agosto 10, 2020

Las 10 de los años 10

Nuestro top de la década.

Hace diez años todavía no existía Cinema Ad Hoc. La mayoría de quienes hoy lo conformamos, por aquel entonces ni nos planteábamos poder escribir o poder ir acreditados a grandes festivales y disfrutar de nuestra gran pasión: el Cine. Al borde ya de cambiar de numeración de década (no vamos a entrar en si es correcto decir que cambiamos de década o no), hemos decidido echar la vista atrás y hacer balance de lo que para nosotros han supuesto a nivel cinematográfico los convulsos años 10.

Nos ha costado lo nuestro decidir solo 10 películas de estos diez años y ha habido muchas que hemos tenido que dejar fuera con mucho dolor. Ha sido, para una servidora, una de las mejores décadas cinematográficas de la historia pero había que elegir. Nos duele también la poca presencia de directoras en los tops a excepción de Claire Denis (High Life), Celine Sciamma (Historia de una mujer en llamas) y Jennifer Lee (co-directora de Frozen: El reino de hielo). Tampoco hemos tenido mucho cine patrio en nuestras listas al margen de Almodóvar (Dolor y Gloria) y Carlos Vermut (Magical girl) y, una vez más, la primera en la lista solo ha formado parte de 5 de los 11 tops personales que os dejamos más abajo. Repetimos eso de ¡Maldita Democracia!

No somos originales ni somos los primeros, pero aquí os dejamos nuestras 10 películas más votadas de los últimos diez años entre los miembros actuales de Cinema Ad Hoc. Como siempre, gracias los que están, a los que estuvieron e hicieron CAH posible y a los que estarán. Y, por supuesto, gracias a vosotros, lectores, que seguís ahí un año más. Que lo disfrutéis.

Feliz 2020.

Mª Carmen Fúnez.

 

1. El árbol de la vida por Alain Garrido.

¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué es el amor? ¿Por qué mi padre hizo aquello? ¿Qué hago con mi vida ahora? ¿Dios existe? Grandes preguntas de la humanidad y cuestiones personales acerca del devenir de cada uno; ninguna respuesta o muy pocas. Un órdago al espectador que lo empequeñece frente a la grandilocuencia del origen del mundo y lo agarra emocionalmente con un soberbio drama familiar fraguado en la felicidad soñada, el rencor y el perdón. Todo ello encapsulado en una película única y majestuosa que abruma en su totalidad
El Malick más lírico y el Malick más personal se fundieron en una de las mejores Palmas de Oro que ha catapultado el Festival de Cannes en sus más de setenta ediciones. Una película que rebosa belleza visual, nunca impostada, siempre con la ambición y la convicción artística de estar al servicio de la historia, anteponiendo el espectro narrativo y su posterior capacidad conmovedora en el espectador a las pretensiones estilísticas del autor. Huyendo de lo caprichoso, ni el polémico segmento sobre el origen del universo y la Tierra, toda la amalgama de imágenes, drama clásico y desenlace místico fluye como un compendio de las grandes preguntas que azotan a todo ser humano en algún momento de sus vidas. Y, sin querer sonar a cliché, todo aderezado con la brillante fotografía de Emmanuel Lubezki y las soberbias partituras de Alexandre Desplat. Quizás aquella máxima popular de “una película más grande que la vida” nunca ha estado más cerca de ser verdad. Dejando atrás la ironía, El árbol de la vida es indiscutiblemente una obra maestra, íntima e insólita.

2. Mommy por Jorge Fernández-Mayoralas.

El cine de Dolan descansa en los prolegómenos de un melodrama clásico adecentado con un barroquismo estético y una banda sonora musical indie, postmoderna y popera que embelesa sobre todo a los que como él, hemos nacido en los 80. Con este quinto largometraje consiguió ex aequo con Godard el Premio del Jurado de Cannes y quizás sea la película más madura de este prolífico, excesivo y narcisista cineasta.

