octubre 11, 2020

Críticas: El club de los incomprendidos

Épater le bourgeois.

El club de los incomprendidos - Cinema ad hoc

Si alguien menciona en una conversación a Francisco de Paula Fernández probablemente puedas pensar que es un tipo normal, anodino incluso. Que intenta sobrellevar su anónima existencia mientras hace frente al desgaste cotidiano. Pero si el nombre que sale a colación es el de Blue Jeans la cosa cambia: la pregunta ahora será qué puede llevar a un hombre corriente a transformar su identidad en algo tan sumamente inquietante para lograr convertirse en “el mayor fenómeno editorial español de literatura juvenil romántica” –siempre haciendo caso al socorrido texto promocional que acompaña sus obras–. Superando con entereza las cuestiones acerca de lo aleatorio de su seudónimo, Blue interactúa con sus miles de fans en las redes sociales como el que baja a por el pan. Se siente una referencia y es palpable que no le importa compartir su condición con el pueblo llano.

El siguiente paso parecía obligado. Cuatro libros y cientos de miles de seguidores pedían a gritos una adaptación cinematográfica, máxime cuando el referente y santo absoluto de la marchosa juventud Federico Moccia está encontrando versiones de enjundia cada vez que se toma un libro suyo como base para una película. Dicho y hecho: El club de los incomprendidos parte de las aparentemente vagas ideas de su autor sobre el aislamiento social para construir una oda adolescente a la que fácilmente se puede desechar por sus irregulares formas, que sin embargo encuentran eco en un discurso que no por pastichero resulta menos potente y relevante.

El club de los incomprendidos (2) - Cinema ad hoc

“Yo lo llamo secuestro, ellos mudanza”. Ya desde la primera secuencia, el forzoso cambio de escenario social que sufre la protagonista Valeria, puede apreciarse la privación de la libertad adolescente como principal sustento del guión. Primero se halla supeditada a la autoridad adulta y más tarde, una vez solventada con sorprendente éxito la adaptación al ámbito urbano, a las normas sociales que convierten en incomprendidos a seis púberes –siempre interpretados por actores de mayor edad: por favor, que nunca decaiga el síndrome Fran Perea– que en apariencia nos resultan normales, hasta insultantemente magnéticos en algunos casos. Es aquí donde tienen que relucir a la fuerza los estereotipos, sólo dañinos si se obvia el componente marginalista que subyace en sus desaliñadas imágenes. Es la esencia, por ejemplo, de esos múltiples cromas de integración llamativamente torpe, cuya naturaleza indica en realidad que los protagonistas chirrían en el entorno. En el aspecto formal, la obra se apunta a la creciente moda de integrar el lenguaje de las redes sociales en pantalla, con mensajes de WhatsApp que pretenden servir a la narrativa y escalofriantes resultados, sobre todo en la trágica secuencia en la que la incomunicación propicia la espantada masiva del grupo.

El club de los incomprendidos (3) - Cinema ad hoc

Las cartas se juegan con velocidad: tenemos sobre la pantalla a La Perdida, El Chulo, Doña Perfecta, El Pringao, La Friki y La Desatada. Ellos mismos deciden otorgarse esos calificativos para cerrar sus llagas a través de la sólida identidad grupal, sometida sin embargo a los avatares típicos de la adolescencia, entre los cuales se concede tratamiento capital al loco romance entre La Perdida –Valeria, la protagonista: poquísimo que ver ¿o no? con Rosamund Pike en la última película de David Fincher, aunque la prometedora Charlotte Vega no se queda atrás en su composición– y El Chulo, que quiere ser director de cine y proyecta La vida es bella en la casa de campo gallega donde da rienda suelta a sus deseos de convertirse en el nuevo Carlos Sedes. “¡Buenos días, princesa!”, asevera, otorgando de paso título a la inicial obra literaria de Blue. ¿Pero por qué está en el grupo si es tan guapo, rico y buen jugador?, se pregunta la protagonista. Pues traumazo al canto, de primerísimo de las películas que nos gustan.

