Fusión de tendencias
Su firme voluntad de denuncia no impide a Viatge al país dels blancs presentar cierta heterogeneidad en lo que a géneros se refiere. Es decir: estamos ante un trabajo que goza de una incontestable homogeneidad en su discurso pero que, al mismo tiempo, se permite cierta ligereza en lo concerniente a su textura estilística. Lo vemos en el hecho de que la ópera prima de Dani Sancho oscile entre el hiperrealismo propio del cine independiente (la cámara en mano buscando captar la espontaneidad en sus personajes) y un manierismo fácilmente asociable al producto académico (una dirección de fotografía indudablemente estudiada y adecuadamente reforzada por un vistoso etalonaje). O en que se mueva entre la crudeza propia del drama social de bajo presupuesto (con una banda sonora llamativa pero siempre respetuosa con la intimidad de los personajes) y el optimismo propio de los títulos, digamos, más “oscarizables” (Sancho sugiere situaciones de indudable dureza pero relega las partes más oscuras a la imaginación del espectador).
Se trata, no obstante, de una fusión de tendencias permanente, gracias a lo cual el resultado del trabajo es perfectamente homogéneo. Dicho en otras palabras, la película no cambia de tono según la secuencia, sino que presenta un mestizaje de formas manifiesto en cada minuto de la aventura independientemente de que se esté narrando un momento cómico, trágico u transicional. Y, teniendo en cuenta que Viatge al país dels blancs narra una historia transcurrida en muchos escenarios y con un protagonista que pasa por muy diversas situaciones, tal solidez no es algo menor. Es, en todo caso, un logro que actúa como una suerte de estabilizador que, es cierto, impide hallazgos de una profundidad comparable a los mejores momentos de veteranos del drama social como Ken Loach o los hermanos Dardenne, pero que, a la vez, también aleja al título de la insufrible sordidez insubstancial de algunos trabajos actuales y presuntamente activistas que un servidor se guardará de mencionar. En este sentido estamos ante un título mucho más respetuoso.

Esta paradójica unión de conceptos (la sólida mezcla de tendencias que mencionamos) encaja perfectamente con la naturaleza de la propia historia, sobre todo teniendo en cuenta que su aire aventurero no es más que el resultado de la esencia de los propios hechos. Me explico. Aún tratándose de una película que narra una “aventura”, esta no es la razón de ser del relato, sino una simple consecuencia inevitable del hecho de narrar (entre otras cosas) un viaje largo y plagado de dificultades (lo mismo que pasaba, por ejemplo, con los títulos In this world (Michael Winterbottom, 2002) o Yo, capitán (Matteo Garrone, 2023)). De ahí que Dani Sancho no se proponga, cuando nos cuenta el increïble viaje que hizo Ousman Umar desde Ghana hasta Barcelona, hacer un ejercicio de entretenimiento repleto de acción sino desentrañar de forma entendible la dura historia que se esconde tras la mayoría de los mal llamados inmigrantes ilegales a los que tantos gobiernos (y sociedades) niegan la condición de “persona”. Y es esta heterogeneidad de estilos que Sancho presenta de forma tan sólida la que permite al director adentrarse en el apartado “aventurero» sin caer en el entretenimiento gratuito (es decir: la banalización).

Esta es, de hecho, una de las grandes virtudes del título que nos ocupa: ser capaz de contar (parte de) la historia de Ousman sin caer ni en el espectáculo vacío cuando se aborda su viaje ni en lo lacrimógeno sensiblero cuando se trata de su drama. A ello contribuye notablemente el estilo directo de Dani Sancho, que, sin malgastar ni un segundo, logra cerrar en menos de 120 minutos (de forma más que digna) una historia que fácilmente podría ensancharse hasta las tres horas.