Dolan siente a sus personajes y eso se percibe en todo el metraje, sobre todo, en una sobrenatural manera de dirigir a sus actores. Desde su alter ego, el efebo adolescente perdido y sin metas interpretado por Antoine Olivier Pilon (que juega incluso al erotismo) hasta la madre moderna y también perdida encarnada por Anne Dorval. Junto a la vecina tartamuda Suzzane Clement (Lawrence Anyways) componen un triángulo interpretativo de infarto.

La película juega con el formato, con las canciones, con los planos y los movimientos de cámara, siendo Dolan el demiurgo del destino del adolescente descarriado, que debe encontrar su lugar. Pero consigue que nos olvidemos de él y que madre e hijo sean verdaderamente los protagonistas. La pantalla cambia cuando están felices, también sus expresiones, su forma de hablar, su relación se transforma escena a escena, como cualquier pequeño matiz puede afectar a la intensidad y al compromiso de las relaciones reales. El problema es que, en este caso, el compromiso materno filial suele ser perpetuo. Y el miedo a perder esa perpetuidad es desolador.

Una de las secuencias más bonitas gracias a la inspiración que le provocó Experience del músico Ludovico Eiunaidi y que se basa como él mismo afirmó en quizás el mejor final de la Historia de la televisión: A dos metros bajo tierra, es aquella en la que la madre de Steve crea unas imágenes futurísticas en su cabeza. Todas las esperanzas que tiene en su hijo y en el mundo que le rodea. Y que puede que nunca se materialicen.

Mommy atrapa desde un prólogo distópico por el que a través de una nueva ley, los padres pueden dejar la custodia de sus hijos problemáticos o agresivos, al Estado. Y utiliza esta premisa para contarnos la historia de una madre y un hijo que se adoran, pero que a su vez no pueden estar juntos. Nos habla de la esperanza a través de la rutina; del fracaso; de equivocarse y sólo así ir configurando nuestro camino. Y consigue que nos preguntemos dónde está nuestro amor, el que nos deben y el que debemos dar. ¿Dónde está la esperanza? ¿Hace falta llegar a una distopía para demostrárnoslo?

3. Carol por Yago Paris.

Existe un discurso compartido en torno a la mirada como elemento de poder sobre aquello que se observa en la reciente Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019) y Carol (Todd Haynes, 2015). Se trata de dos filmes donde se investiga acerca del mundo femenino, del amor lésbico y de cómo la observación evoluciona de la jerarquía del poder a la horizontalidad del amor. Parece complicado exponer todos estos conceptos y no mencionar la palabra clave que se ha utilizado en los últimos años para todo discurso en torno a la mujer: feminismo. En efecto, ambas películas se adscriben a dicho movimiento social, habida cuenta del enfoque que aplican a sus historias, pero el lapso de cuatro años quizás ayude a entender cómo dicho concepto se desarrolla.

Mientras en Retrato de una mujer en llamas todas sus sugerentes virtudes formales quedan lastradas por un abordaje impostado, como si se hubiera hecho pensando en todo momento en la favorable recepción del público —el feminismo se ha convertido en una herramienta de marketing más—, en Carol el concepto se desarrolla desde el revisionismo del melodrama, el juego con sus claves y el homenaje constante a una de las referencias del género, Douglas Sirk, figura sin la que no se puede comprender el cine de Haynes. Desde esta perspectiva, la cámara de fotos que utiliza la protagonista se utiliza como un juego metacinematográfico a través del que el autor desarrolla un discurso formal contundente y coherente acerca de la mirada y el deseo femeninos, ideas necesariamente feministas, alejándose de cualquier impostura coyuntural.

