mayo 28, 2020

Críticas: Dom Hemingway

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La vie en rouge.

El rojo predomina en Dom Hemingway. Igual que pasaba con el azul en La vida de Adèle de Abdellatif Kechiche, el color rojo se encuentra prácticamente en cada plano de la película de Richard Shepard en mayor o menor medida y en todas sus tonalidades. Desde una simple herida supurante hasta una habitación recubierta con cortinas rojas, desde el pelo pelirrojo de la hija de Dom hasta los fundidos a rojo con los que da paso a los distintos capítulos en los que se divide la película. Rojo. El color del amor y la pasión, del fuego y de la sangre, de la guerra, la energía, de lo emocional. El color que indudablemente se asociaría a un tipo como Dom Hemingway que es pura pasión emocional, energética, sexual, colérica, y verborreica, sobre todo verborreica.

Dom hace gala de una incontinencia verbal plagada de metáforas e hipérboles sobre una misma cuestión que aumentan su desproporción de una manera frenética cada vez que abre la boca, como comprobamos ya desde la disertación de casi tres minutos sobre las exquisiteces de su miembro viril en un único plano fijo hilarante e incómodo a partes iguales de la primera escena. Una presentación de personaje tan delirante como precisa con la que, desde ese mismo momento, conocemos a la perfección la personalidad de ese delincuente barriobajero que ha pasado 12 años en prisión por no delatar a sus cómplices. La cuestión es que, después de tamaña introducción, el único camino posible de la película debería ser ascendente pero por desgracia se convierte en una montaña rusa con subidas y bajadas radicales.

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La historia es muy sencilla, ladrón de cajas fuertes sale de la cárcel y junto a su mejor amigo acude a cobrar la parte del botín que le corresponde por su silencio a la mansión del mafioso ruso que le contrató. Un desafortunado accidente provoca que Dom pierda su dinero suscitando en él la necesidad de conseguir pasta de la manera que sea. Al mismo tiempo, intenta reconciliarse con su única hija de la que no sabe nada desde que ingresó en prisión. Fácil, Dom Hemingway tiene un argumento simple, algo trillado sí pero casi siempre efectivo, y sobre todo tiene un personaje único con una fuerza descomunal, ¿qué es lo que falla entonces? Que todo el peso, absolutamente todo, se deja en manos de Dom y de su alter ego Jude Law. Es decir, nada de lo que ocurre alrededor de Dom ni quienes le rodean están mínimamente a la altura de este personaje, el guión hace aguas por todas partes y, al margen de los interminables monólogos repetitivos de Dom, los diálogos son tan vacíos e inconsistentes que hay momentos en los que se desea que las escenas acaben lo más pronto posible y dejen solo a Jude Law para que se explaye a gusto. Hay un riesgo enorme en sostener una comedia negra tan salvaje como esta, en un único personaje por muy carismático que sea, riesgo del que Shepard por cierto sale triunfante en la elección de Jude Law para el papel. Por momentos estamos ante la mejor actuación del inglés de toda su carrera con mucha diferencia, Law se mimetiza con Dom en un ejercicio interpretativo de una intensidad brutal que no decae en un solo instante. Pero esa misma intensidad y extralimitación que tan bien casan con el personaje, juegan en su contra cuando el guión adquiere tintes melodramáticos y redentores haciéndole caer en un completo ridículo.

Shepard toma prestados recursos de otros cineastas a la hora de componer su comedia, y así en Dom Hemingway se aprecian secuencias con un humor negrísimo desquiciadas a lo Guy Ritchie o guiños a Tarantino en la locuacidad de Dom. También a nivel estético, no sólo nos recuerda al ya mencionado Kechiche por el abuso de un solo color, también la elección precisamente de la saturación de rojos junto a diversos planos de neones, nos lleva irremediablemente a otra historia de venganza y violencia como es Sólo dios perdona de Nicolas Winding Refn. Pero lejos de aprovechar bien esos “homenajes”, sólo los utiliza para envolver un guión insustancial desperdiciando una gran ocasión para realizar su propia versión british tarantiniana de la comedia negra más desatada. Es una lástima que el espectáculo exorbitante que nos regala Jude Law con su actuación le quede tan grande a la película de Shepard, tanto que le impida tener el reconocimiento que se merece. Nos quedamos con el eslogan de la película que tan perfectamente lo resume: “Jude Law es Dom Hemingway y tú no”. Pues eso.

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