agosto 12, 2020

Críticas: Richard Jewell

Cazando heroísmos, o repitiéndolos.

Richard Jewell es el enésimo trabajo de un ya anciano Eastwood en torno a la forja (y caida a los infiernos) del héroe o antihéroe americano. Y nos demuestra que el Eastwood que realmente nos interesa es el que se aleja de estos derroteros: Mystic river, Million dollar baby, Gran Torino o la más reciente Mula, no juegan a enarbolar la bandera del héroe aunque las dos últimas siguen la misma estela, salvada esta vez por la poderosa presencia frente a la pantalla, del propio cineasta. Y al final el Eastwood director, realiza una y otra vez la misma historia, la de aquella persona que no fue lo suficientemente aplaudida, venerada, aclamada por algún acto concreto que debería habérsele ensalzado. El héroe del día a día que se pierde en una marabunta social, incapaz de ensalzar los buenos valores pero sí de apreciar que algo es bueno por el número de likes que consigue.

El problema es que su cine últimamente tiene los mismos años que él, es un cine caduco, viejo; maduro, pero senil. Y cuando quiere hablar del héroe lo hace como si estuviéramos viendo un pastiche entorno a la mala sociedad que somos por no saber empoderarlos. Quizás es que no me guste endiosar a nadie.

Valga decir que Richard Jewell no me ha parecido una mala película, está bien escrita, bien interpretada y bien dirigida. Todo en ella funciona: Sus personajes, su banda sonora, pero sin embargo, no le veo alma. Creo que ya son varias las veces que con el indomable Eastwood me ocurre que no consigo abstraerme en la sala de cine, no consigue hacer que deje de pensar en mi día a día; al final su historia puede ser más o menos interesante o irrisoria, pero no me atrapa, me da un poco igual. Digamos, para que sea por todos comprensible, que tengo la sensación de que con leer la mayoría de las sinopsis de las películas de Eastwood que ensalzan la figura del héroe cotidiano, ya hemos visto la película. Todas parecen estar cortadas por el mismo patrón. Eso no es necesariamente malo, pero a mí me saca totalmente de la pantalla. Cuidado porque además cuenta con un mensaje bastante conservador, para amantes del Trump más enloquecido.

La historia nos habla del caso real acontecido en 1996 durante los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, Richard Jewell, un guardia de seguridad, descubrió una mochila con explosivos en su interior y evitó un número mayor de víctimas al ayudar a evacuar el área poco antes de que se produjera el estallido. En un principio se le presentó como un héroe cuya intervención salvó vidas, pero posteriormente Jewell pasó a ser considerado el sospechoso número uno y fue investigado como presunto culpable.

La incombustible madre sufridora está interpretada magistralmente por Kathy Bates y tiene una nominación al Globo de oro, la única para la película. Además la cinta ha logrado ser incluida entre las diez mejores películas del año para el American Film Institute y para la National Board of Review, pero mucho nos tememos que ni Kathy ni ese prodigio revelación (en un papel protagónico) que es Paul Walter Hauser, estarán el próximo 13 de enero entre los nominados a los Oscar, y deberían.

Billy Ray es el guionista responsable de la adaptación del artículo de Marie Heller en el que se basa la película. El mismo que estuvo nominado al Oscar por la adaptación de Capitán Phillips, aquel barco capitaneado por Tom Hanks que un Paul Greengrass con más garra, alma y tempo, sí supo llevar a buen puerto. Richard Jewell flojea, es emotiva en varios tramos, es sutilmente divertida, pero no conmueve ni nos mantiene en tensión en ningún momento y eso en un ritmo pausado, en una dirección tan funcional y academicista, conlleva algunos problemas de ritmo que no se pueden salvar ni siquiera con la escena bailando La macarena.

No me quiero olvidar antes de terminar este texto de hablar de la primera polémica cinematográfica del año, o la última del año pasado, según se mire (porque comenzó previa al estreno y os diré que estoy un poco hasta las narices de las polémicas en torno a las películas, de las campañas de difamación a directores, de las ofensas de unos y otros con su libertad de expresión y de que cualquier expresión artística sea considerada un ataque contra alguno de los movimientos sociales que enarbolan su bandera como si fueran los posedores de la verdad suprema, tuvieran el dogma moral y mirasen al resto del mundo con una ética intachable e incuestionable.

El intento de boicot a Richard Jewell por insinuar que una de sus periodistas pudo conseguir información de primera mano después de haber mantenido relaciones sexuales con un hombre del FBI, es tan ridículo como sonrojante. Parece como si, no voy ni siquiera a juzgar si los hechos son reales o no, un director no pudiera contar en sus películas lo que le diera la realísima gana y de la manera que determinase oportuna, se llama libertad de expresión. Podemos estar de acuerdo con sus ideas, pero podrá hacer su cine como él quiera y eso no determina (o no debería) que su cine pueda ser considerado una obra maestra o un producto deleznable. Y pareciera también que esas cosas nunca hubieran existido, que ninguna mujer, ni ningún hombre, han obtenido rédito laboral a la hora de tener intercambios sexuales con sus superiores, compañeros o conocidos. Y esa también es una libertad personal, señores, hacer cada uno con su cuerpo lo que le venga en gana y obtener con ello lo que se precise: sea información, sosiego, relajación, desfogue, diversión o rutina.

Asi que dejemos a Eatswood hacer las películas que le de la gana, de la manera que quiera (ojalá le queden muchas), critiquemos si queremos sus actos, pero las obras es algo absurdo- Y juzguémoslas sin prejuicios, por lo que nos han dado como espectador. A mí no me ha aportado nada nuevo ni demasiado sustancial, ojalá vosotros lo veáis con otros ojos. Eso es lo bonito. Eso es lo emocionante. Eso es el cine.

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