julio 6, 2020

San Sebastián 2014: Día 6

Sexta jornada en el Zinemaldia: el ruido y la gloria.

Eden

Nos parece una labor un tanto baldía buscar referentes a Eden, la nueva película de Mia Hansen-Løve, más allá de sus anteriores films o, para ser más concretos, de la forma de entender el cine de la directora francesa. Y es que la autora de Tout est pardonné o Un amour de jeunesse vuelve a hablar de la condena del pasado, de la imposibilidad de liberarse de su sentencia, del riesgo que supone la búsqueda del sueño imposible, de vivir mirando hacia lo que una vez fue. Si en su anterior obra un amor perdido daba pie a revivir estas obsesiones autorales, ahora es el sueño de dos DJ’s por ocupar un espacio en pleno auge de la música electrónica de los 90 en Francia la excusa argumental que genera la película. Ya el propio (y miltoniano) nombre de la cinta deja entrever un regusto a paraísos perdidos, paraísos no necesariamente reales en un plano físico/histórico pero que sí lo son (o alguna vez lo fueron) al menos en la mente de sus protagonistas. El intento de revivir este parnaso de la juventud en el que se mezclan la música, el sexo, el amor y las drogas sitúa a nuestros protagonistas en una burbuja más allá del tiempo, liberados de la podredumbre de la vejez pero condenados al limbo que se sitúa entre la juventud y la madurez, eternos proyectos de Peter Pan destinados a consumir la vida en una búsqueda infinita. Creo que el cine de Hansen-Løve trata exactamente de eso, de la inevitabilidad de la vida y de nuestra capacidad para engañarnos creyendo que podemos frenar su paso, de ser unos ilusos sedientos de la gloria de lo que una vez fue o de lo que al menos creímos que era.

Magical Girl
Magical Girl

José Sacristán resuelve, solo en su casa, recién salido de la cárcel, la parte final de un puzzle de 5.000 piezas, un juego de cuidadosos encajes, de pequeños retazos de imagen que se intercalan dando sentido a un conjunto brillante. No se me ocurre una mejor manera de explicar Magical girl que hablando de ese puzzle llevado a lo fílmico, de esas pequeñas piezas presentes aquí en su correspondencia cinematográfica: acciones aparentemente inocuas, personajes marcados por la inevitable fatalidad. Todos se cruzan e interactúan, formando una red de serendipias que marcan, de forma ineludible, la (mala) estrella de quien queda atrapado en ella. Cierto es que la película de Vermut se escapa a cualquier definición genérica que el cronista amante de las etiquetas quiera adjudicarle, pero quizás, si los lectores insisten en que las utilicemos, deberíamos hablar de cine negro, no sólo en cuanto a los mencionados hados se erigen en actores principales de la función, sino también por el adecuado tono gris que define a sus protagonistas. No hay buenos o malos en Magical girl, sólo seres intentando sobrevivir, sólo, como diría el personaje shakespiriano, «juguetes del destino». El gran éxito de Vermut con su segunda película es haber creado un objeto de asombrosa modernidad, un hito, desde nuestro humilde punto de vista, en un cine español aquejado de anemia de ideas y de riesgo, un vehículo de lucimiento actoral (magníficos Sacristán y Lennie) y un juguete fascinantemente divertido visto desde fuera o desde dentro. Una de las películas que marcarán este 2014 desde ya.

Im Keller
Im Keller

Cuadros de Hitler, sadomasoquismo, máquinas de dardos, muñecos de bebés parecidos a momias. Ulrich Seidl recorre los sótanos de Austria, los mismos que ocultaron los secretos del monstruo de Amstetten en la película más rabiosa e irreverente de todas las que hemos visto en esta edición del Zinemaldia. El director austriaco dibuja en plano fijo mantenido las obsesiones del país centroeuropeo, revelando las vergüenzas de la tradición católico-burguesa, dejando claro que poco queda en la vieja Europa que no esté podrido y corrupto. Uno no sabe exactamente si reírse o asustarse, si considerarlo como un documental real o como una farsa destinada a subrayar la línea autoral del hombre que nos trajo Días perros o Animal love. Quizás en el fondo no importe tanto la verdadera naturaleza del producto como festejar que, en los mismos cimientos de nuestro entorno, sólo existe el olor a mierda. Ya que nos vamos al infierno al menos hagámoslo riendo o utilicemos la risa como antídoto del pánico. ¡Larga muerte a nuestro continente!

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