4. Call me by your name por Diego Bejarano.

Decía André Aciman, autor de la novela en que se basa Call me by your name, que el alto precio que hay que pagar por experimentar «lo mejor que te puede ocurrir en la vida» (en referencia a ese amor iniciático que se vive con tanta pasión que nos marca para siempre) es aceptar que en algún momento lo acabarás perdiendo. Solo con la perspectiva que nos da el paso del tiempo podemos comprender que la intensidad de esa relación primeriza viene determinada por su naturaleza finita, que precisamente porque termina nos deja una huella tan honda, y que abrazar el dolor que sigue a la separación (y esto lo explicita Michael Stuhlbarg en un espléndido discurso hacia el final de la película) es parte esencial del proceso, pues dicho dolor es la prueba irrefutable de que tuvimos el privilegio de vivir esa experiencia. Luca Guadagnino comprendió esta idea claramente y logró capturar en 130 minutos de metraje lo que otros tantos ni siquiera estuvieron cerca de poder filmar: el huracán emocional del primer enamoramiento, la ardiente incertidumbre previa a la consumación amorosa, la entrega arrebatada al oscuro objeto de deseo, las esperas interminables entre cada encuentro clandestino y, por último, la tristeza inabarcable ante la pérdida. El desafío de Guadagnino consistió en ofrecer una dirección estilizada (en la que no faltaban una puesta en escena de evidente invitación a la nostalgia, una fotografía que captaba a la perfección los cálidos colores del verano, y planos secuencia tan elegantes como el de la soterrada declaración amorosa de Elio) sin perder nunca pie en la realidad tangible, principalmente gracias a una constante atención a los pequeños detalles que garantizaba la verosimilitud del relato. Pero quien de verdad insufló alma a esta película y la elevó de categoría fue un jovencísimo Timothée Chalamet absolutamente volcado en su personaje, capaz de desarmar con la naturalidad de sus gestos, con la veracidad de sus lágrimas, con la amplia dimensión de su mirada; un actor que consiguió, por encima de todo, robarnos el aliento en un plano final que es ya una de las secuencias más hermosas y conmovedoras de la historia del cine.

5. Melancolía por Carlos Rodríguez.

Entre las intenciones del danés Lars von Trier no parece estar ya rodar una película sin pretensión de trascendencia. Fondo y forma se unen indisolublemente, instándonos a compartir sus tormentos personales. Es así en toda su “trilogía de la depresión”. Por supuesto, también en Melancolía. En ella, el drama interno de Justine, interpretada con una veracidad que te desarma por Kirsten Dunst, se entremezcla con la historia de un planeta que está a punto de destruir la Tierra.
El magnífico preludio de la película funciona de forma cuasi operística: las bellas imágenes, de pronunciado carácter estético, pictórico, se articulan como una anticipación/presentación de los principales temas, apoyadas por la siempre omnipresente música del Preludio de Tristán e Isolda de Wagner. Posiblemente, una de las músicas más bellas jamás compuestas, que el director se atreve a resignificar, apegándose a una misma función global. La mezcla logra eso tan difícil en el cine como es capturar un estado de ánimo. Y la película ya no se bajará de ahí.
Son dos las temáticas principales abordadas en Melancolía: la devastación psicológica y física de la depresión, representada en el personaje de Justine; y la inexorabilidad de la muerte, en la amenaza del planeta Melancolía. Lo interesante es cómo el danés conjuga ambos temas de manera totalmente orgánica, y contrapone distintas visiones y formas de confrontar el drama en los distintos personajes. Justine no es capaz de sentir absolutamente nada ni en el día de su boda, pero es precisamente ese vacío existencial lo que le permite afrontar el final con serenidad. Claire posee una vida holgada con la que se siente a gusto, y la enfermedad de su hermana supone para ella una perturbación. Leo, su pequeño hijo, afronta los problemas con inocencia, solo busca protección, refugio.
Es ese refugio el centro compositivo de lo que será el (anunciado) desenlace, en el emocionantísimo último acto. El apocalipsis es individual y colectivo a la vez, y es el espectador el que decide en cuál de las tres posturas se ve identificado: Leo, reconfortado, decide confiar en la “magia” de su tía; Claire siente auténtico terror; para Justine, en cambio, el fin último es liberador, diríase que casi esperanzador. Se confirma así con su personaje aquella famosa frase de Víctor Hugo: La melancolía es la felicidad de estar triste.

