octubre 14, 2020

Críticas: Frío en julio

Frío en julio

Los 80 son nuestros.

Los 80 están de moda. O más bien nunca han dejado de estarlo. Una década marcada en lo cultural por el eclecticismo, la irreverencia y la libertad total de expresión que por un lado proporcionaron una rebeldía estética en todos los planos, pero que por otro, esa exageración de lo incorrecto sirvió para fomentar subrepticiamente un discurso conservador disfrazado de modernidad, que, con la llegada del nuevo siglo, no se ha parado de reivindicar desde el ámbito cultural. Un siglo que comenzaba con el mayor atentado de la historia en suelo occidental que cambió la forma de ver el mundo, y volvió a reivindicar el conservadurismo frente a la pérdida de las garantías de inmunidad que arraigaron en el primer mundo con películas como las que en los años 80 lo potenciaban. Precisamente, la primera víctima cultural de los atentados fue una que homenajeaba de manera explícita aquellos años. Donnie Darko, cuyo estreno se canceló debido a los ataques terroristas del 11 de septiembre, no sólo trasladaba el espíritu ochentero con la estética, la música y los iconos interpretativos recuperados para ella, sino que también hablaba de un mundo en decadencia susceptible de ser arrasado, algo que casi parece incluso un aviso de lo que vendría después, pero que consigue ser evitado por un atípico antihéroe.

Algo parecido propone Frío en julio, el nuevo trabajo de un director al que conocimos hace poco más de un año en varios festivales, hasta entonces algo desconocido pero ya curtido en el género de terror llamado Jim Mickle, con la versión que hizo de una película mexicana de 2010 bajo el título de We are what we are con la que se adentraba en la América profunda para contar una historia atemporal de una familia con unas costumbres ancestrales algo siniestras. Mickle vuelve en este 2014 con una historia que se aleja del terror más puro para homenajear a varios de los géneros que en los 80 tuvieron su máximo apogeo, adaptando la novela homónima que Joe R. Lansdale escribió en 1989. Un padre de familia mata accidentalmente a un intruso que ha entrado en su hogar de madrugada. Este hecho, que por una parte le convierte en el héroe del pequeño pueblo en el que vive y trabaja, provoca en el protagonista unos remordimientos y un miedo atroz a que su hogar vuelva a ser perturbado. Miedo que se hace más real cuando el padre del delincuente comienza a acosar a la familia. Pero lo que comienza siendo un thriller psicológico de venganza, de repente da una vuelta de tuerca para convertirse en una comedia negrísima de tintes detectivescos y conspiraciones varias a la que le sigue un nuevo giro final lleno de acción macarra y sangrienta.

Frío en julio 2

Esta mezcla de géneros no es gratuita ni se debe a giros imposibles en la película, pues aparecen como consecuencia directa del anterior y todos ellos forman parte del homenaje a los referentes de dichos géneros en la década de los 80. Mickle desconcierta al espectador no una, sino hasta dos veces más desviándose del camino que parece tomar la película hasta bien pasada su primera mitad, cambiando el tono y la atmósfera precedentes en lo que parecieran películas distintas al servicio de la historia que cuenta en cada momento. Pero Frío en julio son varias historias contenidas dentro de la que se presume la principal, historias en las que el protagonista es el nexo común al verse implicado directa o indirectamente, que sacadas de contexto tienen entidad propia y por tanto no es tan descabellada la decisión de contarlas de manera distinta.

Tampoco es aleatorio el reparto elegido para centrar cada ramificación que brota de la historia. Si en Donnie Darko Richard Kelly recurría a mitos cinematográficos de los 80 en su particular homenaje, como fueron Drew Barrymore y Patrick Swayze, Mickle hace lo propio con el trío protagonista de Frío en julio pero no sólo acude al cine de aquella época, sino también a mitos televisivos de una década especialmente prolífica en series de éxito. Si bien concede el protagonismo a un actor con una carrera relativamente reciente como es Michael C. Hall, el que éste se haya curtido en televisión, con dos personajes muy cercanos y habituados a la muerte y en Frío en julio se muestre temeroso ante ella, no deja de ser una broma con los cambios de registro que muchos actores de aquellas series de los 80 llevaron a cabo huyendo del encasillamiento. Como fue el caso de Don Johnson a quien, después de Corrupción en Miami y varios subproductos con los que no consiguió remontar su carrera, Quentin Tarantino recuperó hace un par de años para su Django desencadenado y ahora Jim Mickle le proporciona un papel que precisamente es una burla a los héroes socarrones que poblaron el cine de acción de hace 3 décadas. Aun más cercano a buena parte de su carrera televisiva y cinematográfica es el personaje de Sam Shepard, al que envuelve en un halo de western crepuscular y de lucha interna entre el bien y el mal.

Frío en julio 3

Frío en julio habla de esa lucha entre la razón y la pasión, del temor a perder el estatus económico y social, de lo reprobable que deriva en curiosidad y en búsqueda de justicia, y de culpabilidad desde la perspectiva de quien es consciente de que lo correcto no es siempre lo moralmente ético. Cuestiones éstas incluso más cercanas a lo políticamente correcto de nuestra época que a la incorrección que campeaba a sus anchas en la década a la que se homenajea en la película. Un homenaje que, por cierto, no podría estar completo sin una banda sonora acorde con la época en la que se ambienta la película, una sucesión de sonidos electrónicos de la mano de Jeff Grace para una partitura hermanada con las composiciones que realiza Cliff Martínez para las películas de Nicolas Windin Refn, y herederas ambas de los sonidos de los sintetizadores de Jean Michel Jarre. En definitiva, una vuelta global a una década que siempre se ha recordado como hortera y kitsch, pero que más de 30 años después sigue siendo un filón referencial en lo que a cultura se refiere.

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