octubre 11, 2020

Críticas: Los caballos de Dios

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La otra cara del terrorismo.

Después de ganar la Espiga de Oro en el Festival de Valladolid de 2012, cuesta creer que una película que aborda una cuestión tan interesante como la que toca Los Caballos de Dios haya tardado 3 años en poder estrenarse en salas comerciales en España. Y quizá en unos momentos como los que se han vivido esta semana en Túnez y en Francia sea aun más difícil acercarse a ella de una manera objetiva, sin entrar en disertaciones sobre la conveniencia de afrontar el terrorismo desde el punto de vista de quienes lo llevan a cabo. Si hace unos meses Clint Eastwood dividía al público con El Francotirador, tratando de plasmar lo que siente un marine norteamericano educado para matar al enemigo amparándose en la defensa del bienestar de sus conciudadanos, no menos divisoria se presenta Los Caballos de Dios en su empresa de buscar el germen del que nace una mente capaz de matar a miles de personas en nombre de Dios.

La única diferencia estriba en que la historia que en su momento escribió Mahi Binebine bajo el título Las estrellas de Sidi Moumen y que adapta para el cine Nabil Ayouch, no es la de un personaje real como lo fuera Chris Kyle, pero sí lo es el resultado de una vida que podría ser la de cualquiera de los niños que juegan en las calles de ese poblado chabolista a las afueras de Casablanca. Partiendo de un hecho real como fueron los atentados en distintos lugares de Casablanca el 16 de mayo de 2003, la película busca el origen de aquella masacre en la marginalidad de Sidi Moumen. Sigue a Yachine desde su infancia, un niño débil que sigue como un perro faldero a un amigo aun más débil que él, mientras su hermano, delincuente, drogadicto y violento, se dedica a defenderle siempre de los demás. Yachine y su hermano Hamid conviven con una madre que adora a este último y no desprecia sus regalos comprados con dinero conseguido de cualquier manera, al mismo tiempo que el resto de su familia: un marido depresivo, un hijo autista, otro destacado en el frente del Sahara y el propio Yachine, son para ella meros estorbos de los que evadirse a través de su telenovela favorita. El mundo de Yachine parece derrumbarse cuando una gamberrada de Hamid lleva a éste a pasar dos años en la cárcel de la que vuelve convertido en un fundamentalista religioso.

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De Los Caballos de Dios surge una hipótesis convincente del proceso que sufre una persona para llegar a hacer de la inmolación y la matanza de personas inocentes su único objetivo para alcanzar el paraíso en la otra vida. Ayouch, como Eastwood, tampoco juzga ni enaltece a sus protagonistas sino que los retrata de una manera objetiva en un contexto en el que sus comportamientos e ideales son más fáciles de desarrollar. No justifica las acciones de los terroristas, no trata de entenderlas ni ofrece una explicación por parte de éstos del porqué de su apostolado, evitando centrarse en el adoctrinamiento de los mártires al que sólo concede el espacio justo para el devenir de la decisión de Yachine y sus amigos. De hecho, la conversión de Hamid en la cárcel no se muestra en ningún momento. La película se toma su tiempo para hablar desde la perspectiva de esos jóvenes sobre la pobreza más absoluta, sobre la necesidad de ser alguien en un mundo que condena a sus niños a no salir de él, y de cómo el hecho de sentir que pertenecen a un grupo selecto de elegidos por un representante de Alá para cumplir su misión, tiene más poder sobre ellos que las objeciones morales para matar o que el propio miedo a morir.

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Ayouch narra su película con el tempo necesario para entender la evolución de sus protagonistas, sin precipitar los acontecimientos. Tan solo se permite encarar el tramo final con un vértigo acorde con el que experimentan los personajes, tras el cual Los Caballos de Dios termina de manera circular con una escena parecida a la que la inicia. Una escena en la que convergen la inocencia infantil, la continuidad de la vida en los suburbios al margen de lo que ocurra en un mundo al que no tienen acceso, y el temor que, desde la objetividad de una cámara que se aleja poco a poco de dicha escena, se siente de que la historia se repita de manera inapelable.

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