julio 6, 2020

Críticas: Birdman

Birdman

Ave Fénix.

Cuenta la mitología que un ave de presencia magnífica y que rara vez se deja ver, muere cada cierto tiempo para volver a renacer con toda su gloria. El ave Fénix resurge con más fuerza y mayor fastuosidad a partir de aquello que fue y que quedó reducido a la nada por el propio fuego que emerge de él y que lo consume de golpe; un renacimiento físico y espiritual que promete una inmortalidad engañosa. Como la fama. Como el amor. Como la relevancia.

En el relato que da título al libro más conocido del escritor Raymond Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor, los protagonistas hablan de amores pasados, de amores más intensos que la propia vida que se desvanecieron con el tiempo dejando paso a otros tan, o más, intensos que aquellos. El renacer del amor y la relevancia de cada ser humano con respecto a otra persona aparecen como únicos elementos de la obra teatral basada en el relato de Carver que se representa dentro de la cinematográfica que es Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia). Dos únicas escenas que los actores repiten, ensayan e interpretan en el escenario mientras en sus vidas tratan de renacer también cual ave fénix de las cenizas en las que sus respectivos pasados se han convertido. Renacimiento que también parece plantearse Alejandro González Iñárritu con esta película en la que cambia por completo su forma de narrar y el tono que hasta ahora ha venido utilizando en su obra, y lo hace desnudando su propia carrera y haciendo crítica (y autocrítica) contra el mundillo que rodea toda la creación artística. A través de uno de los elementos en los que más se desarrolla, si cabe, el egocentrismo artístico como es el del actor, Iñárritu se mira en el personaje que interpreta Michael Keaton abandonando el tremendismo de sus dramas para contar en tono de comedia negra el que vive una estrella de cine que quiere ser tratada en serio.

Birdman 2

Este ejercicio de metarealidad multireferencial, en el que lo onírico y lo fantástico se mezclan con la pura y dura realidad, le permite además de arremeter contra la política de Hollywood de potenciar la grandilocuencia de los blockbusters por encima del talento, contra la fama fácil y efímera que consume a los artistas, y de manera especialmente mordaz contra la crítica, hacer que sus actores se presten también a meterse en una historia que juega a caricaturizar sus propias carreras. Principalmente en los personajes de Riggan Thomson, un actor con una carrera extensa pero irregular como la de Michael Keaton, a quien el fantasma del superhéroe justiciero bajo el disfraz de animal volador que le persigue remite sin pudor al Batman que para él creó Tim Burton, y en el que interpreta Edward Norton, un actor de trato difícil que sólo es capaz de dar lo mejor de sí y de ser absolutamente sincero encima de un escenario. Pero aun con el punto de mira centrado en el personaje de Keaton, el mexicano no abandona al resto del reparto en papeles insignificantes al servicio del protagonista, sino que les dota de personalidad creando para ellos historias paralelas que más que cruzarse como en sus anteriores películas, o como en los relatos de Carver, forman parte del camino que recorre la cámara en ese único falso plano secuencia con el que Iñárritu nos muestra que tanto los entresijos del mundillo artístico como lo que le rodea exteriormente, están conectados de manera indisoluble.

Birdman 3

Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia) es un punto y aparte en las carreras de su director y de su protagonista. Una película con la que el actor demuestra por fin y de manera contundente el oficio que parecía mantener oculto, y con la que el director mexicano se deshace del encorsetamiento melodramático con el que hasta ahora ha plasmado las miserias humanas para, sin abandonar éstas, hacerlo desde una perspectiva totalmente opuesta. Cambiando las lágrimas por la autoparodia y el humor cínico, y ayudado por la cámara vibrante de Emmanuel Lubezki y de los solos improvisados de la batería de Antonio Sánchez, que retumban taquicárdicos al paso de la ansiedad de los protagonistas, estamos ante, la que podríamos considerar sin miedo a equivocarnos, la mejor película de la carrera de González Iñárritu. Aquella con la que los egos de ambos camuflados cual matrioskas bajo el del protagonista de De qué hablamos cuando hablamos de amor, el de Riggan Thomson y el de Birdman, podrán como ellos sentirse satisfechos porque, ¿qué otra cosa necesita el ego si no sentirse amado; sentirse importante para los demás; saberse relevante?

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