6. Holy Motors por Maldito Bastardo.

Leos Carax convierte a su protagonista en el propio cine, aquel objeto de enmascarar la realidad y la propia vida. Más lejos de un discurso que enfrente la verdad a la mentira (y viceversa), la idea de Holy Motors es hallar el equilibro entre la fantasía y la reproducción social en el plano real que hacemos nosotros mismos. El cine, al fin y al cabo, se convierte en una herramienta de reproducción ante esos actos humanos carentes de originalidad. El film de Carax desde encender esa chispa y despertar dentro de esos espectadores durmientes que somos también nosotros mismos. El reflejo de lo que fue el cine y del cine que se convertirá siempre en ese nuevo inconsciente social: el cine como vida, la vida como actuación, la actuación como máscara, la máscara para la vida, la vida como cine… La concepción episódica refunde en un conjunto cinematográfico de gran todo. El anhelo de un bosque abre la puerta y cerrojo del filme, para trasladarnos a los lugares más recónditos del subconsciente cinematográfico dormido. Empezando desde un barco, como si llegáramos a un puerto donde comienza el camino de un viaje tal vez sin retorno o como un elemento circular… De este modo, los géneros quedan dinamitados y la capacidad de deambular entre lo fascinante a lo complejo —de lo detestable a lo ridículo— es la esencia de una película de películas posibles, ya que la idea de Carax es romper el tedio de ese cine domesticado, fosilizado y en coma con una esencia indómita, anárquica y quimérica. ¿El tren (y limusina) hacia una nueva verdad cinematográfica?

7. Amor por Néstor Juez.

Era hasta cierto punto inevitable que una de las películas del que quizás sea el realizador de cine de autor más venerado de este siglo fuese recogida en el listado de lo mejor de la década que hemos conformado en Cinema Ad Hoc. Su película más esperada y de las más aplaudidas, pese a demarcarse a nivel temático y formal de algunas de las constantes más reconocibles de su estilo que sus aficionados ya esperaban a estas alturas de su trayectoria. Una película que por su momento de estreno se interpretó su exitoso recorrido en ceremonias de premios como resultado de la inercia y de mantener una tendencia sin cuestionarla, cuando en realidad se limitaban a reconocer la evidencia, a elevar a los altares a la que ha sido una de pocas obras maestras del siglo. Es Amor, dirigida por Michael Haneke. Una película aparentemente sencilla y poco vistosa, pero que contiene un relato extremadamente desgarrador.

Extraordinario trabajo interpretativo de unos ya difuntos Emmanuelle Riva y Jean-Louis Trintignant, que transmiten tanto una comprensión y afecto tramado durante décadas como una novedosa y rupturista incomodidad, frustración y rechazo ante la ineludible destrucción del clima de su relación, en el que el amor es cada vez menos posible. La película retrata a la perfección un drama diario al que se enfrentan muchas familias en nuestra sociedad occidental: la enajenación de sí mismo de un anciano en irrevocable pérdida de facultades, la transformación de una persona en un ser vivo inútil y extraviado que en poco se parece al que fue, un extraño que invade el espacio de su pareja de manera agresiva, que se encuentra con el incómodo dilema de ayudar a su antiguo amado sin saber como llegar a él. Un problema trágico de nuestro tiempo al que nuestra hipocresía social se niega a dar soluciones prácticas.

Una de las grandes virtudes del cine del austríaco, casi nunca mencionada, es su excelso trabajo del encuadre. No es esta una película de fotografía preciosista ni de exhibición formal, pero su manera de retratar el espacio como personaje y elemento para crear tensión o introducir cambios en la escena es fascinante para el observador. Muestra de ello es la magistral escena de la paloma en el recibidor, que Trintignant intenta capturar sin éxito.