“–Vas vestida de granjera. –Pues tú podías ser mi vaca”. Del inevitable choque campo-ciudad se pasa a los formalismos de una terapia de grupo, de cajón. La tensión que se puede cortar al principio, con Raúl Arévalo en un papel de psicólogo que parecía más reservado a la madurez de Alejo Sauras, convierte las escenas de la biblioteca en un incómodo trance que no tarda en cristalizar en la más monguer de las amistades. La ciudad de Madrid se muestra como escenario de infinitas posibilidades, a través de un exhibicionismo grupal aleatorio en emblemáticos lugares públicos que acaba sin embargo rayando en la más seca de las tragedias.

El club de los incomprendidos (4) - Cinema ad hoc

Porque las relaciones entre nuestro entrañable grupo de outsiders se ven indefectiblemente sometidas a las absurdas reglas impuestas por la sociedad, representada en los escasos personajes “comprendidos” que aparecen en la película. Además de la permanente sombra de los adultos –Aitana Sánchez-Gijón, Belén López o Lluís Homar en un humano papel de chófer que invierte los roles al quedar supeditado a la capacidad económica de El Chulo–, hallamos una doble clave: el personaje interpretado por Patrick Criado, ya merecedor de un lugar de honor en la historia del cine juvenil español, es un rapsoda que transita por el Metro de Madrid –extraído de la realidad, un detalle asombroso para los asiduos del suburbano de la capital– y compromete el incipiente romance entre los protagonistas, amén de desarrollar multitud de actividades ilegales en el marco de una capital en la que se desenvuelve con seguridad. Por otro lado, La Desatada ve tentado su sentimiento de pertenencia a Los Incomprendidos a través de la turbadora presencia una amiga de apariencia mucho más prosaica a la par que dark.

No es casualidad que estos dos personajes sean los que acaben dando pie a las dos trágicas secuencias clave de la película, ya en un tramo final en el que parecemos caminar de su mano hacia un terreno mucho más frondoso y conceptual: en primer lugar, un accidente –del que acabamos por no conocer las consecuencias reales– causado por la inconsciencia propia de la edad; en segundo, un intento de suicidio frustrado por el grupo en el que tiene todo que ver la ignorada condición mental de uno de los miembros. Llegados a estos extremos, la vuelta de tuerca en la interpretación de lo visto hasta entonces resulta inevitable. Nos reímos, pero ¿por qué? ¿Cuál es el cruel mecanismo que Carlos Sedes ha conseguido activar en nuestro interior? Responder a esto bien merecería un artículo paralelo al análisis que nos ocupa.

El club de los incomprendidos (5) - Cinema ad hoc

Mientras El Chulo y La Perdida intentan sacar adelante su relación; Doña Perfecta huye de la presión estructural hacia una loca aventura con un entrenador que la desprecia, El Pringao se enamora de ella, La Friki descubre su auténtica inclinación y La Desatada ignora los comentarios de una masa acéfala sobre su prolífica actividad sexual. ¿Qué lectura cabe ante un subtexto en el que los intentos de sometimiento son tan frecuentes? En el entramado propuesto, lo incomprendido e incomprensible vence sin paliativos a la razón, pero también debe dar un giro radical para adaptarse a los convencionalismos: cuatro de los protagonistas acaban emparejados, mientras las dos restantes terminan entendiendo la verdadera condición que deben encarar para afrontar una vida tranquila en el futuro. “Puede que seamos unos incomprendidos, pero nosotros nos comprendemos”, máxima que explica su evolución, sirve también como bofetada a un espectador que puede terminar ofendido ante la maraña referencial a la que se somete hasta llegar a un final feliz para casi todos… en apariencia. Sólo habrá que esperar a que El club de los incomprendidos obtenga la condición de obra clave que merece y sea la primera de una serie de entregas que prometen penetrar en el acervo identitario de una generación para acercarlo a un público sediento de una serie de aventuras mucho más mundanas. Quizá los incomprendidos hasta ahora fueran ellos.

El club de los incomprendidos (6) - Cinema ad hoc

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