mayo 28, 2020

Entrevistas: Diego Quemada-Díez

Diego Quemada Díez

Charlamos con el director de La jaula de oro.

Una de las sensaciones del pasado Festival de Cannes, La jaula de oro, se estrena esta semana en España, una película sobre la inmigración desde Centroamérica hacia Estados Unidos vista a través de los ojos de tres adolescentes.

Su director, el burgalés emigrado a América hace casi dos décadas Diego Quemada-Díez, responsable también del guión, ha pasado por Madrid para presentar la película y concedernos unos minutos para charlar con él sobre ella.

CAH: ¿Qué es La Jaula de Oro?

Diego Quemada-Díez: Es la trampa del materialismo. Es como los inmigrantes llaman a Estados Unidos a partir de un término que se incluye en una canción de Los tigres del norte que habla del drama de los mexicanos y centroamericanos que están en Estados Unidos separados de sus familias. Es un lugar en el que se va por el oro, porque se necesita, y una vez que se está dentro te sientes atrapado sobre todo porque no hay una regularización del tema de los documentos y la gente no puede salir, cuesta tanto entrar que ya la gente no se arriesga a salir y se quedan ahí encerrados en esa jaula de oro.

CAH: ¿Por qué elegiste un tema tan duro como este para tu primer largometraje?

D. Q. D.: Yo emigré de España hace 17 años y supongo que hay una parte muy grande de eso en la película. Yo no sé si las historias te encuentran o tú encuentras las historias, es una cosa muy rara. Hice mi primer cortometraje en 2001 y en 2003 andaba buscando algo nuevo que contar y me fui a Mazatlán porque había oído una historia que me interesó, pero allí conocí a un taxista que se llamaba Antonio, me hice amigo de él e incluso me fui a vivir con su familia, y su casa estaba al lado de las vías del tren porque el padre de su mujer era ferroviario y les habían regalado un terreno allí. Todos los días llegaba el tren con cientos de inmigrantes pidiendo comida y agua, y comencé a hablar con ellos. Aquello me impactó mucho porque además esos temas no salían en los medios de comunicación ni había documentales que hablaran sobre ello, y empecé a preguntarme cómo era posible que la gente no supiera nada sobre aquello. Me plantee hacer un documental, luego pensé en hacer algo de ficción, me costó muchísimo levantar el proyecto y articular cómo yo quería montarlo. Era una propuesta muy arriesgada porque yo quería trabajar con niños, quería construir la narrativa a partir de más de 600 testimonios de los que me fui empapando en una investigación periodística, antropológica y sociológica durante mucho tiempo, hasta que entendí bien el territorio, los lugares menos peligrosos, los personajes, etc… Fui buscando combinaciones y construyendo esta película que yo quería que fuera como un poema épico, hacerles héroes pero a la vez muy humanos, no tratar de que fueran perfectos ni víctimas, nada para que se les pudiera compadecer.

CAH: ¿Es por eso mismo por lo que la película sigue al personaje de Juan y se va olvidando de los que quedan por el camino?

D. Q. D.: Eso viene porque lo que yo quería contar era la transformación de este chico que cree en el modelo occidental, entonces lo importante es seguirle a él porque sentí que detrás de la problemática de la inmigración hay una problemática territorial, es una cuestión de lucha de recursos y por el territorio. La idea era hablar de que, más allá de las lenguas, más allá de las nacionalidades o de las razas, todos tenemos las mismas necesidades humanas, las fronteras son absurdas. La forma que tuve de articular esa idea fue la de la contraposición de dos maneras de ver el mundo, una que es el modelo occidental del progreso, del individualismo, un modelo muy materialista, y el otro modelo, otra cosmogonía, otra manera de ver el mundo más poética, más arraigada a la tierra, también sin idealizarla, lo que quería era provocar el choque de esas dos formas de ver el mundo como si fuera una película de vaqueros o una película de aventuras, y a partir de ese choque lo que me pareció más lógico fue provocar la transformación del chico que cree en el modelo occidental y que cuando se desmorona ese modelo, lo único que le quede es el aprendizaje del viaje. Por eso era importante enfocar la película en este personaje, porque lo que yo buscaba era plasmar la transformación de esa parte más egoísta y materialista que todos tenemos. Además el personaje es mestizo que, parte de lo que pasa en Latinoamérica es que hay un odio ancestral entre los europeos y los indígenas, entre los mestizos y los indígenas, se odian a muerte. Cuando fui a las comunidades indígenas buscando al personaje de Chauk, me insultaban todo el tiempo, tienen unas heridas de la historia tremendas por lo que hicieron los españoles y también por los de las ciudades, por los mestizos que son percibidos como ladrones y corruptos. Por eso también decidimos no traducir las palabras del personaje de Chauk, para que el espectador tenga siempre la misma información que los protagonistas y se de cuenta de que más allá del lenguaje hay cosas que todos entendemos, que no es un obstáculo tan grande.

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CAH: Hablando de la búsqueda del personaje de Chauk, ¿cómo fue el proceso de casting para llegar hasta los adolescentes que protagonizan la película?

