octubre 18, 2020

Críticas: Güeros

Güeros

Rubios y prietos

El adolescente Tomás viaja a la ciudad de México, castigado por su madre. Allí vivirá una temporada con Sombra, su hermano mayor, que comparte piso con Santos, un compañero de la universidad. Los dos resultan ser unos veinteañeros despreocupados a los que la llegada de Tomás les revoluciona con una misión que les servirá para desembarazarse de su pasotismo vital. Los tres buscarán a Epigmenio Cruz, el famoso cantante roquero que escuchaban de niños y que, en la actualidad, parece haber desaparecido.

Esa sinopsis revela, solo en una pequeña parte, la cantidad de pequeñas tramas y encuentros que se suceden durante todo el metraje de Güeros, primer largo dirigido por Alonso Ruizpalacios. El director y guionista había dirigido con anterioridad Café Paraíso y El último canto del pájaro cú, dos cortometrajes en los que se pueden comprobar algunas constantes de su estilo audiovisual, además de la cooperación con profesionales que trabajarán también en Güeros, entre los que destacan Tomás Barreiro en la música, Ana García en el montaje y Damián García en la dirección de fotografía. Merece la pena destacar estos datos porque si algo se manifiesta desde que comienza Güeros es una realización que parece de alguien con más oficio que un recién llegado a la dirección.

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La primera secuencia del film nos presenta a una madre joven, maltratada y aterrorizada, que escapa del hogar con su bebé. La huida se ve bruscamente interrumpida cuando un globo lleno de agua impacta el carrito del niño. El montaje de estas escenas es vibrante, con planos muy breves que recortan las acciones de los personajes para conseguir que suframos como espectadores la misma angustia que sufre la mujer por una parte. Y por otro lado con una persecución de los chavales entre los que se encuentra Tomás, que corren por las azoteas y son seguidos con una cámara al hombro, que funciona como otro personaje subjetivo acompañándolos en sus gamberradas. Por si fuera poco, este dinamismo nos produce una intriga a la que se junta la confusión, al no saber todavía como espectadores qué tono tendrá el film. La narrativa se apropia de códigos expresivos provenientes del comic, con un ritmo endiablado al pasar de unos planos a los siguientes, con una variedad de ángulos, encuadres y escalas de imagen, tan bien acoplada y tan libre al mismo tiempo, que parece que estuviéramos mirando y leyendo una novela gráfica.

Alonso Ruizpalacios elige el contraste para contarnos la historia de un güero, o huero, escrito en castellano de aquí. Este es el término usado por los mexicanos para llamar a las personas de pelo rubio. Un término entrañable o despectivo, según quien lo use, con el que identificamos a Tomás, el hermano pequeño, frente a Sombra su hermano mayor, de cabello y piel muy morenas o prietas, tal como dicen allá. Desde una idea tan simple como este contraste de rubios y morenos, ya se nos justifica la cuidada textura fotográfica en blanco, negro y una extensa gama de tonos grises. Este juego de contrastes se amplifica con el drama social que se apuntaba en el arranque del film y que da paso después a la comedia absurda e incluso al surrealismo.

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La historia continúa marcada por ese estilo gráfico más propio de las viñetas impresas, pero plasmadas en pantalla con una agilidad envidiable que ya quisieran tener muchas adaptaciones fallidas de comics al cine. Y eso que en este caso no se trata de una adaptación directa, aunque flote entre los fotogramas el espíritu de artistas gráficos como los hermanos Hernández, también mexicanos. Y no deja de resultar curioso el tono empleado en la narración porque su argumento presenta muchas similitudes con el de Ida, salvando distancias genéricas y trágicas. Pero en ambos casos se trata de búsquedas de dos familiares que han perdido a sus figuras paternas y siguiendo un camino de iniciación, lleno de revelaciones, los protagonistas de ambos largometrajes consiguen evolucionar y salir reforzados en sus búsquedas. Puede parecer una broma establecer estos paralelismos, pero tanto el grandioso trabajo del departamento de fotografía, con una utilización formal y sensible del blanco y negro. Así como el estilo y ritmo visual, más pausado en Ida y más ágil en Güeros, emparenta dos productos que parecen opuestos aunque resulten complementarios.

El otro aspecto técnico que resulta esencial en Güeros es el de la banda sonora, con un diseño de sonido familiarizado con las onomatopeyas -del comic otra vez- y con la capacidad de evocar emociones, sensaciones y crear sinestesias con el manejo de niveles más altos, otros más graves y otros más agudos de un ambiente sonoro que no cesa en toda la película y potencia la capacidad ensoñadora de la historia. Completado por una buena selección de temas musicales que apoyan, todavía más, la progresión narrativa.

Güeros 4

El reparto de actores al completo ofrecen actuaciones muy creíbles y directas, destacando los cuatro principales, comandados por la gran interpretación de Tenoch Huerta en el rol de Sombra, actor que ya había trabajado en los cortometrajes del director, toda una presencia a la que se puede augurar un buen futuro por su fuerza y magnetismo en la pantalla.

Güeros es una propuesta que sorprende por su estilo dinámico, siempre al servicio de los personajes y sus vivencias. Por la asimilación de la enseñanza de maestros como Luis Buñuel, con esos tambores de Calanda que suenan en una parte esencial de la película, aparte del tono onírico que inunda varias escenas. Y también por esa libertad expresiva que nos presenta el espíritu mexicano, tradicional y sorprendente al mismo tiempo, como si estuviéramos escuchando los acordes tan rancheros como comprometidos de alguna buena canción de los paisanos Café Tacuba. O por la emocionante versión de Azul cantada por Natalia Fourcade, que acompaña los títulos de créditos finales.

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