julio 7, 2020

Críticas: Jack

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A la alargada sombra de los Dardenne.

Existe una Alemania poco explorada que adolece de todos los males que engendra el cultivo de la marginalidad. Eso es de lo que trata de advertirnos Edward Berger, el director alemán de Jack, una cinta que se estrenó en el Festival de Berlín en 2014 y que tras hacerse con premio Lola de Plata, siendo considerada por los académicos germanos como la segunda mejor película del año en su país, llega por fin a salas españolas.

En un prólogo en el que la química entre la madre y el hijo nos deja entrever a la perfección el estancamiento de un hogar familiar francamente disfuncional en cada una de sus conversaciones, miradas, silencios y pasiones originadas por los celos y la mala educación emocional, no podemos sino inmiscuirnos con interés en la preocupación que levanta la supervivencia del niño protagonista y su joven hermano. Desamparados por la ineficiente atención otorgada por su progenitora, las solitarias aventuras cotidianas de Jack y Manuel nos pueden invitar a aventurar que nos hallamos ante una propuesta cercana al desolador trabajo del japonés Hirokazu Koreeda titulado Nadie sabe (2004, Japón). Nada más lejos de la realidad. En apenas pocos minutos del metraje se introduce al preadolescente indefenso en un orfanato regentado por los servicios sociales donde se iniciará su periplo personal, con alguna reminiscencia a Los 400 golpes de Truffaut,  donde se las verá con otros niños de su edad con problemáticas similares. En un entorno nacido del abandono (in)voluntario de los padres, se erige una jungla que, como ya se ha tratado de muchas y diversas maneras en la historia del cine, abordan la reproducción violenta a pequeña escala nacida de un mundo que les ha moldeado la conducta en contra de su voluntad.  La tensión que se respira entre el resentimiento que levanta el alimentarse de los malos tratos y la necesidad de irradiar todo este malestar hacia los demás, acaba por ser el condicionante irremediable de una huída desesperada surgida del deseo y la irracionalidad de quien no ha forjado todavía su propia personalidad.

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Es a partir de estos momentos donde el relato cae por su propio peso, desestimando cualquier atisbo de personalidad y perdiéndose en la autocomplacencia de quien explica una historia ya por todo el público vista.  Berger emula en todo momento a las cintas de los dos veces premiados con la palma de oro en Cannes y siempre aclamados hermanos Dardenne. Pega la cámara a su protagonista sin despegarse de él, sintiendo en la dirección todas sus emociones más intensas, desde el mareo y el desasosiego a la calma y la reflexión. Su acompañamiento nos remite claramente a Rosetta (1999, Bélgica). En cuanto a su contenido, abordando los males que contaminan la inocencia de la infancia obligando a los preadolescentes a madurar antes de tiempo en un universo hostil que por desgracia los adultos no han tenido intención alguna de apartar, sigue la estela de El niño de la bicicleta (2011). A su vez, al tratar Jack de valerse de un número determinado de conocidos de su madre para lograr su propósito y al verse éstos ocupados en sus propios intereses, la mayoría simplemente laborales, apela a esa búsqueda de hacer partícipe a los demás de la importancia que requiere el compartir su tiempo y sentir cierta empatía y en cómo la alienación del egoísmo borra estos rastros de humanidad y siembra el más lúgubre de los panoramas posibles. En este aspecto, la incesante necesidad de hacerse entender con los demás y superar sus defensas personales, nos evoca a una Marion Cotillard entregadísima tratando de convencer a sus compañeros de trabajo a renunciar a una paga extra de mil euros por salvar su vida laboral en la reciente Dos días, una noche (2014).

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Jack es una epopeya personal que se vive desde la soledad y el tratamiento del espacio y a su vez desde la colectividad más desagradable. Sin embargo, su director no acaba por respetar los lapsos de su película, dotando de demasiado tiempo a los acontecimientos vividos en soledad y buscando más la reflexión del espectador de lo que realmente puede llegar a cavilar. Por otro lado, a parte de ser una obra descompensada, se inmiscuye de manera ilógica, teniendo en cuenta la coherencia interna entre dirección y fondo, en los terrenos del thriller, valiéndose de manera torpe en algunas ocasiones del forzado uso que hace de las casualidades. Tampoco ayuda lo acelerado de su epílogo para lo alargada que ha resultado su meditación interna en medio de su propia odisea.

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