El sonido de la caída

Las raíces del dolor

Dos semanas después de que se anunciase la programación de la edición del 2026 del Festival de Cannes, se estrena en nuestras pantallas el último gran título de la Sección Oficial del 2025. No en vano recibió allí el Premio del Jurado y fue aplaudida con entusiasmo por la crítica, tanto allí como en los festivales posteriores de otoño. Uno de los pocos grandes títulos del circuito festivalero del 2025 firmado por un nombre desconocido y, además, una nueva mirada creativa de género femenino, que siguen representando una clara minoría con respecto a los realizadores masculinos. En esta entrada procuraré con el mayor rigor y lucidez posible reflexionar e interpretar el segundo largometraje dirigido por la alemana Mascha Schillinski: la propuesta feminista El sonido de la caída, mosaico no lineal inter-temporal en la senda tonal de Haneke. Una película absorbente y recargada de discurso y ambiciones formales, con la suficiente personalidad y convicción para apelar a distintos nichos más allá de la cinefilia de festivales. El transcurso de la propuesta no ofrece la suficiente pluralidad o matices para trascender en el olimpo cinematográfico, pero con los suficientes alicientes como para merecer un visionado y una fecunda reflexión entre esta cosecha de primavera.

Nos encontramos ante un claro filme de tesis, pero allí donde tantas otras propuestas claudican ante la importancia de sus temas, el drama de Schillinski aborda su discurso a través del cuidado de la forma. Una película cuya abstracción la lleva a coquetear con cierto cine experimental, en tanto la información verbal es escasa y anecdótica y la narrativa no lineal no se afana en dar pistas a un espectador en cuya inteligencia confía. Cuatro tiempos temporales diferentes se barajan intermitente vinculados por un mismo escenario, en el que discurrimos entre ecos y reflejos de instantes que atraviesan cuatro mujeres jóvenes. Todo ello mediante una planificación rica en encuadres subjetivos, posiciones de cámaras cerradas o planos subjetivos que roban imágenes a través de verjas o cerraduras de puertas. Sin olvidar tampoco la plétora de secuencias acuáticas o instantes de escapismo lírico a través de túneles de paja. Una experiencia a flor de piel, tanto para la abrasiva carga patriarcal que sufren estas muchachas como al espectador arrastrado por el torrente manierista de imágenes y sonidos.

El sonido de la caída

Recorridos abstractos y libres como el de la película que nos ocupa demuestran que otras opciones de narración, alejadas de la linealidad o de los esquemas de guion, son posibles. Un mosaico de constantes saltos temporales y gradual revelación de informaciones interconectadas y dramáticamente relevantes que resulta sorprendentemente inteligible, consiguiendo que la intriga y la implicación del espectador se sostenga pese a que el edificio se sostenga sobre unos mimbres argumentalmente escuetos. La fuerza de una idea es el núcleo sobre el que el puzzle orbita sin necesitar nada más: el instante en que cuatro adolescentes, en cuatro épocas diferentes, aprendieron a callarse abusos y desgarros.

La experiencia sensorial inmersiva de El sonido de la caída se sostiene sobre un excelente trabajo de diseño de sonido. A través de un cuidado trabajo con la voz en off combinados con sonidos filtrados y sonidos de aislamiento acústico se logra que, si bien exigente y anatómicamente agotadora, la experiencia es estimulante y rica en el plano de los sentidos, y capaz de trazar tragedias hondas a través de las sensaciones corporales de la escucha. La fotografía fotoquímica granulada lóbrega aturde y anestesia, pero es pertinente para transmitir el ambiente crispado, sibilino y de violencias ocultas de las familias que a través del tiempo se dan el relevo habitacional de esa gran mansión con establo y patio.

El sonido de la caída

Pese al largo y exigente discurrir de su metraje, el espectador acaba la experiencia sin haber llegado realmente a conocer a ninguno de sus personajes, y recibiendo un retrato tan solo parcial, intencionadamente, de cuatro ecosistemas delimitados por un entramado tan opresivo como monocorde. Y el tema de la tesis se podría transmitir igualmente sin necesidad de eludir de tu narración toda sensación o experiencia ajena al sufrimiento, la presión psicológica, la tensión física o la soledad despiadada. El filme, en su apuesta reforzada por la abyección y las situaciones incómodas, deviene más simple y plano que si hubiera intercalado instantes de solaz o vínculo emocional entre personajes con el que podamos vincularnos.

Áspera, sin concesiones y virtuosa, El sonido de la caída abre densas reflexiones feministas a través de uno de los dispositivos visuales más frescos de la temporada. Su desarrollo incurre en una densidad tonal abotargada y ciertos maniqueísmos en sus perfiles psicológicos, pero es fácil entender y compartir parte del entusiasmo de la crítica especializada y los profesionales de la esfera cinematográfica.

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