octubre 11, 2020

Críticas: Langosta

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Rebelión contra la imposición.

Desde Grecia se está forjando la personalidad de uno de los directores más perturbadores y a la vez realistas con la condición humana del cine contemporáneo. Yorgos Lanthimos, quien se dio a conocer en 2009 con su segundo largometraje, Canino, ya nos hizo asimilar que el conocimiento y la cultura de los seres humanos, así como su posterior personalidad y la motivación de sus propios actos, nunca nacen de la libertad sino que son impuestos por la sociedad en la que se albergan. Así pues asistimos a una distorsión del comportamiento en el que, quien goza de la información, condiciona a su gusto a quien desconoce la verdad. Sin embargo, en su trabajo posterior, Alps (2011), con la misma sencillez formal, siguiendo a sus protagonistas en un formato panorámico independiente de artificios, nos inquieta de nuevo con un funcionamiento distanciado del aceptado de las relaciones humanas, salvo que esta vez consensuado por ambas partes.

Una propuesta más distinta es Langosta, premio del jurado en el pasado Festival de Cannes. Rodada en inglés con actores de renombre como Colin Farrell, Rachel Weisz o Léa Seydoux, Lanthimos opta por una puesta en escena donde la imagen está sumamente cuidada, dando continuos subrayados en tono humorístico totalmente extradiegéticos, sobre todo con la música utilizada, de marcado carácter irónico. Lo mismo ocurrirá con la estilización y los ralentís, creando escenas poderosas que contrastan con los elementos auditivos. También cuenta con un montaje dinámico que ofrece información sobre los que acontece a la vez que busca la complicidad sarcástica del espectador.

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Langosta nos sumerge dentro de una distopía en la que no se puede circular por la vida sin pareja, siendo totalmente obligatorio acudir a un hotel donde en 45 días se ha de lograr encontrar una si no quieren ser convertidos en animales. Es aquí donde la mirada del director se posa en la feroz crítica a la necesidad impuesta por la sociedad de encontrar en la vida el amor, de no poder evolucionar como individuo desde la soledad, un mal autoimpuesto más común de lo que parece. Para ello se ejemplificarán paródicos teatrillos que evidencian el absurdo de la premisa, condicionando a los que devoran desde la sumisión aquello por lo que han sido movidos. Una presión angustiosa que llevará a traicionar la propia voluntad y llegar a rebajarse en pos de la aceptación, queriendo complacer a otra persona independientemente de los valores de uno mismo. Significativo resulta también cómo muchos romances nacen de la simpatía que despierta tener los mismos defectos físicos, tales como la cojera, la psicopatía o la miopía. Se confecciona así una sociedad de seres a medias, incompletos, incapaces de autorrealizarse a sí mismos, siendo obligados a suplantar sus males con el acompañamiento familiar. Familias artificiales que se sustentan de manera débil bajo la mentira y la frialdad.

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Pero no es éste el único dardo que lanza Lanthimos a nuestra sociedad, por otro lado tenemos una sórdida vuelta de tuerca en la que se ridiculiza el extremismo de la soltería, el individualismo enfermizo, la búsqueda incesante de negar los sentimientos humanos, ocultar cualquier necesidad amorosa o sexual por culto a uno mismo. Confecciona dos realidades opuestas y, curiosamente, acaba por firmar su película más rebelde, pues por fin vemos al hombre elevarse por encima de ideas preconcebidas, actuando según marca su propia razón y su propio instinto, nunca verdaderamente libre, pero sí moviéndose activamente en contra de lo que debería asumir dependiendo del medio al que se enfrente.

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