febrero 15, 2020

Críticas: 1917

El estrés y el dolor en la guerra en tiempo real.

Paseíllos por las trincheras, escondijos en las líneas enemigas, zancadillas en casas abandonadas, carreras entre las llamas, saltos en el agua, peleas con el adversario. La supervivencia ante los obstáculos constantes de la contienda bélica. Estas son las pruebas que deben superar Schofield y Blake, dos jóvenes soldados británicos, mientras cumplen su misión: entregar un mensaje, atravesando el puesto del ejército alemán, para evitar un mortífero ataque contra sus compañeros, entre ellos, el hermano mayor de uno de ellos. Una epopeya a contrarreloj, narrada en un asombroso plano secuencia, que se revela como una de las experiencias cinematográficas más vibrantes y prodigiosas de los últimos años.

Flamante ganadora, por sorpresa, de los Globos de Oro (mejor película dramática y dirección), 1917 se afianza, galardones aparte, como una de las mejores películas del año, otra joya más de un 2019 repleto de grandes títulos. Por otro lado, supone la enésima constatación de la maestría de Sam Mendes, autor poco reverenciado en ciertos círculos, pero con una trayectoria intachable que incluye American Beauty, uno de los mejores debuts de la historia, Skyfall, la mejor de la saga Bond, y las estupendas Camino a la perdición y Revolutionary Road. En su nueva película, el cineasta británico ofrece un deslumbrante plano secuencia para mostrar el calvario de la guerra en primera persona y en tiempo real, con un inteligente hiato, mientras sus dos protagonistas intentan entregar en ese lapso de tiempo la nota que puede evitar una barbarie.

Una puesta en escena que deja boquiabierto en numerosas ocasiones y, aunque en largo plano secuencia se adviertan algunos cortes, no es motivo para menospreciar la hazaña de Mendes. Es tan obvio como necesario. Ahora bien, la propuesta visual y narrativa solo es la parte superficial de la película y está siempre justificada y al servicio de la historia, nunca como un truco para fascinar sin razón; además, detrás de esa capa hay mucho por escarbar. Por ejemplo, el director explora el medio cinematográfico para mostrar el horror de la guerra, la experiencia en el campo de batalla, el desasosiego, el dolor y el instinto de supervivencia en tiempo real y en primera persona. Todo lo que Christopher Nolan quiso acometer en Dunkerque y quedó a medio camino, perdido en filigranas técnicas caprichosas y un uso abusivo de la música de Zimmer. En cambio, Mendes combina el tiempo de forma más orgánica y cohesiona más acertadamente todos los ingredientes del cine para ofrecer una experiencia inmersiva.

Por otro lado, 1917 es, ante todo, un relato de supervivencia, pero bajo esta aventura terrorífica, encontramos un relato sobre el proceso de maduración de dos niños obligados a jugar al juego de la guerra. Sí, porque Schofield y Blake, son al fin y al cabo, dos soldados de unos dieciocho años, sacados abruptamente de la adolescencia para satisfacer la voluntad del Estado y esa Humanidad empecinada en ir a la guerra por cuestionas nimias para el habitante de a pie. Así pues, la película de Mendes puede leerse como un manifiesto antibélico promulgado en el vía crucis de los dos jóvenes cabos. En última instancia, 1917 también se convierte en un film humanista, un canto a la vida y a la concordia en tiempo y lugares adversos, un deseo irremediable de seguir con vida y de luchar a contracorriente para evitar miles de muertes.

Ahí radica la fuerza arrolladora de la película, el torrente de emociones que Mendes logra transmitir en el plano secuencia del que es imposible huir. No hay escapatoria. Por un lado, el estrés continuo se apodera del cuerpo del espectador y, por otro lado, el calvario del protagonista también va haciendo mella en uno mismo, la explosión de nervios y dolor es compartida dentro y fuera de la pantalla. No mentiría un servidor si no asegurara que dejó buena parte de su lagrimal en dos escenas concretas, sin spoilers: el punto culminante a mitad de metraje en una casa abandonada y la carrera entre soldados saliendo de la trinchera en uno de los clímax más emocionantes de los últimos tiempos. De hecho, con 1917, he vibrado como no me ocurría desde Gravity. Las dos comparten ser dos relatos de supervivencia, en situaciones completamente adversas, con uso del plano secuencia como herramienta para mostrar las penalidades en tiempo real y en que sus autores, Sam Mendes y Alfonso Cuarón, están tan preocupados por la asombrosa puesta en escena como por la el relato central. Las emociones deben surgir sin aspavientos por ambos lados y confluir de un modo natural. Ambos lo logran con creces.

Las dos cintas comparten otro nexo en común: una banda sonora envolvente y, por qué no, magistral. Thomas Newman es el encargado de poner los acordes a la aventura de Schofield y Blake, su banda sonora empieza en un segundo plano, casi como un acompañante en voz baja y, poco a poco, va emergiendo como un elemento indispensable de la narración para dar mayor sensación de angustia y horror. En su probable 15ª nominación al Oscar, Thomas Newman debería (¡por fin!) ganar la estatuilla dorada. El volumen de la música va subiendo al primer plano conforme el estrés del protagonista va in crescendo, cuando la carrera a contrarreloj va agotando sus minutos. Mendes nunca abusa de Newman y el compositor además se ausenta en ocasiones con gran acierto y en otras se explaya con sus temas más característicos, como en el precioso epílogo. Una escena que podría ser tildada de sentimental, pero resulta del todo necesaria para mostrar una de las recomposiciones del dolor más intensas que uno haya visto y la llegada de la paz y tranquilidad tras las horas tormentosas previas.

La ferocidad del fuego y el agua, los dos elementos naturales que propician una destrucción total. La avasalladora lucha por la supervivencia en el campo de batalla. El odio entre rivales. Salvaguardar una nota a toda costa; también una fotografía. Buscar irremediablemente la calma y sobreponerse a la barbarie y las víctimas. La misión narrada en 1917 es una de las mayores experiencias cinematográficas y una de las epopeyas más deslumbrantes y conmovedoras de la Historia.

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