La isla de Amrum

Naturaleza herida

Amrum es el nombre que recibe una de las Islas Frisias alemanas, situadas en el mar del Norte. En 1945, a punto de terminar la Segunda Guerra Mundial, pasaba allí su niñez el posteriormente actor (y también director y guionista) habitual de Fassbinder Hark Bohm, figura fundamental del Nuevo Cine Alemán. Sobre él y esos días convulsos en la localización que da nombre a la película, se asienta el desarrollo del último trabajo del director Fatih Akin, que con un estilo sobrio y naturalista parece querer emular la corriente vanguardista en la que participaba Bohm, pero en ocasiones roza demasiado lo académico como para manifestar una auténtica libertad creativa. En ese sentido, La isla de Amrum es también uno de los filmes más clásicos y menos transgresores y arriesgados del propio Akin, que en sus últimos trabajos también se había acercado a personajes reales como el asesino en serio de El monstruo de Sant Pauli (20219, en la que mostraba su espíritu más fassbinderiano) o un rapero delincuente en Oro Puro (2022); ambas seguramente más irregulares que la que nos ocupa, pero también mucho más estimulantemente atrevidas.

La isla de Amrum

El realizador turco-alemán aborda el nazismo desde el punto de vista del hijo de un alto cargo militar (interpretado por el joven Jasper Billerberbeck), perteneciente a la Juventudes del partido, que vive en Amrum dividido entre una madre y un tío entregados a la causa ciegamente, y el resto de familiares y la mayoría de habitantes del lugar que, en los últimos días de la guerra, desprecian su ideología y lo que representa. No es la primera vez que Akin se acerca al final de la infancia y la preadolescencia, como ya vimos en la desenfadada Goodbye Berlin (2016); pero mientras que aquella estaba contada abiertamente en clave de comedia, aquí lo plantea desde la profunda tragedia de un protagonista que se verá obligado a madurar de golpe tanto por su ruina a nivel social, como también emocional, al derrumbarse todas las creencias en las que se sostenía. Estas consecuencias para los perdedores de la guerra han sido desde luego menos retratadas en el cine, pero ya las habíamos visto en la también producción germana Lore (2012), aunque frente la poética que imprimía Cate Shortland a las imágenes para contar el relato, en esta ocasión se opta por un punto de vista más explícito.

La isla de Amrum

Aunque realmente no sería justo decir que La isla de Amrum no es una película hermosa en muchas ocasiones: el entorno natural, en este caso el de la ínsula que le da título, es también un protagonista más, si no el principal. Estamos ante un filme muy atmosférico, con una cuidada fotografía que explota todas las posibilidades del lugar, junto con momentos de realismo documental (especialmente los que incluyen interactuación con animales), filmados con una cercanía que deja en evidencia la violencia implícita existente en el proceso evolutivo; pero también la artificiosidad de la violencia humana, cruel e injustificada. Es al tocar estas cuestiones bélicas o domésticas cuando la cinta se guioniza más y pierde su esencia espontánea.

Al no apreciarse una cohesión entre los dos aspectos que lo configuran, el filme parece quedarse en tierra de nadie. Se le pueden encontrar pocos peros pero también pocos momentos realmente emocionantes que lleguen a transmitir la potencia del drama que presenta. Lejos queda esta belleza fría de las primeras y viscerales obras de Akin, con personajes que defendían sus decisiones a cuchilladas, aunque no fueran las más acertadas. Al igual que ellos, el realizador parecía no tener miedo a lanzarse a sus desperfectos, algo que le daba su energía característica a buena parte de su filmografía. Es por ello que «La isla de Amrum» seguramente va a contentar a mucha más gente en general en el momento, pero no llegará a ahondar como para perdurar en el recuerdo.

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