octubre 14, 2020

Críticas: Pancho, el perro millonario (I)

Pancho, el perro millonario (PORTADA)

En tres palabras, H-OBRA MAESTRA del cine español.

Ya lo decía Gabriel García Márquez en ‘One Hundred Years of Solitude’, exactamente en la página CXLIII de la edición de MCMLXXXV de Selecciones [Rumiante mutado sin extremidades ulteriores retozando] Austral: «Es imposible». Y lo exclamaba la bolsa de piel de la entrepierna de François Truffaut antes de escribir su ensayo sobre Ciudadano Kane, como ya lo matizaba André Bazin en ‘Qu’est-ce que le cinéma?’ cuando planteaba al lector «quién podrá lamentarse». Muchos se lamentaran con una H-Obra cumbre de la cinematografía ‘espagnole’ como Pancho, el perro millonario, una pieza fastuosa —y paradójicamente ya (pre)netamente incomprendida— sobre la divagación del ladrido como eco metra-intrínseco e impío de un paradigma tan disfuncional como opaco. Es de sobra conocido (y un secreto a ondas) que la cinta germinal de Tom Fernández no llegó a tiempo para proyectarse en la ‘Sección oficial de Cannes 2014: En Competición’ por contrariedades de agenda de Cook y no poder cambiar de fecha una cita en su habitual peluquería canina. Ninguna obra que se proyectó en la croisette llegaba a la pezuña del rezumado de genialidad y pensamiento fílmico e ideológico de Pancho, el perro millonario. Mientras que Nuri Bilge Ceylany Jean-Luc Godard consiguieron jadear tranquilos, esperemos que los Premios Anuales de la Academia rindan absoluto tributo a una película por encima (y en cuadrupedia) de cualquier otra obra galardonada desde la existencia de los mismos (que siempre condecora o menciona a los mismos). Incluso sería un agravio monumental, después de haber nominado a Zipi y Zape y el club de la canica como ‘Mejor guion adaptado’, que los Goya se valieran de la ley del hielo para ningunear a una cinta que destila valentía y perfección a gruñidos. Ya lo hicieron con la monstruosa interpretación de Sonia Monroy en Serie B y seguramente lo ratifiquen con esta lúcida joya de nuestra cinematografía.

Pancho, el perro millonario - Cook

La historia siempre ha ido en paralelo de las más libérrimas (h)obras de (h)arte y sería un error dentro de los márgenes de una dictadura monárquica irresulotoria —de ese modelo de nepotismo estructural— que Pancho, el perro millonario no vaya a los Oscars, ya que sigue los ecos y ladridos de The Artist. Del mismo modo que formalizaba Michel Hazanavicius, Tom Fernández se suma a la recopilación del mito y la referencia, a la recreación en clave de tiralíneas de las reglas que imposibilitan la capacidad de ‘enfreindre bien’. Ni siquiera el absurdo y el denodado empeño del autor le refrendan de traspasar esa regresiva finalidad acentuada por el cine mainstream y clásico norteamericano. Vivimos en mundo en el que el ‘viral’ y la ‘tendencia’ instauran el ‘cerebral’ de la audiencia y Pancho, el perro millonario parte de un comercial de La Lotería Primitiva como mera simbiosis entre la premisa y el product placement que se acomoda con cientos y cientos de bolsas de F******* como parte de su puesta en escena. Se trata de una técnica de embellecimiento formal sobre la reubicación canónica de elementos conservadores y divergentes dentro de los esquemas de remodelación circular. Todas las trampas ya inocuas, todos los recursos de guión obsoletos, todos esos guiños superfluos e incluso molestos o toda la mera estampa cinematográfica ya redundante, queda sobreentendida en la película. Fernández ha optado por la meta-intelectualidad y la entelequia que le permite su carcasa de producto para retar a la audiencia y confirmar si también forma parte de ese mundo absurdo e ilógico que detalla. No ladre sobre esta película porque realmente es la película aquella que ladró sobre usted.

