octubre 12, 2020

Críticas: Lost River

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I got a job working construction for the Johnstown Company

No vamos a hablar de referentes en la ópera prima como director de Ryan Gosling ni nada parecido. Se antoja innecesario subrayar que un alumno aplicado siempre absorberá de sus mentores las enseñanzas precisas para poder desarrollar su propia visión del mundo, o en este caso del cine. Un director que menciona en los agradecimientos de los créditos de su primer trabajo a tres de los realizadores bajo cuyas órdenes trabajó como actor, es indudable que supo aprender de ellos a contar historias bajo un prisma diferente y a quedarse con lo más interesante, obviamente a su parecer, de cada uno para dar forma a un relato sobre la degeneración de una sociedad que trata de sobrevivir mientras quienes la han llevado a la miseria siguen exprimiéndola sin piedad.

Deep Purple de Larry Clinton acompaña melancólica a las imágenes de una ciudad que se intuye que en otro tiempo fuera próspera, con grandes construcciones industriales y parques donde los jóvenes jugaban al baloncesto, pero ahora aparece abandonada, sucia y en ruinas. Lost River es el nombre de la ciudad. Un eufemismo para no mencionar al río que da nombre a la ciudad fantasma que representa, esa situada al noreste de los Estados Unidos que también un día fue paradigma de la prosperidad y hoy se encuentra despojada de cualquier signo de bienestar que pudiera haber tenido en el pasado. A las afueras, una madre y sus dos hijos encarnan el amor a pesar de planear sobre ellos la sombra del desahucio. Los primeros minutos de Lost River mientras suena la canción y los créditos iniciales van pasando, nos dejan bien claro el contexto en el que va a transcurrir la historia que nos disponemos a ver, y nos lanza una pista de la forma elegida por el canadiense para narrarla: Voy a atrapar al monstruo, te lo prometo.

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Gosling recrea la decadencia de Detroit en particular y del sistema capitalista en general, transformando la realidad en un cuento tan colorido y tan macabro como aquellos que se inventaron los hermanos Grimm para que los niños de las generaciones venideras tuvieran pesadillas por las noches. No faltan las leyendas en Lost River, ni los niños desvalidos que sólo quieren tener algo de sopa para cenar. Tampoco faltan las madres y los hermanos que tratan de ofrecer a esos niños un techo y comida, y que luchan contra los villanos que se han apropiado de la ciudad a base de maldiciones o de fuerza bruta. Como en toda fantasía lo visual cobra un protagonismo destacado, aun sin olvidar lo narrativo, haciendo especial énfasis en un cromatismo de rojos, azules y la mezcla de ambos con las que crea una sucesión de atmósferas irreales y oníricas para envolver el relato pesadillesco de la supervivencia de los personajes. Las luces de los neones, de los faros rojos o del fuego en movimiento en la más opaca oscuridad de la noche, no hacen más que enfatizar esa opresión en la que se encuentra sumida la ciudad y los pocos habitantes que aun quedan en ella.

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Pero en los cuentos también hay sitio para la esperanza, para los bailes aunque no sean a la luz de la luna, para soñar tal vez con un (anti)héroe que recupere la esencia de lo que pereció bajo las aguas, pueda hacer revivir a la ciudad fantasma que se levanta sobre la que fue en su día. O quizá sólo sea una ilusión pasajera y, como asumieron los ancianos del lugar, la mejor opción pase por dejar los fantasmas atrás y vivir felices lejos de reinos maldecidos por los monstruos sin corazón.

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