febrero 11, 2021

Críticas: 20.000 días en la Tierra

20000 días en la tierra

I’m transforming, I’m vibrating, I’m glowing, I’m flying, look at me know…

Sentado en la sala de su psicólogo, Nick Cave le explica como solía dejarse trasvestir por una novia cuando contaba con 15 años y él se dejaba. Lejos de interferir o confundirle en su sexualidad, el cantante y líder de los Bad Seeds pone esa anécdota como punto de partida para reflexionar sobre la transformación y la dualidad, dos palabras que se unirán en un eje temático que articula un documental cuyo fin es retratar la construcción del mito, como se alcanza a la verdad a través de la ficción y celebrar la creación como poder catártico para responder a lo que somos, para acercarnos a lo que creemos que somos y lo que los demás ven en nosotros.

¿Nick Cave habla desde la persona o desde el personaje, o persona y personaje ya son uno? Poco importa porque lo que fascina en esta representación sobre Nick Cave con forma de documental (tampoco es un documental de ficción y tal vez sí una película cuyo reparto podría definirse as himself-pero no con toda la carga filosófica que se le quiera añadir al asunto), es su dispositivo para hablar del paradigma existencial que funciona como motor de la creación artística: vida-amor-muerte.

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Cave también reflexiona sobre la memoria; el recuerdo y el paso de los años es el ADN de nuestro carácter, de nuestras características y de nuestra caracterización, del diálogo que se establece cuando el personaje se enfrenta al público, de la conexión y la energía que se genera sobre el escenario y que no se alcanza a saber muy bien dónde nace (Warren Ellis, colaborador del protagonista y miembro de la banda de rock instrumental Dirty Three, y Cave recuerdan a Nina Simone en una anécdota maravillosa que refleja ese hecho) de como esa construcción del personaje es más auténtica y leal al yo sobre el escenario, no en vano, el actor Ray Winston se manifiesta en el coche del cantante en uno de los diversos trayectos que realiza para desplazarse a sus quehaceres, estos son: visitar al psicólogo, comer con Ellis, trabajar como músico y disfrutar de sus hijos a lo largo del día, todo ello, despojado del aura del artista. No será el único, su ex guitarrista Blixa Bargeld o la cantante Kyle Minogue también se manifestaran en ese coche en el que Cave le da vueltas a la cabeza, una representación más de cuando estamos solos y las penas del alma no nos da reposo.

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La música es la excusa en este documental, es el lenguaje que Cave utiliza para comunicarse en el mundo para expresarse y encontrarse, echar la vista atrás y ver lo logrado en las inseguridades y los estados de ánimo que se escucha en los protagonistas e historias que cuenta en sus canciones, siempre entre líneas, casi nunca sobre lo material y sí sobre el espíritu humano. Poco o nada se hablará de sus carrera como músico, de su influencia, de sus canciones; Nick Cave busca un nuevo vehículo sobre el que expresarse y lo hace a través del cine con el que lleva coqueteando desde hace ya años al venir colaborando en diversas bandas sonoras, (The Proposition, John Hillcoat, 2005,  o la genial The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, Andrew Dominik, 2008), firmado el guión (Lawless, John Hillcoat, 2012) y actuar (Johnny Suede, Tom DiCillo, 1991). En este caso, no solo actúa, sino que también coescribe el guión junto a sus dos directores, Forsyth y Pollard, que lo retratan bajo su sucinta directriz, conservando la esencia de su último universo construido hace casi quince años cuando Nick Cave & The Bad Seeds entraron en una etapa de madurez (aunque entendería que algunos lo llamaran flaccidez) con su disco No more shall we part, 2001, poniendo otro punto y aparte a sus anteriores trabajos con The Birthday Party y The Bad Seeds.

Por lo tanto, lejos de tratarse de un documental musical, es una película completamente incluyente para cualquier espectador al que no le hará falta saber quien es este tipo de traje oscuro, ni su amigo el de las barbas para seguirlos y dejarse seducir porque hablan de ellos y de nosotros porque todos, en definitiva, estamos en constante proceso de transformación. Puro existencialismo.

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