Se trata de una (h)obra demasiado abrasiva y maestra para un público embrutecido por blockbusters rectilíneos e hiperbólicos, exhumados al fanatismo de iconos pasajeros e intrascendentes. Me resulta tan contraproducente que el mismo público que haya aplaudido cintas como El caballero oscuro: La leyenda renace, Gravity o Avatar, se atreva a criticar a una película que demuestra superar a la trilogía iniciada con El Padrino de Francis Ford Coppola con medio aullido. Posiblemente Pancho, el perro millonario sea aquel film y (h)obra de (h)arte que defina tanto el Siglo XXI como a su audiencia, que delimite también a la propia crítica. Otros nos sentimos como en el banquete de Platón, sin correspondencia ni réplica, atrapados en monólogos egoístas que realmente retratan un mismo pensamiento. Ya no queda amor (ni H-AMOR) en esas salas tejidas con butacas. No queda nada, ni siquiera un ladrido o pelo de CGI low-cost. ¿Es mala? ¿Es absurda? ¿Es una tontería? No, es su intención ser todo y no ser nada. Efectivamente los perros no pueden hablar pero nadie duda que sean comprendidos en la paradoja de un cosmos en el que los ricos no ponen en sus mansiones alarmas conectadas con la policía y en el que los caninos tengan secretarios personales y sus propios buscadores de internet. Un mundo absurdo, en el que los seres humanos tropiezan (como el libreto) en los mismos errores constantemente, que se ciñen a caricaturas y modelos sociales, en el que nada importa si hay ‘Rebajas’ de por medio, en el que nada hace gracia y en el que el dinero parece comprar todo en esos márgenes de criminalidad de un mundo enfermo, que se aprovecha de las necesidades de los niños más desfavorecidos. ¿Está todo tan perdido como los actores de esta H-Obra Maestra? No, siempre disponemos de un atisbo de esperanza, de un fragmento de H-AMOR.

Pancho, el perro millonario - Cook (CENSURADO)

Hay una constancia en evocar a Cervantes como a Joyce en diálogos como [—¿Hay algo que no sepas hacer bien? / —La mayonesa.], e incluso una percepción de utilizar todo tipo de retales cinematográficos: desde el cine de artes marciales, el thriller, las reminiscencias del horror viendo el horror que una vez fue error y horror de Psicosis de Gus Van Sant, la screwball comedy, el populismo voluble implícito en el mainstream de cualquier época, incluso el cine bélico como la permutación del giro sorpresivo bajo rimbombancias de traumas fordianos desde capas humedecidas o esa finalidad de imposibilidad de auto-conclusión forzando la secuela (por si cuela). Hay demasiado cine aquí. Demasiado… aunque esa mayoría cite desde si desconocimiento a Gabriel García Márquez: «Es imposible». Existe, por el contrario, un elemento que aventaja, excede y endurece al resto es la posibilidad, como burla a la reprensión, de tener un protagonista desnudo y prácticamente erecto en casi todos los planos de una película comercial y evitar el uso de una perra como marca esa industria que siempre evita la marca como propia marca. Sepa, que la finalidad de Pancho, el perro millonario, es que usted se mire en un espejo fílmico y realmente explore la opinión que tiene de sí mismo siguiendo un poema que bien pudiera haber firmado Rimbaud: «Rebota, rebota y en tu culo explota». ¿Es mala, es mediocre, es una ‘shit’? No, usted lo es. ¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU!

Pancho, el perro millonario - Cook, Guillermo Crehueras

NOTA AL ESPECTADOR: Si usted lee cualquier tipo de opinión negativa sobre Pancho, el perro millonario en redes sociales o en internet, sepa que puede ser considerado como maltrato animal, que es delito, que es inaceptable, que es obra de gente desalmada que se ampara en una libertad para realmente torturar a otros que no pueden defenderse, que puede denunciar este abuso inhumano, emético y cobarde sobre un afectuoso can, que tiene en su caja fuerte el dinero que usted ganaría honradamente en 6.599.714 millones de vidas, a la policía. Denúncielo, denúncielos. ¡Acabe con los abusos! ¡Acabe con el maltrato! ¡Acabe con la violencia! ¡Y si se encuentra con uno de esos indeseables por la calle, lleve un arma blanca preparada y afilada! ¡No a la violencia!

NOTA: Por problemas de ©opyright (y una orden múltiple de alejamiento) el autor no ha podido incluir ninguna referencia a la trilogía de Un chihuahua en Beverly Hills, pilar fundamental del cine del Siglo XXI que compila y alberga toda la belleza que desprende la historia del séptimo arte.

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