agosto 11, 2020

Críticas: El maestro del agua

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El aprendiz de director.

Un agricultor australiano, llamado Connor, pierde a sus tres hijos en la batalla de Gallipoli. Al acabar la Primera Guerra Mundial le promete a su mujer que traerá los cuerpos para enterrarlos en su país. Connor viaja hasta Turquía y allí conocerá la hostilidad de los nativos hacia los australianos, tras el conflicto bélico. Ayudado por los turcos, ahora aliados, el intrépido zahorí no cejará en su misión de buscar y recuperar a sus hijos, fallecidos en el campo de batalla.

El maestro del agua superpone durante los títulos de crédito los nombres de los intérpretes principales y los responsables de los departamentos técnicos del film, escritos con una tipografía inspirada en las filigranas de las mezquitas árabes. Este detalle al inicio del film resulta curioso por lo escaso que resulta en el cine contemporáneo y es un detalle que seguramente agradezca el equipo. Pero el último rótulo nos deja claro quién dirige el largometraje que, como ya sabemos desde la promoción publicitaria, no es otro que su protagonista, la estrella Russell Crowe. Entonces ¿cómo afrontamos este análisis de su película? ¿Cómo un encargo? Podría serlo porque se cumple en 2015 el centenario de la batalla de Gallipoli, una masacre con más de cien mil muertos de los bandos contendientes. ¿Podría ser un papel que Russell Crowe quería interpretar? Quizás sea una buena razón porque el actor se muestra más competente actuando que dirigiendo. ¿O se trata de un proyecto personal del australiano? Según lo que ha respondido él mismo en varias entrevistas, El maestro del agua es una historia que le implica personalmente por narrar un hecho importantísimo en la Historia de su país y además quería dar el salto a la dirección. Ninguna de estas razones supuestas o esgrimidas por Crowe, resuelven los inconvenientes y, en algunos casos, los aciertos de su estreno como realizador.

La película comienza bien, con una secuencia en las trincheras de Gallipoli, desde el punto de vista del ejército turco. Se nos presentan algunos de los oficiales otomanos que luego tienen gran importancia en el desarrollo del argumento. Entre el silencio y ráfagas musicales suaves, mostrado todo con algún travelling breve, tan clásico en el zafarrancho bélico del cine. Crowe consigue un momento de interés antes del ataque con pocos elementos y además presenta a los personajes por leves rasgos de humanidad. Pero la ejecución resulta acelerada, con cortes de plano a contraplano que imprimen nerviosismo en lugar de tensión.

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Cuatro años después estamos en Australia. Lo sabremos gracias a un cartel explicativo redundante porque los diálogos de Connor con su mujer nos repiten en varios momentos el mismo dato. Un uso de los rótulos explicativos desafinados, que se sucede en más ocasiones durante todo el metraje. También sabremos desde la segunda secuencia que Connor tiene un gran talento como zahorí, al encontrar un pozo de agua subterránea en una de esas escenas individuales en las que nos queda constancia de quién es el protagonista del film a base de planos cercanos, generales, a ras de tierra y cenitales. Cuánta razón llevaba Carlos Pumares en su mítico programa de radio Polvo de estrellas, cuando decía que según la cantidad de primeros planos de un actor protagonista, podíamos saber si también dirige y produce la película. Y El maestro del agua resulta ser un ejemplo bien claro de esa teoría.

Podemos seguir hablando de más errores de novato en la dirección del largo como esos planos ralentizados con música, igual que videoclips insertados con escaso sentido narrativo. También de la inseguridad al repetir sucesos explicados visualmente y remarcados mediante diálogos, cuando no son tratados como flashbacks, incluso dos veces, como es la secuencia de la batalla nocturna con los tres hijos. Por supuesto Crowe no escoge un enfoque único para tratar el guión y esta dispersión nos confunde durante el desarrollo de personajes y situaciones. No llegamos a saber si quiere hablar de la barbarie bélica, de la fe, de la intuición, del amor o del encuentro de civilizaciones y de la aventura. O quizás quiera hablar de todo pero sin engrasar los resortes al tratar unos u otros temas.

Pero incluso con estos fallos la película podría haberse recuperado, algo que el actor y director no consigue porque se empeña en tomar todos los ingredientes que tiene para elaborar su largometraje, con un guión interesante (aunque mejorable), algunos buenos actores, momentos emotivos, escenas casi espectaculares y grandes paisajes. Pero no sabe preparar la receta que combine bien todas las partes. De esta manera El maestro del agua resulta épica en situaciones cotidianas y débil en lo que debería resultar más colosal, algo a lo que no ayuda un presupuesto insuficiente para recrear la guerra.

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Aunque sí existen motivos para no enterrar en el olvido esta primera propuesta del cineasta. El más notable es un tratamiento del encuentro entre los enemigos de la batalla, los turcos y australianos, con voluntad de entendimiento y sorprendentemente, más justa hacia los primeros, presentados como sabios y mártires. Por esto mismo también destacan los soldados otomanos, encarnados por Yilmaz Erdogan y Cem Yilmaz, cuyos personajes son los más profundos y los que mejor evolucionan a lo largo del metraje. Crowe interpreta un personaje menos intenso o violento de otros que le han dado fama, aunque en el tercio final se vuelque al estilo del doctor Jones, con sombrero Fedora y carreras a caballo incluidas.

Quizás El maestro del agua sería una buena película si hubiera estado dirigida por alguno de los directores a cuyas órdenes ya trabajó antes el señor Russell. O al menos si al dirigir hubiera absorbido bien la puesta en escena y el equilibrio con lo cotidiano y lo extraordinario en un mismo plano, ya sea emulando a Peter Weir, Curtis Hanson u otros realizadores con los que ya trabajó. Tampoco estaría mal que un film en el que son preponderantes el agua, la tierra y el aire (o viento) en casi todas sus imágenes hubiera completado el cuarteto de elementos con más fuego y pasión. El nuevo cometido de Russell Crowe como director queda pendiente de una reválida para su segunda película, si la hace. Tanto el público como el gremio de zahoríes se lo agradecerán.

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