D. Q. D.: Vi a más de 6000 niños en el proceso. La idea era la de hablar de la inmigración como un problema básicamente económico, por lo que tenía que empezar la película en las comunidades más pobres de algún lugar de Centroamérica, en este caso de Guatemala. Quería buscar a los protagonistas en esas comunidades, no sólo quería darle voz a los inmigrantes sino también a la juventud que no tiene oportunidades, que intenta realizar sus sueños pero la sociedad no le ayuda. Buscamos durante más de 7 meses a través de las organizaciones artísticas que trabajan en las comunidades que a través del arte les están llevando oportunidades para transformar su vida. Ellos nos presentaron a los líderes de cada comunidad, los líderes nos trajeron a todos los niños y yo les ponía pruebas de improvisación, les preguntaba si querían ir a Estados Unidos y a partir de eso surgieron los protagonistas. Además los cuatro que protagonizan La jaula de oro eran artistas, Rodolfo Domínguez que interpreta a Chauk es músico, Brandon López, Juan, baila hip hop, Karen Martínez hace teatro callejero político y Carlos Chajón es grafitero y dibuja. La idea que les inculcamos fue “todos vosotros sois artistas y esto es una continuación de vuestro arte y cuando acabe la película vais a continuar con eso”. Hicimos un taller, como una especie de escuela de actuación de un mes y medio donde realmente no les enseñamos a actuar sino a tener más confianza en sí mismos, a acostumbrarse a la cámara, ejercicios muy físicos, muy intuitivos. Ya cuando filmamos la película los niños no conocían la historia, entonces, como la filmamos en orden cronológico, iban descubriendo lo que les iba a pasar conforme avanzaba la película. Todos los diálogos son de ellos, no actuaban, eran ellos mismos.

CAH: Has dicho que la filmaste en orden cronológico, ¿eso implica que el trayecto del tren y el viaje de los inmigrantes era real?

D. Q. D.: Si, lo que hacíamos era que un equipo de filmación iba dos o tres días antes a hacer un casting entre todos los inmigrantes que viajaban y así los tenían ya preparados para cuando nosotros llegáramos. Todos los inmigrantes que salen en la película, la gente de los pueblos, las casas de los protagonistas, todo es real. Es un híbrido entre la capacidad de montar una estructura narrativa fuerte, los personajes, la capacidad de reproducir los eventos y de crear la ilusión de la ficción, y la realidad de un documental.

CAH: ¿Os encontrasteis con algún problema como los que surgen en el trayecto en tren de la película? ¿Algún asalto?

D. Q. D.: Sí hubo varias situaciones así, pero como ya había hecho una investigación previa la verdad es que ya sabíamos los lugares más peligrosos que teníamos que evitar. El primer día, cuando toda la caravana del transporte de la película se dirigía a Chiapas, les robaron todo. Les pararon en la zona más peligrosa de México, precisamente donde está hecha la fotografía que aparece en el cartel de la película, y les robaron los móviles y el dinero pero no tocaron la carga, que eso fue lo bueno. Eso fue el primer día y a punta de pistola. Por lo demás, como conocimos a gente de los lugares peligrosos como a miembros de La antorcha campesina, que es un derivado del PRI  que controla esta zona, pudimos filmar sin problemas. Tuvimos mucha suerte también porque nos podía haber pasado de todo, incluso que el tren descarrilara.

CAH: Tú que has sido también un emigrante, ¿cómo ves la situación del cine en España? ¿Crees que hay más facilidades para hacer cine en México que aquí?

D. Q. D.: Yo creo que detrás del problema migratorio hay una falta de apoyo a la industria, ya sea cinematográfica o de lo que sea. El liberalismo, que está muy en boga, lo que dice es “quita tus barreras”, lo que eso provoca, como ha provocado en México particularmente el Tratado de Libre Comercio, es la destrucción del mercado nacional. Todo ya son empresas norteamericanas, las tiendas pequeñas se están cerrando y hay que apoyar la producción nacional si queremos que la gente tenga trabajo en su país de origen. Desde el Tratado de Libre Comercio en México hay pueblos en los que ya no hay hombres, sólo hay mujeres, niños y ancianos y por eso los niños también emigran. Entonces, ¿queremos eso para nuestro país? Es una pregunta que hay que hacerse, ¿queremos que la cultura, que el cine que se muestra en España sea un 95% de cine norteamericano como es en México hoy en día? Si eso es lo que se desea hacer aquí en España se va a destruir una industria más. Es triste porque el cine es cultura, debe entretener pero también es una industria que da empleo, que da prestigio al país en festivales internacionales y genera ventas. Los cineastas, como cualquier otra persona se van a ir a buscar trabajo a donde haya. A mi me encantaría hacer alguna película en España, pero yo de momento no veo muy bien por donde. Incluso como coproducción es muy difícil. La jaula de oro es una coproducción hispano-mexicana gracias a Tornasol e Ibermedia, pero si se sigue en esta línea va a ser más difícil. Tampoco digo que se financien películas que no las vaya a ver nadie, pero hay que tratar el cine como una expresión cultural de calidad para que llegue a la gente. La última vez que estuve aquí sentí que la gente estaba más guerrera y más llena de esperanza, pero esta vez veo que la gente no tiene ganas de pelear.

CAH: ¿Cómo fue la experiencia en Cannes?

D. Q. D.: Fue increíble, si no hubiera sido por el apoyo de Cannes la película no se podría haber hecho. Para los niños fue muy bonito el premio que nos dieron y muy importante para las ventas de la película, que vendimos para 15 territorios. A nivel personal fue muy bonito volver a Cannes con mi primera película como director, porque ya estuve como ayudante con Tierra y Libertad. Y la ovación larguísima que tuvo la película fue muy bonito.

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