NAZA

Normalizar la barbarie

Muchos ejemplos de cinco años a esta parte prueban que para ser programado en un festival de clase A y, sobre todo, premiado, es requisito casi sine qua non abordar alguna de las problemáticas sociales de tendencia. Si se premia algún título fuera de estas coordenadas recibe un claro desprecio mediático, y no hay tema más trascendente para reconocer en nuestro presente que el genocidio que Israel está infligiendo a los palestinos. La indignación por la tragedia y la sacudida emocional que conlleva, tanto empática unas veces como interesada y cosmética otras, ha conllevado una renovación vigorizada de la dictadura de los temas. Afortunadamente, el documental que nos ocupa (premiado, como no podía ser de otra manera, en la última edición del Festival de Venecia) representa una encomiable simbiosis de forma y fondo. Tras ganar el Óscar a Mejor documental por No Other land, Yuval Abraham y Rachel Szor regresan con NAZA. Una reflexión devastadora sobre los mecanismos de exterminación masiva que desentraña sus vísceras desde una aproximación de estremecedora cotidianidad.

El infierno terrenal se hace presente en cada palabra del potente discurso de la presente película, pero la pareja de directores toman la sabia decisión de no mostrarlo, sino evocarlo. La práctica totalidad del metraje se compone de entrevistas en azoteas nocturnas de Tel Aviv. Conversaciones serenas que hacen un uso prodigioso de las tecnologías de enmascaramiento de voz, pues se nos asegura por escrito que los rostros y voces de los oficiales de la inteligencia militar israelí para preservar su anonimato pero vemos perfiles de rostros naturales y voces creíbles y acústicamente indetectables como falsas. Se ocultan sus caras mediante contraluces, y la inteligente elección de encuadres logra transmitir una cercanía distendida desde la distancia. La estructura de las entrevistas, configurada como una selección libre de fragmentos conversacionales, incide en la potente reflexión de la banalidad del mal de Hannah Arendt. Que el relato del genocidio se declame con la neutralidad desapasionada de quien habla de sus procedimientos de rellenado de anexos burocráticos lo hace mucho mas terrorífico. Convertir el exterminio en rutina funcionarial.

NAZA

La metrópolis nocturna que rodea al horro como cómplice callada es también retratada a través de cuantiosas secuencias de planos recursos de ventanas y balcones de los pisos de esos altos bloques. Distantes encuadres con perspectiva de voyeur, que nos permiten asomarnos a salas de estar donde las pantallas brillantes de las televisiones acaparan el foco. Unos ecosistemas nocturnos de imágenes hipnóticas que, una vez más, se aberran en el abismo sin mostrarlo, y se apoyan en el poder de los medios y del primer plano en pantallas gigantes para delinear el relato. La dictadura de la cobertura informativa sesgada en el interior de los salones. Un vocabulario visual y una enunciación en imágenes de los espacios sencilla pero perturbadora, en la que la normalidad urbana sigue su rumbo mientras los obuses resuenan por el cielo.

Los elementos de la propuesta están tan concentrados que la decisión mas sensata era optar por un metraje ajustado, y así lo decidieron los productores y los realizadores. El relato es concentrado y riguroso, y las entrevistas funcionan antes por acumulación que por interés individual de cada una. El cine es el arte de las imágenes, pero también un medio que reivindica la fuerza de la palabra, y Abraham y Szor logran proponer un acercamiento a la desgracia no desde la demonización, sino desde la comprensión de los síntomas y la investigación de sus aristas.

NAZA
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El dispositivo es estimulante pero también monótono. No hay modulaciones de tempo, ni un cariz en las preguntas de mayor colmillo investigador. Y la decisión de elidir el miserabilismo emocional en las imágenes, lamentablemente, se sacrifica en la coda del filme. Y es lógico temer que el paso del tiempo pueda enterrar la trascendencia de este documental cuando su tema pierda el foco mediático.

Perturbadora, respetuosa y depurada, NAZA abre una puerta hacia los engranajes del mal con inteligencia y sin tremendismos, apostando por el rigor y la reflexión del espectador ante la incomodidad de sus imágenes. Quizás se pueda echar un falta algún discurso o recurso adicional para ampliar nuestros horizontes sobre el asunto, pero pocos ejemplos mejores encontraran del uso del lenguaje documental para hacer denuncia inteligente que el que aquí nos ocupa.

 

 

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