8. La vida de Adèle por Mª Carmen Fúnez.

La sexta película de Abdellatif Kechiche estuvo rodeada de polémica desde el mismo momento en el que se proyectó por primera vez en el Festival de Cannes de 2013. Aún sin haberla visto, La vida de Adèle tuvo las críticas más exaltadas que se recuerdan de los últimos años por parte de colectivos de lo más diferentes entre sí. Y todo por una sola escena de sexo; una escena de diez minutos de sexo lésbico que probablemente la mayoría de las personas que la criticaron ni llegaron a ver. La película de Kechiche es mucho más que esos diez minutos, es el reflejo de lo que significa crecer y descubrir el sexo, el amor y el desgarro del desamor a través de una adolescente, Adèle, que por primera vez experimenta en su cuerpo todas las sensaciones con las que cualquier persona que se haya enamorado alguna vez se siente identificado.

El argelino adaptaba en 2013 la novela gráfica de Julie Maroh Blue Is the Warmest Color , narrando la evolución personal y sexual de Adèle sin estridencias, recurriendo a una forma natural de filmar que incide el uso de primeros y primerísimos planos de los ojos, la boca y el cuerpo de Adèle Exarchopoulos con los que su goce, sus dudas y su sufrimiento son capaces de traspasar la pantalla. La vida de Adèle es una de las películas más importantes de la década precisamente porque pocas veces se ha podido sentir en el cine con tanto realismo el primer amor y la tristeza de la ruptura.

9. Mad Max: Fury Road por Daniel Pérez Pamies.

La hipertrofia de la imagen-movimiento deleuziana es la expresión matérica de las teorías del aceleracionismo. El tren de sombras que desató el pánico entre los primeros espectadores del Gran Café de los Capuchinos esta vez sí ha descarrilado en su llegada a la estación. El asalto y robo de poco más de diez minutos que inauguró los géneros cinematográficos se ha prolongado en una persecución salvaje por un desierto yermo. La “frenética estilización formal” de la que hablaba Yago Paris es la energía cinética de una imagen a punto de colisionar. Las mujeres se han liberado de su condición de sujeto pasivo (han escrito en la pared “WE ARE NOT THINGS” con pintura lechosa) y son ellas las que apuntan ahora con su escopeta al público equidistante. El paisaje de Mad Max es el de la post-historia capitalista. La furia en la carretera comienza tras disiparse la polvareda atómica de la explosión bursátil. Adaptación liminal del colapso profetizado por Nick Land: “Por todas las madrigueras abandonadas en el corazón de las tinieblas feroces culturas juveniles ensamblan neorrituales con armas innovadas, drogas peligrosas y tecnología recuperada de entre los desechos”. Los acordes distorsionados de una guitarra eléctrica arrojada a la cara del espectador acompañan el ritmo atávico de unos tambores tribales. Como bien sabía Giorgio Agamben, lo contemporáneo siempre arrastra lo arcaico. Pero en este éxodo figural no existe ninguna Tierra Prometida. La línea del horizonte se ha difuminado entre tormentas de arena que evocan las catástrofes pictóricas de Turner. “Imagina que caes. Pero no hay tierra”, escribe Hito Steyerl. No hay horizonte ni, por tanto, futuro. El espacio a reconquistar es el presente. “Mi nombre es Max. Mi mundo es fuego y sangre.”

10. Boyhood por María del Mar Gallardo.

El paso del tiempo. Ese ente intangible y tan escurridizo que, cuando uno quiere darse cuenta de su existencia, ya se ha cobrado infancia, juventud y gran parte de la vida adulta. Atrás quedan estudios, ilusiones, corazones rotos y luchas diarias. En su lugar, el vacío en el hogar que deja un hijo al marchar a la universidad, a quien le quedan todavía oportunidades por tomar, errores que cometer. ¿Lo hará mejor? Seguramente no. Pero no tiene que ser un héroe, ni un gran hombre, como dice la canción que escucha el joven mientras conduce hacia su futuro, lejos de casa. Tan solo necesita recorrer su propio camino, luchar sus propias batallas.

