7 de diciembre de 2021

Terrormolins 2021: Cortos

Pasos cortos por TerrorMolins 2021.

No hay festival pequeño cuando hablamos de una edición número 40. Me emociona especialmente que la vuelta al circuito de película-cola-película sea en TerrorMolins, donde se disfruta un ambiente acogedor gracias a su equipo y donde el terror es más que sugestionable cuando llegas a su sede oficial, La Peni, y su iluminación la convierte en una más que plausible catedral del grito (aunque las risas y los aplausos siempre sean bien recibidos).

Una de las paradas imprescindibles son las sesiones de cortometrajes, donde cabe todo y todos, donde el festival sí es pequeño por su duración, pero donde desde su selección se abren miras a cualquier tipo de interpretaciones a través del cine de género, ya sea animado o de imagen real, arty o clásico, un espacio en el que descubrir nuevos nombres o reencontrarnos con viejos conocidos de Molins y que, en compañía, se disfruta mucho más.

Llegar tarde es una opción grata si te encuentras una segunda sesión como esta: la animación pasa primero por el estilo más clásico, a través de la iraní Malakout que juega con el stop-motion para hablarnos de la tortura de elegir entre dos pasiones vitales, el amor por una mujer y el amor por la música. De un modo algo metódico nos lleva entre cuentos góticos y retazos rememorando una suerte de Frankenstein por los males humanos adquiridos a través de unas manos transplantadas. Pese a su elaborado trabajo en la puesta en escena, la historia no consigue transmitir todo el dolor que genera. El suspiro más original llega con Cómo lavarse las manos mientras la Civilización colapsa y ciertamente su título ofrece todo lo que necesitas saber de este furioso corte de un minuto de duración que deja en nada las recomendaciones coronavíricas adquiridas, donde nos recomendaban lavarnos las manos al ritmo de Britney Spears. Afianzando la idea de sororidad y el renovado concepto de eco-terror llega la última propuesta animada, Self-Actualization of the Werewolf Woman donde licántropas y vampiras dan su punto de vista sobre cómo mejorar su lado humano a la hora de enfrentarse a sus víctimas. Anecdótica más que rompedora, su historia con guiño final la convierte en una simpática crítica social.

Sweet Mary, Where Did You Go?

Como siempre, hay momentos para los rebanamientos y el gore, así que pasamos de una puyita social a otra menos objetiva y más festiva (al menos para los que se encontraban en la sala) con Inhumano de Íñigo Acha. Sangre y excesos como respuesta a la inoperancia de una sociedad incapaz de prestar atención a lo que le rodea, celebrando el psycho que todos llevamos dentro, con unos título de crédito muy bien traídos por su idea y elección sonora. La locura de excelencia visual y sinsentido argumental llegaba con Sweet Mary, Where Did You Go? que plantea una premisa muy aussie que nada tiene que ver con su resolución. ¿Mareando la perdiz para sorprender? ¿Engañando al espectador solo por el hecho de explotar el éxtasis colorístico? Hay sangre y ensañamiento en manos de cuerpos etéreos y celestiales, y aunque es espectacular, no puedo dejar de lado que no quiere contar nada, el director solo quiere gustarse a sí mismo (y no fue el único este año).

Poner mujeres con carácter frente a la cámara consigue distintos resultados. Fallida es la elección de la protagonista de Souvenirs d’enfance cuando la premisa del robot interactivo era muy original: a veces, si quieres que alguien baile, debe acompasarse mejor con la música. En cambio en Penumbra sí sabe respaldarse de sus dos protagonistas en una terrorífica alegoría a las enfermedades mentales, mimetizadas con monstruos y una no del todo bien conseguida atmósfera cero que sabe narrar con dobles sentidos tanto la perdición de una como el intento de ayudar de la otra. El plato fuerte llegó con A Sickness de Guy Soulsby, que sabe apoderarse de la sobriedad para manejar los hilos de las múltiples interpretaciones de un mismo escenario. La enfermedad sobrevuela la estancia y su recapitulación nos lleva a disfrutar de cada narración que subyace en este breve estudio sobre la maldad y la necesidad de ser examinada de cerca.

