octubre 18, 2020

Críticas: Metro Manila

Metro Manila - Cinema ad hoc

Filipinas, laberinto sin salida.

El británico Sean Ellis es uno de esos directores al lado de cuyo nombre siempre colgará la etiqueta de “nominado al Oscar”. Lo estuvo en la edición de 2006 gracias al simpático corto Cashback, que presentaba una idea y un personaje ingeniosos explotados con éxito en su adaptación al largometraje poco tiempo después. Pero en cuestión de escasos años su ecléctica carrera penetró en el terror psicológico con The Broken y ahora viaja a la olvidada capital de Filipinas en Metro Manila, dos títulos que difícilmente podrían estar más alejados del costumbrismo posadolescente de su ópera prima.

Como si de un estigma se tratase, Oscar es también el nombre del protagonista de su última película. Un padre de familia que, tras un pasado como militar y en las fábricas de seda, subsiste a duras penas trabajando en los campos de arroz de Banaue, al norte de Filipinas. Ante la drástica bajada de su sueldo, decide buscar un futuro mejor en la capital Manila junto a su mujer y sus dos pequeñas hijas. Allí se da cuenta de que no todo es lo que parece, y no tarda en ser confinado en una barriada de mala muerte a la vez que su mujer se ve forzada a prostituirse para dar de comer a la familia. “In God we trust”, rezan los chispeantes neones de los edificios de la capital mientras Oscar y su esposa se ven obligados a repetir esa misma frase a sus hijas cuando se impacientan ante las múltiples miserias que hallan en la ciudad.

Metro Manila (3) - Cinema ad hoc

Pero entonces aparece una oportunidad, y la señal del cielo cobra la forma de una empresa de camiones blindados en la que el riesgo de morir transportando la carga está a la orden del día. Oscar, un personaje retratado hasta entonces como un inocente bonachón que roza la simpleza, se verá enfrentado con la muerte y un dilema ante la imposibilidad de sobrevivir sin ceder a la corrupción que impregna cada centímetro cuadrado del país. Esto, inevitablemente, le hará cambiar de piel; y también a una película que, tras presentarse como un drama social bastante simple, pasa a ser un thriller con varios giros que comprometen seriamente la autenticidad del mismo.

Metro Manila comienza con un breve flash-forward, unido a la voz en off del protagonista, que anticipa esta trama. La tragedia de Alfred Santos, el personaje cuya experiencia impulsa el cambio de Oscar, estructura la historia desde ese inicio ya revelador hasta la carta que se reserva para el cierre del círculo. Su discurso versa sobre la falta de oportunidades que brinda una sociedad putrefacta a los trabajadores honrados, que se ven obligados a sumergirse en ella y ceder para guardar una mínima opción de supervivencia a costa de sacrificar lo que sea necesario. De monguer aplastado y anónimo, el protagonista pasa a héroe clásico en apenas segundos. Nuestro protagonista no cesa de sufrir contratiempos: la mujer/prostituta con dos niñas pequeñas resulta estar embarazada, su compañero de transporte es asesinado, habita en el lugar más turbio de una ciudad de por sí peligrosa… y hay más, pero no se debe revelar en esta reseña. Todo estalla en una secuencia de montaje que oscila entre la prostitución de la mujer y la trágica farra nocturna del protagonista con sus compañeros, mientras hace acto de presencia una aparatosa música que no tuve la suerte de identificar. La exageración es tal por momentos que lo que debería sentirse descarnado se torna teatralizado y la verosimilitud, pilar de la idea, se resiente.

Metro Manila (2) - Cinema ad hoc

La principal virtud que transmite la propuesta de Ellis es un ritmo vertiginoso que, por encima de lagunas y reiteraciones, convierte las casi dos horas de Metro Manila en poco más de un suspiro. En el otro lado está su alarmante carencia de sutileza, la tosquedad de un drama que se presenta obvio y masticado desde el minuto uno, con la niña quejándose de un dolor en el diente que no puede ser atendido por los médicos o narrando lo triste de su situación a un gato (¡a un gato!). Las hijas del protagonista son utilizadas como fuente constante de sentimentalismo de garrafón, hasta el punto en el que una de ellas es tentada a prostituirse para obtener unos ingresos extra. Pero el problema no está en presentar la crudeza de una realidad de la que nadie puede dudar, sino en que todo ello está contado sin atisbo de sensibilidad, como si se quisieran mostrar lo mal que están las cosas en un mundo que no es el propio para enseguida dar paso a la negrísima trama criminal y aprovechar el escenario.

Metro Manila (4) - Cinema ad hoc

Metro Manila termina siendo, en resumen, una de esas películas mal llamadas “comprometidas” que se sirven de la máscara de una denuncia social bastante epidérmica para crear otra cosa, un thriller medianamente efectivo y muy del gusto de Hollywood que hará sentir a muchos espectadores occidentales que están cambiando el mundo (¡la otra esquina del mundo!) desde su butaca. Si su planificación de videoclip no convence, lo que hay tras ella lo hace todavía menos. Dicho esto, es de justicia reconocer su meritorio diseño: no sería nada extraño que el premio del público obtenido en Sundance y la buena acogida en Valladolid tuvieran continuación con otros tantos éxitos.

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