Qué fácil verse reflejado en uno de estos dos personajes. La madre o el hijo. La hija o el padre. Y qué difícil recoger y plasmar, en tan solo 2 horas y 45 minutos, tantas emociones, tantos años, tantos momentos en apariencia insignificantes (una tarde en la bolera, un corte de pelo, la presentación de un libro, una acampada) pero en realidad tan transcendentes y forjadores de carácter para un niño y su avance hacia la adolescencia y la vida adulta.

39 días de rodaje distribuidos en una producción de 12 años. Esa fue la fórmula de Richard Linklater. Un paso del tiempo literal, pero también un exquisito y cuidado guión que juega entre la improvisación, la naturalidad y esos diálogos/reflexión capaces de atravesar cualquier coraza. Sin olvidar el trabajo mastodóntico de unos actores, grandes y pequeños, que vuelcan todas sus verdades en la creación de sus personajes. Sí, no es la primera vez que una película es capaz de reflejar el fluir de la vida. Pero ninguna lo ha hecho como Boyhood. Sin duda alguna, una de las mejores historias que el celuloide nos ha regalado esta década.

Tops personales:

Alain Garrido:

1. Gravity (Alfonso Cuarón, 2013)
2. El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011)
3. El congreso (Ari Folman, 2013)
4. Del revés (Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015)
5. Dolor y gloria (Pedro Almodóvar, 2019)
6. Carol (Todd Haynes, 2015)
7. Mommy (Xavier Dolan, 2014)
8. La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013)
9. La llegada (Denis Villeneuve, 2016)
10. Her (Spike Jonze, 2013)

Carlos Rodríguez:

1. Bone Tomahawk (S. Craig Zahler, 2015)
2. Frozen. El reino de hielo (Chris Buck, Jennifer Lee, 2013)
3. Melancolía (Lars von Trier, 2011)
4. The Master (Paul Thomas Anderson, 2012)
5. Call me by your name (Luca Guadagnino, 2017)
6. El Lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013)
7. Whiplash (Damien Chazelle, 2014)
8. La bruja (Robert Eggers, 2015)
9. The Neon Demon (Nicolas Winding Refn, 2016)
10. Jodorowsky’s Dune (Frank Pavich, 2013)

Daniel Pérez-Pamies:

1. Under the skin (Jonathan Glazer, 2013)
2. Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015)
3. Carol (Todd Haynes, 2015)
4. Holy Motors (Leos Carax, 2012)
5. The tree of life (Terrence Malick, 2011)
6. Under The Silver Lake (David Robert Mitchell, 2017)
7. Personal Shopper (Olivier Assayas, 2016)
8. High Life (Claire Denis, 2018)
9. Phantom Thread (Paul Thomas Anderson, 2017)
10. Adieu au langage (Jean-Luc Godard, 2014)

Diego Bejarano:

1. Call Me by Your Name (Luca Guadagnino, 2017)
2. Mommy (Xavier Dolan, 2014)
3. La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013)
4. It Follows (David Robert Mitchell, 2014)
5. El Gran Hotel Budapest (Wes Anderson, 2014)
6. Drive (Nicolas Winding Refn, 2011)
7. La bruja (Robert Eggers, 2015)
8. El extraño (Na Hong-jin, 2016)
9. Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015)
10. Sólo los amantes sobreviven (Jim Jarmusch, 2013)

Iván Ginés:

