoce a un joven judío del que se enamora apasionadamente enfrentándose al conservadurismo de su familia. Esto provoca en Thérèse una rebelión interna de sus deseos más ocultos, desencadenando en ella actitudes reprobables que desembocarán en el desprecio y la repulsión por parte de la sociedad a la que pertenece.

Thérèse D posee la esencia de la hipocresía latente en la historia de Thérèse Desqueyroux, dotando de gran belleza estética toda la fachada que envuelve a los personajes, como si la narración y la espléndida fotografía que nos muestra los paisajes de Las Landas de una manera poética, y que disfraza los momentos de reclusión de Thérèse como una versión oscura del cuadro Muchacha en la ventana de Dalí, quisiera tapar con ello toda la podredumbre humana que palpita dentro de la sociedad. Pero a la vez que Miller consigue reflejar esa metáfora estética, también lo hace con la actuación de la protagonista a cargo de Audrey Tatou imprimiendo una frialdad casi gélida a su papel, y es ahí donde Thérèse D tiene su mayor defecto. Si bien es cierto que el personaje de Thérèse es el de una mujer que tiene que reprimir sus deseos ante la familia y la comunidad a la cual ha decidido pertenecer, envidiando la rebelión de su amiga que ella no se atreve a exteriorizar, la interpretación de Tatou no consigue que empaticemos con Thérèse en ningún momento porque no llega a transmitir nunca esa fuerza interior que lucha por salir de ella. Si a esto le añadimos que Miller opta por humanizar a Bernard con respecto a la novela, mostrándole como un hombre anclado fervientemente a la familia y su idea de prolongar su apellido y sus tierras hasta el punto de casarse por conveniencia sin cuestionárselo, pero también como un ser frágil, enfermo y terriblemente preocupado por su mujer, o la poca importancia que en la película se le da al encuentro que tiene Thérèse con Jean, el amado de su cuñada, cuando es precisamente todo lo que descubre en la relación de los dos jóvenes lo que desata sus acciones, se le hace mucho más difícil al espectador conectar con las causas que llevan a Thérèse a hacer lo que hace.

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La obra póstuma de Claude Miller se podría definir como un témpano de hielo revestido de oro, preciosista y embriagadora exteriormente pero carente de cualquier tipo de emoción en el interior por parte del personaje que lleva sobre sus hombros el peso de la película. No es solamente que no queden claras sus motivaciones, aspecto que por otra parte ni ella misma sabe explicar y que realmente es lo menos relevante de la historia, la cuestión es que el camino al infierno interior que sufre Thérèse, que es el motor principal de la novela, queda tan sumamente desdibujado que todo lo que sucede después adolece de sentido ante los ojos del espectador, lo que convierte al que podría haber sido un excelente thriller psicológico de época en un mero escaparate al servicio de una Audrey Tautou totalmente impasible.

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