octubre 21, 2020

Críticas: Victoria

Victoria 1

Burn with me.

Tras el tumulto de luces azuladas de una discoteca inequívocamente berlinesa, entre volutas de humo y techno alemán, una resuelta silueta femenina surge dispuesta a seguir el camino que la noche decida trazar para ella. Desde ese instante, clave en su aparente funcionalidad, la inquieta cámara de Sebastian Schipper comienza a otear sus acciones y registrar infatigable los escenarios durante lo que serán casi 140 minutos de plano secuencia sin cortes. En los últimos meses asistimos a una confusa exaltación de lo que se presenta como un virtuosismo novedoso, quizá en parte imantada por el sobrealimentado ruido de dos gigantescos referentes norteamericanos: no hace falta abandonar nuestras fronteras para recordar cómo la reciente Hablar (Joaquín Oristrell, 2015) registraba henchida de orgullo su condición de toma única en un rótulo inicial que anticipaba y glorificaba su supuesto logro.

A diferencia de aquella película –que contaba con otras virtudes–, en Victoria es la propia pulsión vital de la protagonista la que ejerce como guía hacia la necesidad del formato y el total desconocimiento de lo que vendrá después, condición de la que en todo momento se nos hace partícipes. En un sostenido tiempo real y sin demasiados aspavientos contemplamos cómo una noche de juerga y la escasez de perspectivas de futuro de los jóvenes personajes devienen en fortuita pesadilla urbana, tal vez no tan tortuosa como podría intuirse cuando Victoria es abordada por un grupo de delincuentes mientras regresa a casa coartada por las obligaciones laborales del día posterior.

Victoria 2

Esta progresiva mutación de las expectativas de los personajes con respecto a su noche, que también son las nuestras hacia el trabajo de Schipper, es con mucho lo más sugestivo de una propuesta sostenida en la presentación inicial de quien da nombre al título. La personalidad de Victoria, una madrileña en Berlín que abandonó su sueño de ser pianista y la desmedida presión del conservatorio para abrazar otra muy distinta, la de malvivir durmiendo en una cafetería y cobrando cuatro euros la hora, está marcada por su vitalidad y una consistente decisión de salir adelante. La evolución de la trama criminal se alimenta de este carácter, muy bien reflejado por el gran descubrimiento de la catalana Laia Costa: en un paisaje hostil –y eminentemente masculino– en el que la vida pasa a pender de un hilo, su camaleónica lucha por la subsistencia se convierte en el epicentro de cada palmo de terreno registrado por la cámara.

El aire de retrato generacional es capital en una película que, sin embargo, no tarda en descubrir su interés por otros derroteros, entre ellos el de un solapado thriller suburbial que no juega muchas más cartas que las relativas a nuestra adaptación al escenario. Decidida firmemente a llevar su planteamiento hasta el extremo sin emitir síntomas de agotamiento, la dirección de Schipper resulta más efectiva cuando se sumerge a fondo en los sonidos de la calle y los ritmos discotequeros que en los numerosos pasajes en los que parece decidir aligerarse a sí misma mediante la introducción de una molesta música extradiegética, que llega a opacar las palabras y amenaza la conseguida sensación de temporalidad frágil.

Victoria 5

A pesar de todo ello, Victoria permanece como un tenso duelo entre la determinación de una juventud desarraigada y la tóxica adversidad del entorno. Una odisea marcada por el fatalismo, que no halla solución posible hasta el plano final que concede la difícil salida a un dispositivo estilístico de sobrada justificación: amanece un nuevo día en Kreuzberg, tiemblan los cimientos de Victoria.

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