1. Film Socialisme (Jean-Luc Godard, 2010)
2. Passion (Brian de Palma, 2012)
3. Vitalina Varela (Pedro Costa, 2019)
4. O Estranho Caso de Angélica (Manoel de Oliveira, 2010)
5. What Places of Heaven, What Planets Directed, How Long the Effects? or, The General Accidents of the World (David Gatten, 2013)
6. L’amant d’un jour (Philippe Garrel, 2017)
7. Yourself & Yours (Hong Sang-soo, 2016)
8. The Lost City of Z (James Gray, 2016)
9. Le fils de Joseph (Eugène Green, 2016)
10. High Life (Claire Denis, 2018)

Jorge Fernández-Mayoralas:

1. Mommy (Xavier Dolan, 2014)
2. Melancholia (Lars Von Trier, 2011)
3. La vida de Adele (Abdellatif Kechiche, 2013)
4. Incendies (Denis Villeneuve, 2010)
5. The tribe (Myroslav Slaboshpytskiy, 2014)
6. Drive (Nicolas Winding Refn, 2010)
7. Cisne negro (Darren Aronofsky, 2014)
8. El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011)
9. Martin Eden (Pietro Marcello, 2019)
10. The king of pigs (Yeon Sang-Ho, 2011)

Maldito Bastardo:

1. Boyhood (Richard Linklater, 2014)
2. Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas (Apichatpong Weerasethakul, 2010)
3. Her (Spike Jonze, 2013)
4. The Master (Paul Thomas Anderson, 2012)
5. Holy Motors (Leos Carax, 2012)
6. Carol (Todd Haynes, 2015)
7. El cuento de la princesa Kaguya (Isao Takahata, 2013)
8. La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013)
9. Hereditary (Ari Aster, 2018)
10. El hijo de Saul (László Nemes, 2015)

Mª Carmen Fúnez:

1. Amor (Michael Haneke, 2012)
2. Los odiosos ocho (Quentin Tarantino, 2015)
3. A ghost story (David Lowery, 2017)
4. Mommy (Xavier Dolan, 2014)
5. Magical girl (Carlos Vermut, 2014)
6. Sueño de invierno (Nuri Bilge Ceylan, 2014)
7. Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012)
8. Solo los amantes sobreviven (Jim Jarmusch, 2013)
9. The Endless (Justin Benson, Aaron Moorhead, 2017)
10. Melancolía (Lars Von Trier, 2011)

María del Mar Gallardo:

1. Call Me By Your Name (Luca Guadagnino, 2017)
2. La La Land (Damien Chazelle, 2016)
3. Boyhood (Richard Linklater, 2014)
4. Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2013)
5. Felices sueños (Marco Bellocchio, 2016)
6. Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019)
7. Dolor y gloria (Pedro Almodóvar, 2019)
8. Los niños lobo (Mamoru Hosoda, 2012)
9. Roma (Alfonso Cuarón, 2018)
10. Una cuestión de tiempo (Richard Curtis, 2013)

Néstor Juez:

1. Amor (Michael Haneke, 2012)
2. Carol (Todd Haynes, 2015)
3. Cisne negro (Darren Aronofsky, 2010)
4. Martin Eden (Pietro Marcello, 2019)
5. El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011)
6. Melancolía (Lars Von Trier, 2011)
7. La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013)
8. El hilo invisible (Paul Thomas Anderson, 2017)
9. Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019)
10. Drive (Nicolas Winding Refn, 2011)

Yago Paris:

1. El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011)
2. Holy Motors (Léos Carax, 2012)
3. Mad Max: furia en la carretera (George Miller, 2015)
4. The Neon Demon (Nicolas Winding Refn, 2016)
5. It follows (David Robert Mitchell, 2014)
6. El cuento de la princesa Kaguya (Isao Takahata, 2013)
7. Magical Girl (Carlos Vermut, 2014)
8. Videofilia (y otros síndromes virales) (Juan Daniel F. Molero, 2014)
9. Qué difícil es ser un dios (Aleksey German, 2013)
10. The master (Paul Thomas Anderson, 2012)

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