octubre 17, 2020

Críticas: Droga oral

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Desmontando el tabú.

La esencia de la comedia negra la convierte en necesariamente polémica. Este tipo de humor basa su efecto en crear carcajadas a costa de temas que realmente no tienen gracia. Asuntos espinosos, resbaladizos, que llaman a la trifulca. La comedia negra ataca al tabú, del que se nutre para provocar esa risa que se congela en el ambiente al reflexionar sobre las implicaciones morales del chiste. La comedia negra se convierte en un detector de tabúes, al señalar lo que causa revuelo en la sociedad, y, precisamente por ello, debe hilarse fino para no caer en el comentario burdo. Para ello, el golpe del gag debe recaer sobre el poder establecido, sobre aquello que de lo que se pretende hacer crítica, y no sobre la víctima de la situación.

El problema llega cuando el tema está tan candente que no hay aproximación cómica que no provoque un maremágnum de bilis. Observando la sociedad española actual, un rápido vistazo destapa una serie de temas sobre los que resulta prácticamente imposible hacer humor sobre el poder establecido sin levantar ampollas: el terrorismo, el feminismo y las drogas. Por motivos distintos, todos ellos justos y reivindicables, las sensibilidades alrededor de estos tres temas están a flor de piel. Sin embargo, el grado de indignación provoca que no sea bien recibida ni la crítica constructiva por parte de quien simpatiza con las ideas imperantes. Desde el humor la aproximación siempre es más sencilla, al ser mayor el distanciamiento de la realidad, de ahí que la comedia sobre el conflicto vasco tenga una mayor aceptación. Distinto es el recibimiento a las personas intrépidas -¿incautas?- que se atrevan a ejercer un ejercicio de autocrítica sobre el manejo por parte del Estado de estas cuestiones, o, más lejos aún, que planteen la posibilidad de que los terroristas, a pesar de sus deleznables actos, sigan siendo seres humanos. Cuando el poder establecido es la única versión socialmente aceptada, la disidencia se aplasta con el peso del tabú.

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Las drogas llevan tiempo formando parte del imaginario cómico. El personaje de “el fumao” se ha convertido en un clásico, y los gags en torno a las consecuencias del alcoholismo ya triunfaban en el cine mudo. La vertiente dramática, mayoritariamente asociada a la alerta acerca de los perjuicios del consumo de drogas, no se queda corta. Sin embargo, en todos estos casos se está hablando sobre personas y sobre las sustancias, no sobre la concepción que se tiene acerca de las mismas, que es el poder establecido en este tema. La droga es un tabú colosal, en cierta manera desmitificado a través de la normalización del consumo de las consideradas “drogas blandas”, pero que se mantiene enquistado en una idea que, no por cierta, deja de ser sesgada. El tabú fomenta el rechazo irracional, basado en la herencia de una educación y unos valores que parecen ser motivo suficiente para no generar debate, y Droga oral (Chus Gutiérrez, 2015) se revela frente a este poder establecido.

Toda idea dogmática rechaza cualquier alternativa y la condena de muerte sin parar a escuchar, lo que convierte a un tema tan cotidiano en desconocido para la inmensa mayoría, a la que la única información que le llega es la oficial: conductas perniciosas, destructivas y sin efectos positivos. El mensaje inunda el subconsciente colectivo y se ha convertido en una creencia, que genera respuestas automáticas. El primer impulso ante Droga oral puede ser fácilmente el de rechazo ante la sospecha de una banalización o incluso apología del consumo de drogas. En absoluto. La nueva obra de la directora española se propone diseccionar el estado de la cuestión acerca del consumo de estas sustancias mediante una aproximación al tabú desde el conocimiento de causa. La película se estructura a modo de testimonios a cámara por parte de personas que se relacionan de diferente manera con las drogas: no consumen, lo hacen de manera moderada, no terminan de manejar la situación, o son adictos clínicamente diagnosticados.

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Con un tono liviano que se aproxima más a la comedia pero no banaliza la gravedad de los testimonios, la autora se moja sin dictar sentencia. Desde su propio testimonio hasta el manejo de la puesta en escena –que rompe la cuarta pared y muestra tanto los entresijos del rodaje como lo que sucede antes y después de las declaraciones de los participantes–, Chus Gutiérrez normaliza el tratamiento de un tema enquistado en el miedo que lleva al desconocimiento, y lo consigue desde una maniobra de acercamiento al público. La autora ofrece la confianza de quien no se esfuerza en convencer, sino en dialogar. En Droga oral no se esconde toda esa parte mala acerca de las drogas, la que es de sobra conocida, pero la que destaca es la parte positiva, que interesa más por lo desconocida que resulta para quien no la haya experimentado. Una exposición compleja a pesar de la soltura con la que se desenvuelve la narración, que logra el objetivo marcado. El tabú cae por su propio peso, y con él salen a relucir ciertas vergüenzas de una sociedad que condena por desigual a los adictos en función de la sustancia en la que hayan caído, con especial aunque escueta mención al sector farmacéutico y la venta autorizada –aunque controlada– de sustancias igual de adictivas, y no sólo socialmente bien vistas sino fomentadas por quien vela por nuestra salud.

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