julio 8, 2020

Críticas: Robinson. Una aventura tropical

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Naufragio animado.

2016 está siendo un año fantástico para la animación. Entre producciones que han llegado cuando les tocaba llegar, y otras que han sido estrenadas con años de retraso, por las pantallas españolas ha pasado un conjunto de joyas que merecen una especial atención. Es el sublime trazo artesanal de El cuento de la princesa Kaguya, el stop motion nihilista de Anomalisa, el minimalismo conceptual y mudo de El niño y el mundo, las sutilezas subtextuales y la capacidad para generar infinitos gags visuales de Zootrópolis, la ternura desbocada de El Principito, o la delicadeza del origami en stop motion de Kubo y las dos cuerdas mágicas. Incluso, si se amplía el espectro, es inevitable encontrar hallazgos afortunados en producciones como Buscando a Dory, El recuerdo de Marnie o El niño y la bestia, tres cintas que este crítico no considera redondas, pero sí valiosas. Luego está el delirio de carcajadas que otorga Mascotas, una cinta menor pero bien afinada. Todo esto ha pasado por la cartelera, cuando todavía quedan más de tres meses para que termine el año.

Pero no es lo único, y no todo es bueno. En la otra cara de la moneda se encuentran films como Ice Age: el gran cataclismo o Angry birds, obras que naufragan en su medio, la animación, a la hora de trasladar a sus códigos la narración de lo que pretenden contar. La primera por su total desprecio a la sutileza, la segunda por colapso total, ninguna de las dos llega a buen puerto. Analizar las causas de sendos derrumbes cinematográficos no sólo supone un reto apasionante para toda aquella persona interesada en la crítica de cine, sino que otorga las pistas para comprender el fracaso, aún mayor, de Robinson: una aventura tropical. En la animación, al igual que en la acción real, las propuestas van desde la apuesta firme por la puesta en escena, hasta la defensa a ultranza del guion por encima de todo lo demás. Quien firma estas líneas considera que lo interesante está en la propuesta formal, en todo aquello que escapa al guion, pero ambos modelos son válidos. Prueba de ello está en la valoración que este crítico hace de Del revés, cinta que revolucionó el panorama cinematográfico el año pasado. A nadie se le debería escapar que este film apuesta, ante todo, por el guion. La animación es resultona, y el acabado de producción es sublime, pero lo que prevalece, lo que realmente importa, es la trama. Esto pesa en el análisis de una persona que observa cómo el trazo vive atenazado entre las estrictas normas del guion clásico de cine y las imposiciones de estudio, pero no impide que la valoración final sea, ante todo, positiva –si bien en absoluto entusiasta–.

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Dos modelos, dos formas de entender el cine, cada una de las cuales lleva sus ideas hasta el final para conseguir sus objetivos. El problema, por tanto, no es tanto de orientación sino de consecución. Ni Angry birds ni Ice age fracasan por escoger una vía errónea, pues en el cine no hay vías erróneas, sino desarrollos desafortunados; estas dos películas yerran el tiro por ser propuestas indefinidas, que abusan del lugar común y pecan de desgana. A su falta de vitalidad en el guion se suma un descuido por el apartado formal, por lo que el resultado final sólo puede ser intrascendente. Cierto que las aventuras de los animalitos prehistóricos tienen momentos puntuales de acierto, casi todos concentrados en la fabulosa ardilla Scrat –de los pocos instantes en los que el guion pasa desapercibido, en favor de un desglose de slapstick lleno de hallazgos visuales–, pero el resultado final cae en números rojos. Sin embargo, hasta estas dos producciones lucen en comparación con Robinson: una aventura tropical, que es una de las propuestas más insulsas que pasarán por las pantallas en mucho tiempo.

Esta producción belga, dirigida a cuatro manos por Vincent Kesteloot y Ben Stassen, sitúa la acción en una minúscula isla en medio de océano, en la que un grupo diverso de animales parlantes convive en armonía, hasta la llegada de un tal Robinson Crusoe. La cinta aborda el mítico relato de Daniel Defoe, pero a la habitual perspectiva del aventurero se le suma la de los animales, co-protagonistas de la historia. Adaptación muy libre del clásico, esta película opta por un tono para todos los públicos y el humor blanco. Nada de malo en ello; sólo hay que pensar en El Principito para comprender por qué definir a una película como “infantil” no sólo no es malo, sino que puede ser todo un cumplido. Se trata, nuevamente, de una cuestión de definición. La cinta a analizar tiene claro que lo que le interesa es el guion. Esto se observa desde el inicio del metraje, cuando se descubre que toda la película se va a contar a modo de inmenso flashback. A este juego con la estructura del relato se le suma la presencia de cada uno de los checkpoints del guion clásico de cine: presentación, incidente incitador, primer punto de giro, punto medio, el momento “todo está perdido”, clímax, resolución y desenlace. Pero aún hay más: sus responsables deciden que lo importante, y lo único que existe, va a ser la trama –por mucho que las series se empeñen en demostrar lo contrario, detrás de la trama, o texto, puede existir un subtexto–.

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En paralelo, una animación vaga, acomodada, que no se molesta en investigar en las formas, en captar la esencia de los movimientos de cada personaje –en palabras del mítico animador Norman McLaren, “la animación no es el arte del dibujo en movimiento, sino el arte del movimiento, que resulta que está dibujado”–. A fin de cuentas, una animación de acompañamiento, como si la solución lógica y única ante la idea de contar una historia infantil sea que esta tiene que estar representada mediante animación, y no por ninguna de las virtudes que este medio otorga. Indefinición, pues, en ambos bandos, lo que se conjuga para dar un lugar común de fondo y forma que cuesta digerir. Cuando el fondo es pobre pero la animación es certera, el resultado es Mascotas; cuando la animación es el apoyo de una trama insulsa, el resultado es Robinson: una aventura tropical.

 

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