24 de junio de 2022

Críticas: Aquí me río yo

La vida Scarpetta.

Mario Martone viaja a finales del siglo XIX y trae consigo la que fue la historia de Eduardo Scarpetta, aclamado actor y dramaturgo napolitano que cosechó grandes éxitos en la escena cómica italiana, y que, como se narra en Aquí me rio yo (Qui rido io, Mario Martone, 2021), se vio enfrentado a otro de los celebres dramaturgos de su época, Gabriele D’Annunzio, contra el que llegó a los tribunales por el supuesto plagio de una obra de teatro.

La propia cinta ensalza la figura de su protagonista. Un conjunto de situaciones y planos en los que vemos el sistema familiar y organizativo que giraba entorno a Scarpetta (Toni Servillo). Desde el comienzo, observamos cómo su trabajo y su vida personal parecen completamente fusionados. Su compañía de teatro esta conformada por miembros de su familia, y aquellos que no lo son toman un rol similar al de los consanguíneos. Hay todo un sistema solar en el que Scarpetta ocupa de manera ufana el centro gravitacional, y Martone no desperdicia ni un instante en transmitirlo. “Todos somos hermanos y hermanas” ya enuncia Vincenzo en los últimos pasajes del film, en un sentido literal pero también simbólico del poder de atracción del que dispone su padre.

Scarpetta es actor antes que padre. Actor, antes que amigo. Actor, antes que nada. Se sienta este precedente cuando le vemos abofetear a su sobrino-hijo porque esta a punto de entrar tarde a escena. También, cuando arrebata el papel a su hijo Vincenzo tan solo un instante antes de que este salga a escena. El espectáculo debe continuar, y si el precio a pagar es muy alto ha de pagarse. Martone ya invade al espectador desde el comienzo dentro de este sistema. La cinta abre sus puertas con las que son fotografías reales de la época en la que Scarpetta dominaba los escenarios, y durante un largo fragmento inicial de la película, nos situamos sobre las tablas junto a los actores, en un continuo vaivén de planos que pasan desde la mirada subjetiva en el escenario hasta la mirada expectante desde las gradas del teatro. De este modo, Martone traza como precedente que en esta historia, realidad y ficción van a estar muy de la mano. ¿Cuándo están actuando y cuándo no?¿Cuánto es un papel y cuánto la esencia real del hombre al que vemos frente a nosotros? Los propios personajes parecen padecer esta dicotomía. Observamos así como el pequeño Eduardo (sobrino de forma oficial, e hijo bastardo de manera “oculta”) interpretando a un personaje en busca de su padre, lanza miradas desde la escena a su progenitor, esperando que la magia de la ficción cause algún efecto confesor en él.

La película no duda en mostrar la opulencia y el exceso en el que la figura de Scarpetta habitaba su egolatría. Entornos regios, sobrecargados, planos que emulan grandes piezas artísticas —cómo olvidar el momento en que la amante costurera de Eduardo se encuentra fumando tumbada en un sofá, en una posición semejante a La Maja Vestida de Goya —. Se trata de un relato de la decadencia a la que se vio sometido el dramaturgo. Sobre cómo la cima pareció desmoronarse en la época de su vida en la que se vio enfrentado por un conjunto de artistas que defendían que la comedia paródica no suponía nada más que un insulto al noble arte del teatro. La cámara les sitúa en las alturas (en la escena en la casa de D’Annunzio) gracias a un plano contrapicado que ejerce un juicio directo sobre Scarpetta.

En este aspecto, la cinta emplea recursos estilísticos para trasladar la psicología de los personajes en más de una ocasión. Un refuerzo para distinguir entre la máscara y lo que no se ve. A Vincenzo le vemos cómo un polo opuesto de Eduardo, enfrentados en ambos extremos de la mesa de la comida. También le vemos encerrado en una jaula conformada por los barrotes de las sillas del teatro donde la compañía familiar ensaya. La explosión llega cuando este parece interesarse por el cinematógrafo y la nueva forma de interpretación que ofrece. Scarpetta no contempla que un satélite abandone el sistema. Su reino, aunque parece abocado al fracaso, perdurará.

Martone conforma sus ciento treinta y tres minutos como un particular biopic con tintes de comedia ficcionada en la que parece finalmente que acabamos por conocer la que fue la vida de una célebre figura de la escena italiana. Los reflejos en espejos y cristales, como elemento creador de su doble vida, y doble moral. Los acercamientos en planos cortos a su emblemática sonrisa y su expresiva imagen. Todo ello recoge una esencia que ha logrado perdurar en el colectivo italiano a lo largo de los años y que hoy regresa al medio cinematográfico, ese que en su día el artista tanto repudió y que ahora le devuelve la vida ante aquellos que aun desean escuchar su risa.

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