mayo 20, 2020

Críticas: Un toque de violencia

Un toque de violencia

China today.

A touch of sin, título original de la nueva película de Jia Zhang-Ke Un toque de violencia, podría entenderse como un acto de admisión de su director (o del autor de la novela en la que se basa, Su Tong) de pecar contra los preceptos de la reforma económica de China, desafiando cualquier tipo de censura para mostrar al mundo las consecuencias devastadoras de la misma a través de la violencia. Pero también como el camino necesario para acabar con los pecados que sustentan el momento socio-económico en el que se encuentra el país asiático; el pecado para aniquilar el pecado; la ira y la violencia que ésta provoca como solución a la avaricia, a la pereza o a la lujuria.

La violencia impera en prácticamente todos los momentos de la película con mayor o menor exposición de la misma. En ocasiones se trata más de una violencia psicológica solapada bajo capas de normalidad, aún más cruel que la física, contada en cuatro historias situadas en cuatro enclaves distintos de China. Hay violencia en un pueblo minero que se somete sin queja a un dirigente corrupto que les engaña para quedarse con todo el dinero que les corresponde, y aun así sigue siendo querido y agasajado por ellos en una metáfora poco sutil de la situación social del país. Hay violencia también contra los trabajadores de otras provincias obligados a identificarse para poder trabajar, contra los animales de carga y sobre todo contra aquellos que osan cuestionar la falta de honradez en el jefe del pueblo como hace el protagonista del primer episodio de los cuatro en los que se divide la cinta. La salida que propone Jia Zhang-Ke para su primer relato es la de que Dahai se tome la justicia por su mano, en un intento tal vez de mantenerse fiel al espíritu de una ideología marchita y corrompida como la que gobierna el país.

Un toque de violencia

La violencia por la violencia sin más justificación que la de servir de medio para delinquir es la protagonista de una segunda historia que comienza mucho antes en una primera escena de la película de una violencia extrema e irracional. Es en esta segunda pieza donde Jia Zhang-Ke ahonda más en las contradicciones que se aprecian entre la tradición de la sociedad confuciana en la que el respeto a los mayores y a la jerarquía filial contribuye a la armonía familiar, y la frialdad con la que el personaje principal se deshace de cualquier indicio de dilema moral por la brutalidad de sus acciones.

A Xiao Yu, una recepcionista de una sauna en la que se ofrecen servicios de prostitución, la crueldad le golpea a través de sus emociones, de un hombre al que ama y al que su cobardía le impide amarla como ella desea. La sufre a través de los celos de la esposa de éste y a través del abuso de poder que sobre ella ejercen los clientes del establecimiento en el que trabaja, hasta que la ira se apodera de ella desatando en los últimos minutos toda una orgía de sangre y violencia, recordando las consecuencias de los límites a los que llegaba la Carrie de Brian de Palma, salvando por supuesto las distancias.

Por último, Un toque de violencia rebaja el tono salvaje y brutal de las historias precedentes, y habla de la explotación laboral y sexual en su último capítulo como una forma de violencia completamente aceptada por la sociedad de su país. Un joven a quien acusan de haber provocado un accidente laboral a un compañero por el simple hecho de estar hablando con él, huye de la imposición que le obliga a seguir trabajando para darle a aquel todo el dinero que gane y en su huída enlaza otros trabajos en los que, además del abuso al que es sometido por las empresas, es testigo del servilismo hacia el cliente acaudalado en todos los sentidos. Si en ella, como decía, el tono es menos violento, el desolador final con el que la cierra es la mayor muestra de desesperanza de las muchas que ofrece la película.

Un toque de violencia 2

El director no crea una película de historias cruzadas, traza un finísimo hilo tangible entre sus historias, apenas imperceptible entre algunas de ellas como un simple cruce insignificante entre los personajes de unas y otras. Es en el fondo de lo que sienten sus protagonistas, en sus frustraciones contenidas y en la explosión de violencia que se adueña de ellos para liberarlas, donde se encuentra el nexo que utiliza con una estructura similar en cada una de ellas, para narrar la devastación de un país en plena contradicción consigo mismo. Las desigualdades sociales y económicas que conlleva el crecimiento desmedido que se está produciendo actualmente en un país que vive desde hace décadas bajo el sistema comunista, se muestran en la película sin ningún tipo de recato o autocensura, y ni tan siquiera utiliza la violencia de manera crítica sino con rabia, con contundencia y desprovista de cualquier conmiseración ni hacia el espectador ni hacia sus personajes.

Porque Un toque de violencia ni alecciona ni promete esperanzas; toda promesa es hecha añicos en la película de Zhang-Ke, es un golpe encolerizado a los ideales de una revolución china que hace tiempo dejaron de tener cabida en la sociedad del gigante asiático. Y lo hace además deslumbrando visualmente con todo un ejercicio de composición en el que cada uno de los planos, de su puesta en escena y de la magnífica fotografía del habitual del cine de Zhang-Ke, Yu Likwai, son capaces de imprimir una gran belleza a toda la podredumbre moral que asola el país y a la violencia con la que el director la representa.

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