julio 8, 2020

Críticas: Villa Touma

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La esclavitud de las apariencias.

Las mujeres no podemos hacer otra cosa. Solo esperar.

Calle Mayor (Juan Antonio Bardem, 1956)

Las mujeres de Calle Mayor esperaban resignadas en unos tiempos en los que la resignación era lo único que les quedaba para poder soportar la opresión a las que se las sometía por parte de la sociedad. Las mujeres de Villa Touma también sufren una opresión pero, a diferencia de aquellas, éstas se oprimen y se reprimen voluntariamente esperando regresar a una vida que jamás va a volver. Basan su espera en mantener vivo un estátus y un modo de vida que hace tiempo que empezó su decadencia; un modo de vida caduco del que ya solo forman parte ellas y un círculo minúsculo que se esconde dentro de los muros de unas casas que semejan museos arcaicos.

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Ambientada en una de las ciudades más castigadas por la ocupación israelí tras la Guerra de los Seis Días, Ramallah, Villa Touma es la historia de tres mujeres que viven aisladas en un mundo que prácticamente desapareció cuatro décadas atrás. Las tías de Badia, la joven protagonista, son uno de los últimos reductos de una aristocracia que perdió su estatus tras la guerra, y que se vio obligada a emigrar. Ellas no. Ellas sobreviven en una burbuja en la que llevan una existencia fundamentada en las apariencias que, desde el propio hogar, se rigen con una disciplina férrea. Como las hijas de Bernarda Alba, habitantes de aquella casa intransigente imaginada por Federico García Lorca, las hermanas y la sobrina de Juliette Touma viven encerradas entre su casa, el cementerio, la iglesia y las celebraciones de bodas y funerales de otros cristianos que se niegan a admitir que su ciudad ya no es el templo aristócrata de antaño. Las hermanas habitan en una mentira que ellas mismas se encargan de construir y mantener con esa cultura de la apariencia, con el único objetivo de conservar lo que para ellas significa la dignidad.

Casi como una extensión de ese mundo que refleja en el que viven sumergidas las tías de Badia, la directora palestina Suha Arraf plantea un melodrama con aires clásicos sin extralimitarse a la hora de ofrecer una narrativa más acorde al cine del siglo XXI. Adopta el mismo juego de las apariencias con una exquisitez a la hora de su puesta en escena que contrasta con las pequeñas (o grandes) tragedias que cada una de las mujeres que habita esa casa lleva consigo dentro. Tragedias que, por supuesto, jamás osan manifestar en público y esconden bajo una capa de comportamiento absolutamente protocolario. Todo en esa puesta en escena está milimétricamente calculado para recrear un elegante envoltorio con el que tapar las frustraciones de los personajes, sus deseos reprimidos y sus fracasos amorosos por culpa de sus obligaciones para con la familia.

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Villa Touma parece un drama cualquiera, una versión palestina del cuento de la Cenicienta; impecable en sus formas, tan aristocrática como sus protagonistas. Parece. Como ellas parecen lo que no son. Se trata del retrato de una sociedad que desapareció casi de golpe y de la que nunca se habla cuando se menciona el conflicto árabe-israelí. No hay distintos puntos de vista, ni víctimas o verdugos en mitad de una guerra, sino el desamparo de unas personas que se vieron inmersas en ella sin pertenecer a ningún bando. Al final, queda la soledad dentro de una casa que nunca cambiará para ninguna de sus habitantes y que Arraf retrata con una mezcla de absoluta desolación con un humor tan negro que, por supuesto, tiene que envolverla con la distinción de una casita de muñecas ideal para que no se note que está ahí.

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