mayo 19, 2020

Críticas: Shirley. Visiones de una realidad

Shirley

Edward Hopper en narrativo.

Aunque existe desde que el cine es cine, e incluso forma parte de filmografías tan reconocidas como pueda ser la de Luis Buñuel con trabajos tan transgresores como el surrealista Un perro andaluz, fue durante las décadas de los 60/70 cuando la contracultura potenció el desarrollo más amplio de una corriente cinematográfica que desafiaba cualquier tipo de convencionalismo audiovisual y se alejaba de la narración, lineal o no, en torno a un argumento evidente. El denominado cine experimental se nutre de impactos e ideas a menudo inconexas que tienen su origen en los distintos campos del arte, y que unidas forman parte de una lógica, la del autor, que con un lenguaje cinematográfico propio busca la interactuación con el espectador y le invita a disfrutar de una experiencia que trasciende de la meramente cinematográfica. Dentro de esta corriente experimental se encuentra el cineasta austriaco Gustav Deutsch quien, después de las dos partes de Film ist, en las que enlazaba 12 vídeos científicos independientes entre sí, y de su particular homenaje tanto a Godard como al sexo en el cine mudo con Film ist a girl and a gun, se introduce en la obra del pintor norteamericano Edward Hopper para contar con sus cuadros una parte de la historia de Estados Unidos en el siglo XX.

Shirley 3

Sin dejar de ser realmente un experimento que conjuga el arte pictórico con el cinematográfico, e incluso con el teatral, el director acerca posiciones a una narrativa argumental que sigue una fórmula más universal que sus anteriores trabajos, contando una historia lineal dentro de un formato singular. Diríase que Deutsch intenta con Shirley: Visiones de una realidad dar el paso hacia un público más amplio hasta el punto de lograr con ella una distribución que la permita proyectarse en salas comerciales. Pero el hecho es que, aun con una premisa que de entrada se presenta sumamente atrayente, no sólo para los incondicionales de Hopper sino para cualquier amante del arte,  la cinta del austriaco dista mucho todavía de crear una obra encaminada a beneficiarse de una gran aceptación al no encontrar el tono apropiado para narrar la historia que subyace bajo los trece cuadros en los que se enmarca.

Cada pintura tiene lugar el mismo día del mismo mes pero en años distintos. El 28 de agosto es la fecha elegida, salvo con el penúltimo cuadro en el que el salto temporal es sólo de un día, para contar por medio de un noticiario radiofónico que hace las veces de transición entre cuadro y cuadro la historia de los Estados Unidos entre 1931 y 1965, coincidiendo cada uno de ellos con el año en que se pintó el lienzo que se representa. Como hilo conductor, el director inventa la historia de una mujer inconformista en su interior con los tiempos en los que le ha tocado vivir, pero al mismo tiempo resignada y pasiva ante todo lo que le rodea. Shirley no se identifica con el rol tradicional de esposa paciente, critica con vehemencia a quienes formaban parte de la caza de brujas “macarthiana” con un énfasis especial en la figura de Elia Kazan, odia los trabajos rutinarios que se ve obligada a aceptar mientras su carrera de actriz no despega y como tal, se cuestiona los motivos por los que desea triunfar sobre los escenarios o en una sala de cine. Pero Shirley no hace nada para cambiar su vida, sólo habla consigo misma mientras se mueve con una parsimonia exacerbada dentro del marco en el que se reproduce el cuadro en el que se encuentra.

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Estéticamente, Shirley: Visiones de una realidad es tan deslumbrante como lo son los cuadros de Hopper a los que da vida. La composición milimétrica de las luces, las sombras, las poses estudiadas de los actores y las texturas que utilizaba el pintor para reflejar una realidad más poética que tangible, con la que la película recrea cada lienzo y con la que ganó merecidamente el galardón al mejor diseño de producción en los pasados premios de la academia de cine austriaca, nos transporta irremediablemente hacia una sala de exposiciones de cualquier pinacoteca. Lo malo es que, por mucho que se disfrute con la contemplación de las obras, el ritmo que dicha contemplación propone con el único sonido de fondo de los pensamientos que la protagonista va narrando en off acaba provocando que la cinta se convierta en una repetición monótona de los mismos parámetros durante todo su metraje. Llegado a este punto, se hace difícil pensar en Shirley: Visiones de una realidad como en un deleite audiovisual completo más que como en una sucesión de fotogramas para enmarcar, y para eso ya están los propios cuadros de Hopper.

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