octubre 16, 2020

Críticas: Exodus. Dioses y reyes

Exodus

El profeta oscuro.

A medida que uno acumula años en su profesión, se acomoda y se vuelve más maquinal. Eso es lo que le pasa al maestro Ridley Scott. Décadas han pasado desde sus obras cum laude Alien o Blade Runner hasta llegar a Prometheus o El consejero, o a su última propuesta, Exodus: Dioses y reyes. Hacer una película cuyo argumento ya se ha apreciado en la gran pantalla es un reto para cualquier cineasta. La biografía de Moisés es muy golosa de cinematografiar: no hay mejor fuente de aventuras como la Biblia para extraer historias dignas de transformar en superproducciones hollywoodienses. Y siguiendo la estela de Noé con Russell Crowe al mando del arca y Darren Aronofsky dirigiendo esa travesía, las sagradas escrituras despiden el año 2014 con dos adaptaciones que no hacen justicia a la pompa que merecían.

Christian Bale es un actor muy acertado para el personaje bíblico. Sale airoso de las incongruencias en que le sumerge el presente guion. A sus espaldas no sólo está el pueblo hebreo, sino el peso de la epopeya entera, carga que comparte con su antagonista, Joel Edgerton, encargado de dar vida a Ramsés, al que no sólo vence en la conocida ficción, sino interpretativamente hablando. Bale, que no está en su mejor papel, dota de personalidad al profeta mientras que el faraón queda como un mandatario indiferente, incapaz de reaccionar, o al menos eso es lo que se aprecia en su constante mueca.

Desde su partida, Exodus venía con un problema añadido: era inevitable compararla con los más de doscientos minutos de metraje que llevó a cabo Cecil B. DeMille. La de 1956 sale vencedora del dilema sacro. Charlton Heston no tenía tantos recursos actorales como el protagonista de El caballero oscuro, pero su Moisés iba mejor acompañado en su éxodo particular. El que no llega a los pies del trono es Edgerton comparado con Yul Brinner por mucho exceso de maquillaje que se ponga en los ojos. La mirada del ruso intimidaba más.

Exodus 2

La ristra de secundarios podría ser borrada y no afectarían a la narrativa. Aaron Paul es Josué y se limita a observar a Moisés, apenas pronuncia dos frases. María Valverde cumple como esposa, sin más; su presencia es tan breve que uno no puede juzgar si hay química entre la joven y Moisés-Bale. John Turturro tiene una escena para lucirse que no le hace justicia, y lo mismo sucede con Ben Kingsley con las suyas. Sigourney Weaver parece que pasaba por el set y allí la ofrecieron un adecuado atuendo de egipcia. El reparto está muy desaprovechado aunque su presencia sujeta a esta producción y evita que este capítulo del antiguo Testamento no se vaya al traste por completo.

Pero quien tuvo, retuvo: el maestro Ridley –esa denominación ya se la ganó hace años- sigue siendo bueno en eso de regir batallas heroicas y en saber escoger una correcta dirección artística y fotografía. A la grandeza de los decorados le falta el alma de un guion solvente, porque ese es el mayor fallo de la película: resta potencia a una película épica de tal calibre. La trama comienza con Moisés ya crecido, cuando sobresale más que su primo, el heredero Ramsés. A lo largo de la cinta el texto pasa de puntillas por la historia, que bien es cierto que el espectador conoce. Sin embargo, los clímax están desapercibidos: nadie -dentro de la pantalla – se inmuta al descubrirse la verdadera identidad de Moisés, ni con su vuelta a Egipto. La presencia de Dios sí que es un acierto frente al largometraje de DeMille.  La forma de personificar a Yahvé, con zarza ardiendo como testigo, es buena opción y la convierten en las escenas más dignas de la cinta.

El público, ansioso de ver cómo la magia de la tecnología consigue separar una vez más el Mar Rojo, acabará indignado. La espectacularidad del momento brilla por su ausencia, resumiéndola a una mera persecución mientras que ambos lados del océano se perciben a lo lejos de los personajes. Al director de Thelma y Louise parece no interesarle la faceta milagrosa de su protagonista y los momentos prodigiosos transcurren rápido: las diez plagas pasan en una secuencia que merecía algo más de fuerza narrativa (porque la técnica es asombrosa), o el traspaso de la ley en el Monte Sinaí, resumida a unos segundos.

Exodus 3

Las extensas luchas aumentan su potencial con la extraordinaria partitura de Alberto Iglesias: tan acertada que es capaz de transmitir sensibilidad y heroicidad a la vez

Esta proeza es muy voluminosa y el montaje no lo ha sabido contar bien; por eso no hay personalidad, como en Prometheus, que flojeaba y se debilitaba frente a su fuerte puesta en escena. La batuta dirigente ha estado muy mecánica pese a que haya tenido sus momentos de gloria antes. Muy emotivo dedicárselo a su difunto hermano Tony al final. Aunque desgraciadamente, no redime el fallo de El consejero.

Nadie duda del talento de Scott ni del de Bale. Pero es que, al menos Heston pudo abrir las aguas del mar Rojo.

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