mayo 20, 2020

Críticas: El árbol magnético

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La tierra tira.

Como cuando se abre un cajón olvidado y se encuentra un dibujo de la infancia, El árbol magnético, primer largometraje de Isabel de Ayguavives, recrea ese ambiente melancólico e idealizado de otros tiempos mejores.

Bruno, afincado en Madrid, vuelve a su Chile natal después de una larga ausencia. Allí se reencuentra con su familia en la casa de la abuela, lugar donde los recuerdos y aventuras pasadas se amontonan. Si la directora catalana Mar Coll utilizaba el funeral del abuelo para (des)unir al clan en Tres días con la familia, la cineasta gallega opta por vender la casa familiar, icono de tantos dibujos infantiles, y así juntar a esta familia bien avenida con el fin de despedirse de ella hasta convertirla en un personaje clave en la narración.

El cuento de Ayguavives se cuenta, entre otros elementos, a través de trazos de realismo mágico. En todo dibujo que se precie podemos reconocer un árbol al lado de la casa. En este caso, es un árbol al que tachan de magnético porque hace rodar cuesta arriba a los coches (en realidad una mera ilusión óptica). Los protagonistas vuelven a visitar este lugar sagrado que podría simbolizar la fuerza de las raíces y vínculos familiares.

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Y tratando este género literario y el efecto imán de la parentela, encontramos en otro rincón este pequeño diálogo de la novela de Juan Rulfo Pedro Páramo. Tambiénfundamentada en interpretar una realidad a través de lo fantástico y donde el narrador anda en busca de su padre,  bien nos puede acercar a la tesis de la película:

  • -¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
  • – Comala, señor.
  • – ¿Está seguro de que ya es Comala?
  • – Seguro, señor.
  • – ¿Y por que se ve esto tan triste?
  • – Son los tiempos, señor

Toda idealización lleva consigo el sabor agridulce de la realidad, unas veces más cruda que otras. Nela, la prima de Bruno, que espera la llegada del otrora chileno de pura cepa, no necesita palabras para expresar la expectación y nervios que le supone volver a ver a algo más que un primo. La mirada de la actriz Manuela Martelli cuenta aquello que las palabras no podrían decir mejor y Andrés Gertrudix (Bruno) corresponde esta interpretación de tal manera que pasa mucho donde aparentemente todo transcurre con normalidad.

Pero no todo son silencios y miradas. Los cimientos de esta historia también se construyen a partir de diálogos muy creíbles entre los diferentes miembros de la familia. Con un tratamiento que en ocasiones se acerca al documental, la espontaneidad de estas charlas cotidianas hace que nos creamos a esa familia con personajes tan comunes como el cuñado pesado (quizás demasiado estereotipado) a  quien nadie escucha. No se puede olvidar el magnetismo de la abuela, que como el paisaje que rodea la casa, parece ausente pero en realidad es quien observa el jaleo familiar mejor que nadie.

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En definitiva, una historia que por sencilla no es simple y en la que lo sensorial ocupa un lugar importante. En ocasiones ligeramente remarcado en exceso a través de planos demasiado estirados o conversaciones que vienen a explicar la misma idea. Aun así, esto no se llega a hacer tedioso ya que las interpretaciones aguantan el tirón.

Cuando la película termina y la casa se vacía, da nostalgia ver despedirse a los protagonistas de ese reencuentro. El cambio es visto por algunos con toda naturalidad mientras que otros, sobre todo Nela, no se resignan a abandonar esas raíces en un cajón perdido. Por su parte, Bruno se quedará sin la casa, con los recuerdos y con una lista de mails de sus allegados. Son los tiempos, señor.

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