A Sickness

La tercera sesión sería la del mutismo, pues pocos son los cortometrajes en los que tenían algo que decir con palabras. Como en el anterior corto, L’appartement sabe jugar con la estancia en un bucle temporal de ideas arriesgadas con una puesta en escena sencilla que se aferra a lo paranormal para hablarnos de decisiones precipitadas, y aunque le falta un empujón para destacar, le saca partido como pocos a la repetición. No sucede lo mismo con Tranvía de Carlos Baena, porque por mucho que me gusten los trenes a destinos inciertos, aquí no consigue más que perder nuestro interés entre tanto humo y flashback sin importarnos al final si sube, baja o se queda en el vagón. En cambio, Daniel Romero sí crea una historia cercana en Ella y la oscuridad. Sin grandes artificios, sabe mantenernos junto a una madre que intenta asimilar una pérdida y se interesa por esa joven que la observa desde las sombras, siendo una de las mejores entregas de la noche.

Es cierto que ahora se utiliza la maternidad en el terror como un arma arrojadiza contra el espectador, siempre hay modos para encontrar un nuevo sentido paralelo entre los lazos que unen a madres e hijos, pero se está perdiendo el gusto por el terror que provoca a muchos hombres algo que no han tenido que soportar en sus entrañas durante nueve meses, y es ahí donde sale la mala baba nórdica con Expectancy de Juho Fossi. A partir de un monitor para controlar al bebé (recurso fantasmagórico por excelencia) su protagonista va viendo mermada su preparación para lo que viene hasta llevarnos a un final de infarto donde no nos queda otra que agarrarnos con fuerza al asiento esperando que todo pase. Terror a plena luz del día, de ese de desgaste mental y lágrimas desesperadas en un único escenario centrado en un único objeto.

Expectancy

Éric Falardeau merece el premio a onanista del año. El director de Thanatomorphose, que ya consiguió que muchos apartaran la mirada de la pantalla en el festival, ha vuelto con su corto Asmodeus, donde invoca al demonio de la lujuria en el otro arranque artístico de gloria personal que encontramos en esta edición. A su propio ritmo y centrado muy de cerca en cuerpos, objetos y una música obsesiva y muy bien hilada, el director (y también atrevido protagonista) busca y encuentra la más pura provocación mientras desata un insano derroche de imaginería oscura, que con su decadencia busca provocar nuestra reacción (la risa nerviosa, el insulto… depende de la manga ancha del espectador) para conocer los límites de quien inocentemente se enfrenta a las obscenas artes del infierno. Lo mejor ha sido encontrármelo así, a corazón palpitante: un autofelatio de campeonato.

Seguimos con dos canciones folclóricas (nada que ver con el flamenco ni las soleás). El breve encuentro de una madre con lo inhóspito del bosque en Bait, de tensión conseguida e intriga inquietante se acompasa perfectamente a la historia circular de A Tale Best Forgotten que, a partir de un poema de Helen Adam busca narrar visualmente al ritmo de una canción, en un puro trabajo de estilo de cámara, midiendo las formas que ofrecen los elementos de los escenarios exteriores creando una respuesta sin horizonte.

Unas últimas palabras para Bloodwater, que sirve para hilar la culpa con la que iniciamos la tarde. Una hija, un deseo irrevocable por contactar con su madre fallecida y una pizarra llena de fallidos experimentos con la artes oscuras que se sirve de lo paranormal para desarrollar un tenso drama personal, lo que me lleva a pensar en las múltiples caras del terror reproducidas por un buen puñado de directores que hicieron del sábado una jornada de altibajos a partir de cortas experiencias más que inspiradas en esta edición número 20 de cortometrajes que nos sirve para abrir boca de todo lo que tiene aún por ofrecer TerrorMolins.

Bloodwater

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